Victoria
«¡Han robado el astrolabio!»
Alguien había entrado a la fuerza en Casa Libar y se había llevado la efigie de su rizoma en medio de una tormenta de nieve.
¿Cómo podía haber ocurrido? ¿Quién demonios se lo había llevado?
¿Esa loca estirada de Muriel? ¿Habría sido capaz la presidenta de los dragos de cometer los delitos de allanamiento de morada y robo con fuerza?
¿Tan lejos llegaría en su afán por proteger la integridad del rizoma Drago?
«Soy bruhma, no drago» solía repetir Arturo a cualquiera que quisiera escucharlo. O, quizás fuera más justo decir, a cualquiera que sugiriera que pertenecía al rizoma Drago. «Prefiero morir como bruhma que vivir como drago» solía decir también a menudo.
«Pobres de aquellos que se interpongan en mi camino.»
Muriel Bahamontes, Santiago Chacal, Gerardo Barcaza, Belén Martorell…
Había visto sus caras cuando Victoria anunció, en su fiesta de Santa Inés, que el astrolabio que había aparecido en el río podía ser la efigie de Bruhma.
Había visto temor en la cara de muchos de sus vecinos.
También desprecio, incluso ira. Victoria había disfrutado de sus reacciones, sabedora de lo mucho que ellos la odiarían si llevaba a cabo su plan.
Sin embargo, ahora que el anticuario había confirmado sus sospechas casi al cien por cien, y que estaba más cerca de vencer a sus vecinos dragos, alguien ―probablemente uno de ellos― había robado su efigie.
―Sea quien sea, lo ha hecho a conciencia ―había concluido Lucio al llegar a Casa Libar―. Ha borrado sus huellas de la nieve.
―¿Cómo lo sabes? ―se había sorprendido Victoria.
―Mientras venía a Casa Libar me he fijado en el tramo que va desde la ventana de la biblioteca hasta el puente ―había explicado su jardinero―.
No he encontrado pisadas, lo que es muy raro, porque no ha pasado demasiado tiempo desde el robo.
El ladrón se ha cuidado de no dejar huellas.
Sabía que nos conducirían hasta su casa y que lo delatarían.
―Así que ha pensado en todos los detalles ―había añadido Olivia―. Lo ha hecho con premeditación y alevosía.
«Probablemente llevaba preparándolo desde la fiesta de Santa Inés ―pensó Victoria con amargura―. Pero esto no va a quedar así.»
Además, en estos momentos tan críticos Victoria no estaba sola en Casa Libar.
Bajo su techo dormían esa noche César ―su sobrino favorito, su heredero, el futuro de su rizoma―, Olivia ―la mano derecha ideal, por su insensatez natural― y Andrés ―un elemento ajeno y neutral cuya condición lo hacía perfecto para actuar en su favor―, además de Estela y Lucio, sus leales trabajadores.
Tenerlos a todos en Casa Libar con ella la tranquilizaba, pero también le hacía sentir más fuerte, mejor protegida.
Necesitaba de esas personas para enfrentarse a sus enemigos.
Sola no sería capaz de hacerlo, no tendría ni la más mínima oportunidad de triunfar.
Por otro lado, tenía a Reno en Escocia. Por la noche le había escrito para decirle que su encuentro con una tal Martha, miembro del clan MacFayden, había sido todo un éxito, y que incluso se había mostrado dispuesta a acompañarlo hasta el castillo donde se encontraba el reloj de arena.
Si todo iba bien el reloj podía estar en manos de su detective en cuestión de horas.
Cuando llegó el amanecer Victoria seguía dando vueltas en su cama. Había dormido poco y mal, pero el nuevo día le trajo un rayo de esperanza, y se sintió algo más animada que la víspera.
Se levantó y subió las persianas, deseosa de encontrar también algún rayo de sol, pero sólo encontró una neblina de copos de nieve cayendo sobre la isla Libar.
Alguien llamó a la puerta.
―¿Sí?
―Soy Olivia. ¿Puedo pasar?
Antes de recibir respuesta alguna Olivia entró atropelladamente en la habitación.
―¿Pasa algo? ―la apremió Victoria, irritada.
―No, nada ―respondió su asistente―. Pero se me ha ocurrido una idea.