Andrés
―Todo esto es surrealista ―le dijo a Juan, que se rio al otro lado de la línea―. No te rías, joder.
―A ver, es que es gracioso ―se defendió, divertido― ¿De verdad vais a jugar a detectives con la gente del pueblo?
―¿Esa señora se ha inventado un rizoma propio?
―No se lo ha inventado ―le corrigió―. Lo he mirado en Google y sí que existió. Lo que está es aburridísima. A ver, que vive en una mini-isla, aislada del pueblo, que a su vez está aislado del mundo. A mí también me daría por resucitar rizomas.
―No te lo crees ni tú, cari ―rio Juan―. Tú y yo nos dedicaríamos a ver películas y series sin parar.
―Pues tienes razón ―rio también Andrés.
Charlar con Juan y escuchar su voz le estaba ayudando a descargar la tensión acumulada durante las últimas horas. Vale que estaba atrapado en esa maldita casa, pero en cuanto la tormenta de nieve parara podría volver a casa y abrazarse fuerte a su Juan.
―Si yo fuera tú les seguiría el rollo ―observó Juan en un momento dado―. Puede ser divertido.
―¿Quieres que vaya de casa en casa interrogando a la gente? ―replicó, aún sonriendo.
―¿Tienes algo mejor que hacer?
―Tirarme al sobrino, que está cañonazo ―soltó sin pensar.
―Ah, pues es otra opción ―bromeó Juan, aunque una parte de él deseaba que lo dijera en serio―. Pero oye, un poco de aventura no le hace daño a nadie.
―Un poco de aventura no, pero si salgo a la calle corro el riesgo de ser sepultado por la nieve.
Estuvo un rato más hablando con Juan, mayormente sobre lo duro que estaba siendo para el equipo de Al alba llevar a cabo la cobertura de la tormenta de nieve, básicamente por el estado de las carreteras y por los problemas de comunicación.
Cuando Andrés volvió a la cocina Lucio y Estela habían desaparecido, pero Victoria, César y Olivia permanecían sentados en la mesa, alargando el desayuno en un ambiente distendido.
―¿Y bien? ―dijo Victoria mirándolo con una sonrisa― ¿Vas a ayudarnos o no?
Andrés le respondió con un silencio y una ceja levantada.
Sin embargo, una parte de él ya había tomado la decisión.
Sin apenas darse cuenta, se había convencido para involucrarse en esa tarea tan extravagante.
Después de hablar con Juan, y ahora que había asumido que no podía salir de Dos Gemelos y que de momento no volvería a casa, el misterio del astrolabio le parecía un pasatiempo más que interesante, como una baliza en medio del océano, algo a lo que agarrarse en medio del huracán.
―Claro, ¿por qué no? ―terminó respondiendo.
―¡Genial! ―celebró Victoria con una sonrisa triunfal que contrastaba con los morros de su sobrino―. Pongámonos manos a la obra.