Andrés
Aquella primera noche no pegó ojo.
«Está buenísimo, y él lo sabe.»
Por último, otro sonido había surgido en la oscuridad de la noche: el adonis que dormía a su lado había comenzado a roncar compitiendo con la ventisca de afuera para ver quién se hacía oír más en medio de la noche.
César podía ser joven y atlético, pero no era inmune a los ronquidos provocados por la ingesta abundante de alcohol.
La cena había finalizado con estas solemnes palabras de Victoria:
―Espero que descanséis bien, porque sospecho que mañana nos espera un día muy ajetreado.
Eso era en definitiva lo que le quitaba el sueño a Andrés: qué pasaría al día siguiente en esa casa de locos.
A las ocho y dos minutos de la mañana, tras haber dormido apenas dos o tres horas, Andrés abrió los ojos y vio que por las rendijas de la persiana se colaba algo de luz matinal.
Se levantó rápidamente y subió despacito la persiana rezándole al dios del clima ―el que fuera― para que la tormenta hubiera pasado.
Nada más lejos de la realidad: el viento había disminuido, pero la nieve continuaba cayendo con fuerza sobre el paisaje, un paisaje más blanco y espeso que la tarde anterior, con la nieve cubriéndolo absolutamente todo y alcanzando fácilmente los veinte centímetros de grosor.
―¡Ya es Navidad!
La voz ronca de César lo sobresaltó. Se giró y lo vio sentado en su cama, con los ojos legañosos y la sonrisa torcida, mirando por la misma ventana que Andrés pero sin duda sin rastro de la preocupación que lo invadía a él.
Cegados momentáneamente por el blanco de la nieve, los ojos de Andrés tardaron en vislumbrar la otra maravilla natural que se exponía ante ellos: la erección matutina que César estaba teniendo y que sus boxers no podían disimular.
Él mismo hubiera tenido una erección si no estuviera conmocionado por el panorama que había descubierto en el exterior.
Como si estuviera esperando una señal para entrar en escena, Olivia hizo su entrada en la habitación ―lógicamente, sin llamar― vestida con una bata que debía ser de Victoria.
―La cosa ha ido a peor ―aseveró, como si no fuera suficientemente evidente con mirar por la ventana―. Lo he checkeado en internet y el puerto sigue cerrado. No se espera que…
Su mirada se había posado en la entrepierna de César ―en opinión de Andrés, había tardado bastante―, y la asistente de Victoria se había quedado con la boca abierta y sin capacidad de reaccionar. César fingió no darse cuenta y Andrés sintió algo parecido al divertimento.
―…no se espera que lo abran en todo el día ―terminó de decir Olivia.
«Genial. Oficialmente, estoy atrapado en Dos Gemelos. Indefinidamente.»
―Y, ¿qué vamos a hacer ahora? ―se quejó Andrés, cada vez más angustiado.
―Pues si no podemos salir de esta casa ―dijo César levantándose mientras se colocaba con poco disimulo la tienda de campaña―, lo mejor que podemos hacer ahora mismo es bajar a desayunar. Huelo a café desde aquí.
En efecto, el aroma inconfundible a café recién hecho había penetrado en la habitación por la puerta que Olivia acababa de abrir.
―Buena idea. Voy a ducharme ―dijo Olivia antes de volver a mirar el paquete de César y marcharse por donde había venido.
―Si no te importa, yo también me voy a dar una ducha ―dijo César dirigiéndose a Andrés.
Acto seguido, comenzó a caminar hacia el baño mientras, bajo su incrédula mirada, se bajaba los calzoncillos dejando a la vista su portentoso trasero. Andrés se quedó mirándolo hasta que se metió en la ducha y cerró la cortina de plástico. Tardó un par de segundos en apartar la mirada.
Mientras César se duchaba le escribió un mensaje a Juan contándole que la climatología no había mejorado y que eso de volver a casa a corto plazo se estaba complicando.
Juan respondió lo siguiente:
No te preocupes por nada. Gloria está encantada de hacerse cargo del negocio. Todo está bajo control. Espero que vuelvas pronto.
Andrés se entretuvo visitando varios medios digitales y en todos ellos encontró el pronóstico meteorológico más pesimista: se hablaba de «tormenta histórica», de «impresionante borrasca», de «situación meteorológica sin precedentes» y de «caos absoluto» en toda la isla de Cabalar.
Desde luego, el repaso de la actualidad no ayudó a levantar su ánimo.
Lo que sí ayudó bastante a levantar su ánimo fue ver a César salir del baño con una toalla blanca anudada a la cintura y fardando de cuerpazo.
«La vida te da una de cal y otra de arena ―pensó Andrés―. O una de nieve y otra de… Bueno, lo que sea.»
Andrés también se dio una ducha que le sirvió para enfriar cuerpo y mente; después se puso la ropa que César le había prestado la víspera y bajó a desayunar.
Sentados en la mesa de la cocina se encontró a Victoria, Olivia, César, Estela, y el que debía ser su marido, Lucio.
―¡Andrés! ¿Qué tal has dormido? ―lo saludó Victoria con una sonrisa ligeramente impostada.
―No demasiado bien ―reconoció, puesto que estaba seguro de que su cara debía reflejar su cansancio―. El viento me ha mantenido despierto.
―Yo no me he enterado ―comentó César antes de introducir la magdalena que sostenía en la mano en su taza de café.
―El tiempo es horrible ―apuntó su tía, que volvió a sonreír a Andrés―: siéntate con nosotros y desayuna.
Victoria no se movió de su sitio; fue Estela la que dejó su magdalena a medio comer para levantarse y servirle el desayuno.
―Usted debe ser Lucio ―dijo dirigiéndose al hombre de pelo cano y piel curtida por el sol que se encontraba frente a él―. Yo soy Andrés.
El hombre lo saludó con frialdad. O quizás fuera más justo decir con apatía.
La víspera Andrés no había tenido la oportunidad de ver al manitas de Casa Libar; Lucio había pasado un buen rato arreglando la ventana de la biblioteca y luego había subido directamente al piso de arriba a dormir.
Su mujer le sirvió un café negro como el carbón que Andrés endulzó con un poco de leche y azucar, y que al contacto con su paladar le produjo una sensación muy agradable.
―El café está delicioso ―le dijo a Estela como muestra de agradecimiento.
Ella se limitó a asentir con la cabeza, disputando con su marido el premio a la simpatía.
―Ahora que estamos todos aquí ―comenzó diciendo una Victoria jubilosa―, me gustaría contaros algo que se nos ha ocurrido a Olivia y a mí.
Andrés miró a Olivia y vio una sonrisa traviesa en su cara. El anticuario tuvo el presentimiento de que no iba a gustarle lo que estaba a punto de escuchar.