Andrés
―El rizoma Bruhma es uno de los más antiguos de la isla de Cabalar ―aseguró Victoria con evidente orgullo―. Se cree que ya existía en el siglo once, mucho antes de que se creara el registro de rizomas.
A continuación, Victoria Pumarino pasó a hablar largo y tendido sobre el rizoma de sus antepasados. Durante más de una hora describió al detalle todo lo que sabía sobre los bruhmas y su historia.
Los bruhmas eran un pueblo que vivía en un islote de grandes dimensiones cerca de la costa norte de la isla de Cabalar; la isla Libar ―que después daría nombre a la isla fluvial donde se construiría Casa Libar― era un trozo de tierra muy frondoso pero con mucho menos relieve que la isla principal, lo que propició que en la época del rey Elionar fuera ocupada por un grupo de hombres y mujeres en busca de autonomía y tranquilidad.
Allí se originó un pueblo que vivía mirando al mar, que se sentía muy unido a las aguas que lo rodeaba y que se dedicaba mayormente a la pesca.
Los bruhmas eran pescadores, navegaban con maestría por el mar Cantábrico y evitaban pisar otra tierra que no fuera la de su isla Libar.
Tenían buenas relaciones con las gentes de la isla de Cabalar, para ellos igual de continentales que los de la península ibérica, y cuando el sistema de rizomas de Cabalar tomó forma no dudaron en crear su propio rizoma; era una manera de ratificar y reforzar su identidad como pueblo, así como de diferenciarse de los que vivían en la isla principal.
Les permitía apropiarse de elementos del imaginario marítimo como el astrolabio, herramienta que utilizaban en su labor en la mar y que eligieron como efigie, así como de simbología y representaciones del mar como el tridente, que se utilizó junto con las olas como símbolo oficial del rizoma.
En el siglo XV el rizoma Bruhma era una realidad.
Fue en esta época cuando los bruhmas se hallaban inmersos en uno de los menesteres que mejor los definiría históricamente: la caza de la ballena.
Una veintena de hombres bruhmas se unirían a finales del siglo XIV a los balleneros vascos que en aquella época dominaban no sólo los mares de Europa sino también los de Islandia y Canadá.
La caza de ballenas fue durante décadas el orgullo del pueblo bruhma, una muestra de su particularidad frente al resto de rizomas de Cabalar.
Los bruhmas eran un pueblo activo, valiente y autosuficiente.
Les bastaba con su trocito de tierra, con su pequeña isla, para descansar cuando no estaban en la mar.
Incluso las mujeres y los niños navegaban y pescaban. Los bruhmas eran un pueblo único.
Quizás por eso les ocurrió lo que les ocurrió.
Una leyenda cabalense decía que Dios los castigó por haber sido tan orgullosos.
Otra no demasiado distinta relataba que los dioses del mar ―Poseidón, por ejemplo― se hartaron de que los bruhmas camparan a sus anchas por sus aguas, arrasando con la vida marina y creyéndose los dueños de sus mares.
El caso era que una noche gélida y oscura de invierno de 1799, mientras los habitantes de la isla Libar dormían, se desató una de las tormentas más violentas que se recordaban.
Se hablaba de olas de ocho a diez metros, de un viento que movía rocas, de una tromba de agua capaz de ahogar a un reptil.
Y en medio de ese caos de elementos naturales, mientras todos dormían, un rayo cayó sobre la isla Libar, provocando un incendio que con ayuda del viento se propagó rápidamente por el bosque que cubría la superficie de la isla, incluyendo las casas de sus habitantes.
El fuego lo devoró todo rápidamente, también a los isleños.
Los pocos que reaccionaron y se echaron al mar escapando de las llamas perecieron en unas aguas embravecidas, tan feroces que con sus olas gigantes lanzaban a los bruhmas como si fueran motas de polvo en medio de un tornado.
Alcanzar la costa de Cabalar, pese a encontrarse a menos de medio kilómetro de distancia, era una tarea imposible.
