El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Olivia
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Olivia

―¿Llevamos un paraguas? ―le preguntó Andrés situándose a su lado.

―¿Un paraguas? ―esta vez sí se rio― No nos serviría de nada.

Abrió la pesada puerta y señaló el exterior con intención de probar su razonamiento.

La nieve caía de lado arrastrada por los fuertes vientos, y seguía acumulándose sobre el terreno, convertido ya en una masa blanca uniforme. La visibilidad era reducidísima. Ni siquiera se veía el puente que cruzaba el río Saga.

―Andad con mucho cuidado ―les ordenó Victoría apoyada en el marco de la puerta―. Mirad bien por dónde pisáis y no dudéis en llamarnos si necesitáis algo.

En realidad, sólo debían llegar al puente, cruzarlo, girar a la derecha en el primer cruce y caminar hasta la tercera casa a la derecha, la que estaba en frente de la iglesia de Santa Inés. No serían más de cuatrocientos metros, pero tal y como estaba la cosa suponía todo un desafío.

―¿Vamos? ―le preguntó a Andrés antes de lanzarse a los brazos de la tormenta.

La nieve golpeó su cara y sintió su tacto helado abrasando su piel. Bajó la cabeza y se concentró en sus pisadas sobre la nieve. Nada le apetecía menos que romperse la crisma en medio de una nevada como esa.

Andrés y Olivia avanzaban penosamente sintiendo toda la fuerza de la tormenta sobre ellos. Para cuando llegaron al puente Olivia ya tiritaba a causa del terrible viento frío que la envolvía por completo.

―¡Joder con Atenea! ―gritó Andrés para hacerse oír por encima del vendaval.

―¿QUÉ? ―preguntó Olivia, sin entender.

―¡La borrasca! ¡Se llama así! ¡Atenea!

―¡AH!

Olivia continuó cruzando el puente mientras el viento en contra ralentizaba sus movimientos, casi como si unas cuerdas invisibles tiraran de ella para arrastrarla de nuevo a Casa Libar. Por un momento temió que un golpe del viento la lanzara al río Saga.

Una vez hubieron alcanzado el otro lado del puente y girado a la derecha el viento les dio una tregua. La calle que recorrían ahora estaba cubierta de nieve, pero el viento ya no atizaba con tanta fuerza y su paso fue más rápido y ligero.

No tardaron en estar frente a la puerta de la casa de Muriel Bahamontes.

―¡ES AQUÍ! ―le informó a Andrés, que hizo un gesto de agradecimiento por haber llegado a su destino.

―¡Más le vale estar en casa! ―bromeó.

Olivia tocó el timbre con entusiasmo y, mientras aguardaban la respuesta, se abrazó a sí misma y frotó sus brazos para entrar en calor.

Tras lo que le pareció una eternidad pero no debieron de ser más de unos segundos, la puerta se abrió ligeramente y el rostro de Muriel asomó con desconfianza.

―¿Quién es? ―preguntó con su inconfundible voz de pito.

―¡Muriel! Soy Olivia Palafox. Trabajo en Casa Libar ―dijo intentando que su voz sonara cordial y no temblara por el frío―. ¿Podemos pasar?

Muriel pareció dudar un par de segundos, pero la necesidad de salvaguardar su buena reputación debió de impedir que les cerrara la puerta en los morros.

―¡Sí, claro! ―dijo al fin abriéndola de par en par y apartándose para dejarlos pasar mientras los observaba con verdadero estupor― ¿Qué ha pasado? ¿Por qué estáis en la calle?

Andrés y Olivia se sacudieron la nieve e intentaron recuperar el aliento antes de responder a la pregunta de su anfitriona, que vestía una bata de franela negra y lila muy elegante.

―Veníamos a ver cómo se encuentra, señora Bahamontes ―se le adelantó Andrés.

Muriel se lo quedó mirando.

―¿Y usted es…? ―le preguntó con cara de asco.

―Andrés Taboada.

―Es un amigo mío de Mauleón ―intervino Olivia antes de que Andrés metiera la pata.

No le pareció buena idea que Muriel supiera que Andrés era un anticuario venido desde Mauleón a petición de Victoria Pumarino; eso la llevaría directamente a sospechar de sus verdaderas intenciones.

Andrés pareció entender lo que su compañera pretendía, puesto que asintió con una sonrisa.

―Estamos asegurándonos de que todos en el pueblo están bien ―mintió Olivia poniendo su cara de no haber roto un plato en la vida―. Esta tormenta nos ha pillado a todos desprevenidos.

―¿No veis las noticias? ―preguntó Muriel elevando una ceja― Llevaban días anunciándolo.

Andrés le lanzó una rápida mirada de reojo a Olivia.

―No pensábamos que fuera a ser para tanto ―observó, convincente.

―Entonces, ¿usted está bien? ―volvió a la carga Olivia, metida en el papel. Que sus dientes castañearan levemente por el frío ayudaba bastante a su personaje, la verdad.

―¿Yo? Estupendamente, gracias ―respondió Muriel antes de volver a lanzarles una mirada que pasó de la desconfianza a la lástima en un breve lapso―. Vosotros debéis estar helados. ¿Queréis que os prepare un café?

Se notaba que la mujer deseaba que le dijeran que no, pero obviamente no habían ido hasta allí para que Muriel los despachara a la primera de cambio.

―Nos vendría bien, la verdad ―lanzó Olivia intensificando conscientemente su tembleque.

Muriel forzó una sonrisa que a buen seguro podría haberle costado un pedo, e hizo un gesto con la mano para que los recién llegados la siguieran por un pasillo.

