El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Reno
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Reno

De hecho, le recordaba ligeramente a Casa Libar. Parecía que la patrona lo perseguía también en la lejana Escocia.

Se dieron un apretón de manos, se sentó con ella en la mesa y le pidió a la camarera un café americano y una porción de carrot cake con pinta muy apetecible que le llamaba desde el aparador.

―Rizoma ―le corrigió―. Sí, así lo creo, señorita MacFayden.

―¿Qué le parece si usted me llama Martha y yo lo llamo Rino? ―preguntó con una sonrisa extremadamente amplia.

―Reno.

Martha MacFayden resultó ser una joven hiperactiva, hiperexpresiva y muy pesada.

Reno tuvo que hablarle largo y tendido sobre el rizoma Bruhma, sobre la teoría según la cual un reloj de arena perteneciente a sus ancestros había acabado en manos de los MacFayden y sobre lo feliz que le haría a su moribunda y querida madre ―le pintó a una Victoria cándida, amorosa y bondadosa, nada que ver con la patrona― recuperar ese objeto tan valioso.

―Hay muchos trastos en nuestro castillo ―afirmó Martha bebiendo un sorbito ruidoso de su té naranja―. No sabría decir si tu reloj de arena está allí.

Le alucinaba que dijera «nuestro castillo» como quien dice «nuestra casa del pueblo».

―¿Quién vive allí en la actualidad? ―preguntó Reno en modo casual.

―Nadie. Puede que algún fantasma.

―¿Nadie?

―Hoy en día es complicado vivir en un castillo medieval ―aseguró la joven MacFayden sin perder la sonrisa―. Sólo el mantenimiento cuesta una pasta. ¡Por no hablar de lo difícil que es calentar un castillo tan grande! Nadie en mi familia quiere vivir allí. ¡Yo tampoco quiero!

El castillo de Kilchurn, residencia oficial del clan MacFayden, podía ser un puñado de piedras con grietas por las que se colaba el viento frío de las highlands , pero a Reno le costaba entender que alguien rechazara vivir en un castillo.

«Puede que Disney haya tenido menos influencia de lo que pensamos.»

―Queremos montar un hotel ―le explicó Martha―. Bueno, mi hermano quiere montar un hotel.

―¿Tu hermano?

―Tavish MacFayden ―especificó como si eso aclarara algo.

―¿Tu hermano va a montar un hotel en Kilchurn Castle?

―Está reuniendo el dinero para hacerlo.

―¿No te da pena que la casa de tu familia se convierta en un bed sólo indagaba en la vida de esa muchacha por deformación profesional.

―Tavish dice que el romanticismo y la nostalgia no dan de comer ―argumentó Martha―. A mí el dinero del hotel me vendrá fenomenal para costear mi vida en Edimburgo, sinceramente, pero reconozco que yo era partidaria de montar un museo.

―¿Un museo? ¿Sobre qué?

―¿Sobre qué va a ser? ―preguntó Martha― Sobre el clan MacFayden, su historia y su vida en el castillo de Kilchurn.

―Es una idea muy bonita, señorita… Martha, pero coincido con tu hermano en que eso no daría de comer.

―Pero sería tan bonito homenajear a nuestros ancestros ―dijo Martha, soñadora―, honrar a nuestro clan…

―Eso es precisamente lo que queremos hacer mi madre y yo recuperando el reloj de arena ―hiló Reno con una maestría que le sorprendió a sí mismo―. ¿Cuándo podría pasarme por Kilchurn Castle?

Martha se quedó mirándolo con su cara de animal marsupial.

―¿Quieres ir hasta allí? ―inquirió.

―Claro. ¿Cómo voy a recuperar, si no, el reloj de mi familia? ―respondió Reno, irritado.

―Ni siquiera sabemos si ese reloj está allí.

―Lo sé. Primero debería comprobarlo. Dices que nadie vive allí ahora. ¿Quién podría saber si el reloj de arena que busco está allí? ―preguntó.

Martha se encogió de hombros.

―Supongo que nadie. Tendremos que ir al castillo para descubrirlo.

―¿Vendrías conmigo a Kilchurn Castle? ―preguntó, excitado.

―¡Por supuesto! Me encantaría ayudarte a recuperar esa reliquia familiar ―dijo ella abriendo sus enormes ojos verdes―. Aunque tenemos un pequeño problema.

―¿Qué problema?

―Que yo no tengo la llave del castillo.