En cuestión de una hora, la isla Libar fue arrasada; sus habitantes, aniquilados.
―La isla Libar fue nuestra Atlántida particular ―comentó Victoria, menos sentida de lo que cabría esperar.
―Como ves, Andrés, somos descendientes de los atlantes ―apuntó César con un tono claramente humorístico.
―Muy gracioso ―lo reprendió su tía, ofendida.
Había una cosa que Andrés no entendía…
―Si todos los bruhmas murieron esa noche, ¿por qué decís que son vuestros antepasados?
―No murieron todos ―descubrió entonces Victoria―. Hubo tres supervivientes.
―Los mejores nadadores ―volvió a bromear César.
Al parecer, tres hombres jóvenes y fuertes se las ingeniaron para sortear la furia del mar y alcanzar la orilla de Cabalar exhaustos, heridos y al borde de la hipotermia, pues era pleno invierno.
Los tres bruhmas supervivientes vieron cómo su isla, sus familias y su pueblo desaparecían entre llamas, lluvia y olas gigantes.
Todo rastro del rizoma Bruhma había desaparecido; sólo quedaron los cuerpos de tres hombres malheridos.
Dos de los tres bruhmas que salvaron la vida eran los hermanos Tomás y Cristóbal Pumarino.
―Nuestros antepasados ―confirmó Victoria, con la cabeza alta.
Los tres supervivientes se recuperaron durante unos días en la cercana localidad costera de Nuences, donde los acogieron y cuidaron hasta que recuperaron la salud y superaron el trauma inicial.
Volvieron a su isla para comprobar lo que quedaba de su pueblo, y descubrieron con horror que no quedaba nada, ni nadie.
De entre los restos recuperaron los objetos fundacionales de su rizoma, así como unas pocas monedas para salir adelante.
De vuelta en la isla de Cabalar, los tres tomaron caminos diferentes: los hermanos Pumarino se dirigieron al interior de la isla, alejándose voluntariamente de la costa, huyendo del mar que les había dado tanto y les había arrebatado todo.
Rotos por el dolor y temerosos de las fauces del océano, se internaron en los vastos bosques del norte de Cabalar, buscaron el valle más profundo, y así llegaron a una pequeña llanura enclavada entre las montañas, un terreno atravesado por un río caudaloso que pese a su fuerza nada tenía que ver con la fiereza y la violencia del mar del que huían.
Había un pequeño islote en la parte donde el río más se ensanchaba.
Aquel trozo de tierra rodeado de agua tampoco tenía nada que ver con la isla de la que Tomás y Cristóbal provenían, pero no dejaba de ser irónico que, huyendo del mar y de su isla, hubieran acabado topándose con otra isla en medio de un valle escondido. Parecía una broma del destino.
Así que los dos hermanos abrazaron el guiño y eligieron aquel lugar para empezar de cero, para crear un nuevo hogar.
―Dos Gemelos ―adivinó Andrés.
―¡Qué perspicaz! ―le vaciló César. Lejos de tomárselo mal, Andrés sintió aún más deseos de quitarle la ropa a mordiscos.
―En efecto ―corroboró Victoria―, los hermanos Pumarino fueron los primeros habitantes de este pueblo. Los fundadores de Dos Gemelos eran bruhmas.
―¡Curiosidad! ―interrumpió Olivia, la asistente personal de Victoria― Eran hermanos, pero no gemelos. La toponimia del pueblo es algo confusa.
Andrés aprovechó el chascarrillo para darle un trago a su taza, que para entonces ya no contenía café, sino orujo de hierbas.
―Antes habéis dicho que los dragos no existían cuando desaparecieron los bruhmas ―retomó, intentando ordenar toda la información―. ¿Cuándo surgió el rizoma Drago?
―Muchos años después, cuando Tomás y Cristóbal hubieron poblado esta zona ―respondió Victoria.
