El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Olivia
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Olivia

En realidad, se le había ocurrido a ella. No le importaba que Victoria se atribuyera parte del mérito, pero le parecía relevante la autoestima que se gastaba la vieja.

Después, su mente había repasado lo ocurrido con el robo del astrolabio, así como todo lo que Victoria Pumarino les había contado durante la cena: los motivos de los sospechosos, la historia de los bruhmas, el detective enviado a Escocia… Todo aquello parecía sacado de una novela de misterio.

«Y sabe Sherlock que yo muero por una buena historia de misterio.»

Lo primero que había hecho al despertar por la mañana había sido correr a proponerle su plan a Victoria.

—¿Crees que el anticuario dirá que sí? ―le había preguntado Victoria con los ojos brillantes por la emoción.

―No le daremos opción de negarse ―le había respondido ella, igual de emocionada.

Y ahora estaban desayunando en la cocina, hablándoles a todos de su plan.

―Es bastante evidente que el ladrón del astrolabio es alguien de Dos Gemelos ―dijo Victoria con solemnidad―, y es aún más evidente que ese alguien está, al igual que nosotros, atrapado en el pueblo.

Probablemente esté encerrado en su casa, en posesión del astrolabio.

La tormenta le ha arrebatado cualquier ocasión de llevarse el astrolabio lejos de aquí.

Así que, hemos pensado que podemos aprovechar esta circunstancia para investigar a nuestros sospechosos.

A Olivia le fascinaba la capacidad de esa mujer para utilizar el plural.

―¿Cómo pretendes investigarlos? ―la interrogó su sobrino, que había dejado de comer para escucharla.

―Yendo a sus casas, obviamente ―respondió ésta, regia―. El astrolabio debe estar ahora mismo en alguna de las casas del pueblo.

―Eso es mucho suponer ―le rebatió César―. El ladrón podría haber devuelto el astrolabio al río. O podría haber ido al bosque y enterrarlo bajo tierra.

―No podemos rendirnos sin pelear ―lo amonestó su tía, lanzándole una mirada gélida―. Si hay alguna posibilidad de que el astrolabio siga en el pueblo, y así lo creo, debemos actuar cuanto antes.

―Supongo que llamar a la policía sigue sin ser una opción, ¿verdad? ―intervino Andrés, que tenía restos de bizcocho en el morro.

Victoria se lo quedó mirando e ignoró su comentario.

―Olivia se ha ofrecido para visitar a todos los sospechosos ―comentó con naturalidad mientras le dedicaba a la aludida una pequeña sonrisa. Después volvió a dirigirse a Andrés―. Y creemos que sería buena idea que tú la acompañaras.

―¿Yo? ―preguntó Andrés, confundido. Victoria asintió con una sonrisa.

―Olivia y tú sois ajenos a esta familia, y a nuestro rizoma ―explicó con calma―. No levantaréis sospechas.

―¿Y qué les vamos a decir? ―preguntó el anticuario― ¿Si por casualidad han robado un astrolabio del siglo quince?

―Esa no me parece una buena táctica, Andrés ―repuso Victoria antes de soltar una pequeña carcajada―. Hemos pensado que sería más efectivo inventar una excusa para la visita.

―La única razón verosímil para salir de casa en medio de un temporal así es la de pedir ayuda ―observó Estela mientras servía más café a todo el mundo.

―Pedir ayuda, u ofrecerla ―añadió Olivia con una sonrisa.

―¡Exacto! ―exclamó Victoria sonriente― Acudiréis a sus casas para preguntar si están bien, si necesitan algo. Podéis decirles que en Casa Libar tenemos muchas provisiones, y que no duden en pedirnos lo que necesiten.

―Para eso no hace falta ir hasta sus casas ―repuso César―. Vale con una llamada o un mensaje.

Todos se quedaron mirando a Olivia y a Victoria esperando una respuesta.

―Pues entonces les llevaremos algo ―improvisó la primera sin perder el entusiasmo.

―Bien pensado ―celebró Victoria―. Estela, ¿qué tenemos de sobra en la despensa?

La mujer se quedó mirando a su empleadora con cara de circunstancia.

―¿De sobra? ―repitió― No sé… ¿Mermeladas?

Olivia soltó una carcajada, pero la ahogó rápidamente al entender que no procedía.

―Debería ser algo útil durante una tormenta de nieve ―contribuyó de pronto Andrés. Parecía que lo estaban convenciendo.

―¿Unas linternas? Por si se va la luz ―propuso Olivia.

―Podría ser ―respondió Victoria, pensativa― ¿Tenemos linternas?

―Tenemos un par ―confirmó Lucio, con voz grave―. Pero no sería muy inteligente deshacernos de ellas. Nosotros también podríamos quedarnos sin luz.

―No hace falta que les salvemos la vida ―intervino Olivia con determinación.

Todos dirigieron su atención hacia ella―.

Sólo necesitamos una excusa para ir a verlos, ¿no es así?

Pues si les llevamos algo de cortesía, como latas o conservas, comida no perecedera, y nos mostramos preocupados por ellos y dispuestos a ayudar, será suficiente.

Andrés se quedó mirándola, pensativo. Por su expresión Olivia no era capaz de determinar si lo habían terminado de convencer, aunque en ningún momento se había negado.

De pronto, Andrés se levantó de la mesa.

―Vuelvo enseguida ―anunció antes de salir por la puerta.

Nadie dijo nada. Victoria y Olivia lo siguieron con la mirada y acto seguido se miraron en silencio.

¿Habían convencido al anticuario?