Automáticamente Andrés y Olivia se pusieron en modo de reconocimiento y sus ojos se activaron para buscar algún indicio del astrolabio en cualquier esquina de la casa.

Muriel los guio hasta su imponente salón, no tan espacioso como el de Victoria pero definitivamente más distinguido.

En contraste con lo recargado del salón de Casa Libar, el de Muriel era sobrio y comedido; la enorme alfombra de seda de bambú y lana color crema y la renovada chimenea de mármol blanco otorgaban elegancia a la estancia, al tiempo que el sofá y los muebles de estilo nórdico lo alejaban del estilo antiguo que se respiraba en el salón de Victoria.

Mientras Muriel preparaba café Andrés y Olivia se desprendieron de su fría y húmeda ropa de abrigo y se acomodaron en el sofá al tiempo que contemplaban los hermosos cuadros repartidos por el salón: el más grande y mejor situado era la imagen de una mariposa drago, el símbolo del rizoma local, el mismo que presidía la dueña de la casa.

Cuando Muriel regresó con café, leche y pastas para dar de desayunar a todo Dos Gemelos, Andrés comenzó con el paripé.

―Le hemos traído algunas cosas ―anunció sacando de su bandolera un bote de menestra de verduras, otro de alubias blancas y un tercero con melocotón en almíbar.

―¿A mí? ―se le escapó a Muriel con los ojos como platos― ¿Por qué?

Olivia se aclaró la garganta.

―Verá, Andrés y yo estábamos de visita en Casa Libar cuando nos pilló la tormenta de nieve y nos dejó aislados del mundo ―dijo de carrerilla sin respirar―.

Como bien ha dicho usted, no habíamos sido muy prudentes, pero tuvimos suerte de que esa casa estuviera llena hasta los topes de comida.

Lo que nos llevó a pensar que quizás otros vecinos del pueblo podrían haber sido igual de imprudentes que nosotros y haberse quedado encerrados en casa sin las provisiones necesarias para pasar unos días sin salir.

―O que alguno podría necesitar ayuda para algo, no sé ―añadió Andrés, con torpeza―. Gente mayor, quizás…

―No sé qué me ofende más ―exclamó Muriel con una media sonrisa―, que presupongáis que soy imprudente o que me consideréis vieja.

Lo que suponía un reproche en toda regla sirvió para que los tres se rieran y el ambiente se relajara considerablemente.

―Queríamos quedarnos tranquilos ―incidió Olivia sin perder la sonrisa―. Si algo define a los habitantes de Dos Gemelos es la forma de cuidarse los unos a los otros.

Elogiar a los vecinos del pueblo, y por extensión a los dragos, parecía un buen lubricante para seguir camelando a la principal sospechosa, que en efecto sonrió ya sin apretar el esfínter.

―Olivia me ha hablado de su rizoma, señora Bahamontes ―añadió Andrés, sin dejar de sonreír―. Me ha parecido fascinante.

―Gracias, señor Taboada. ¿A qué rizoma pertenece usted? ―lanzó Muriel clavando sus ojos negros en Andrés.

―Soy róbleda ―respondió él con un orgullo que Olivia supuso fingido o exagerado.

―¡Vaya! Aquí tenemos a un miembro de la nobleza de Mauleón ―comentó con cierto sarcasmo Muriel, antes de soltar una breve carcajada.

―Nada más lejos de la realidad ―se limitó a responder su compañero con elegancia.

―Y, ¿qué le traía hoy por Dos Gemelos? ―lo interrogó Muriel.

Olivia dejó su taza de café suspendida en el aire para responder antes que el anticuario.

―Andrés es un gran amante de las casas antiguas, y siempre le hablo de lo retro que es Casa Libar, de lo que cruje toda la casa, y él siempre me decía: «Oli, un día tienes que llevarme contigo», y aquí estamos, aunque creo que no hemos elegido el mejor día…

Iba improvisando sobre la marcha, y en ese preciso momento entendió que no era la mejor de las ideas.

―¿A qué se dedica usted, señor Taboada? ―disparó Muriel con frialdad.

Olivia giró la cabeza para mirar a Andrés y transmitirle sin palabras que no dijera la verdad.

―Trabajo en el ayuntamiento ―mintió él sin pestañear.

Olivia respiró tranquila, especialmente cuando Muriel se olvidó de él y volvió a dirigirse a ella.

―¿Tú estás a gusto trabajando para Victoria, Olivia? ―le preguntó, sin ocultar su desprecio.

―La verdad es que sí ―le respondió Olivia, sonriente―. Ya no quedan mujeres como ella.

Pese a que se mantuvo impertérrita, Olivia estaba convencida de que la vieja no pensaba lo mismo.

Muriel Bahamontes llevaba toda su vida esforzándose por ser la viva imagen de la rectitud, la pulcritud y la perfección.

Todos sus esfuerzos se dirigían a ser una ciudadana ejemplar, a hacer las cosas bien y a salvaguardar su honor, el de su familia y el de su rizoma.

Muriel se consideraba el paradigma de la mujer hecha y derecha, por lo que el cumplido de Olivia hacia Victoria Pumarino, su némesis, no debía haberle hecho ninguna gracia.

―Tienes razón. No quedan mujeres como ella ―le concedió Muriel sin poder disimular su ironía.

En ese momento, Andrés se levantó del sofá.

―¿Podría utilizar su baño, señora Bahamontes?

Muriel le indicó el camino y Andrés se perdió por un pasillo.

Fue en ese momento cuando, dejando de lado los formalismos, Muriel se quitó la careta y le dijo:

―Bueno, Olivia, ¿vas a decirme a qué habéis venido realmente a mi casa?