El anticuario la miró, aturdido. Le costaba imaginar que dos hombres poblaran nada. Según explicó Victoria, los hermanos se casaron con mujeres que vivían en el valle colindante, formaron con ellas familias muy numerosas, que a su vez derivaron en otro puñado de familias numerosas.
―Eran otros tiempos ―observó Victoria―. Los hijos eran necesarios para trabajar en el campo.
―Y no tenían condones ―aportó César, siempre buscando hacer la gracia―. Si yo hubiera vivido en aquella época, a estas alturas ya tendría familia numerosa.
No se le escapó la mirada traviesa que Olivia le dedicó a César, en contraste con la desaprobación que mostraba la de Victoria.
―Y, ¿cuándo pasaron de bruhmas a dragos? ―insistió Andrés, pues no le quedaba claro.
―Los hermanos Pumarino no mantuvieron su rizoma de origen ―relató Victoria―.
No sabemos si fue algo premeditado o simplemente dejaron que su rizoma se diluyera en el tiempo.
Puede que el recuerdo de sus orígenes fuera tan doloroso que lo borraran de su vida como mecanismo de supervivencia.
O quizás no le veían sentido a continuar en las montañas con un rizoma cuya razón de ser era el mar.
El caso es que no se tiene constancia de ningún rizoma en este valle hasta finales del siglo diecinueve, casi cien años después, cuando los bisnietos de Tomás y Cristóbal registraron un nuevo rizoma llamado Drago.
Andrés se incorporó un poco en su asiento.
―¿Podríamos decir que el rizoma Drago fue una nueva versión del rizoma Bruhma? ―planteó frunciendo el ceño.
Victoria lo fulminó con la mirada, pero fue César el que le contestó:
―Los rizomas no son actualizaciones de Windows ―dijo con tono burlón.
―El rizoma Drago fue una invención ―afirmó a su vez Victoria―. No se fundamenta en absolutamente nada. Por el amor de Dios, su símbolo es una mariposa. ¡Una maldita mariposa! ¿Puede tener un trasfondo más pobre?
―La mariposa drago tiene mucho significado ―la contradijo Olivia―. Para empezar, es un tipo de mariposa que sólo se encuentra en esta zona de Cabalar. No hay una igual en el mundo.
―¿Lo dices como antropóloga o como aficionada a la zoología? ―le disparó Victoria con evidente desprecio.
―Da lo mismo, es un dato fácilmente comprobable, Victoria ―respondió Olivia con elegancia. Acto seguido, se volvió a Andrés para continuar con sus explicaciones―. Las alas de la mariposa drago tienen una mezcla de naranja y azul eléctrico. Es superbonita, ya lo verás.
Andrés asintió, aunque dudaba de que jamás tuviera tiempo y ganas de comprobarlo. Más que la mariposa drago le intrigaba lo mucho que la asistente personal mauleonesa sabía sobre el tema.
―Por otro lado, la mariposa representa la morfología de Dos Gemelos ―continuó Olivia―. El río Saga atraviesa el pueblo dividiéndolo en dos partes iguales. Cada ala de la mariposa representa uno de los lados del río. Nosotros ahora estaríamos en medio de la mariposa, en mitad del río.
―¡Qué bonito! ―musitó César, haciendo reír a su tía.
A Andrés le daban bastante igual los dragos, los bruhmas y sus respectivos símbolos, pero no le parecía bien que los Pumarino despreciaran de esa manera el patrimonio rizomático de su pueblo. Así que, decidió atacar.
―Por lo que entiendo, vuestros antepasados renegaron del rizoma Bruhma, y en consecuencia vuestra familia lleva décadas siendo parte del rizoma Drago.
César lo miró algo contrariado; Victoria, sin embargo, pareció entrar en cólera ante sus ofensivas palabras.
―Ser parte de algo no significa que te sientas parte de ello ―afirmó con más contención de lo esperado―. Yo nací drago, pero siempre me he sentido bruhma.
―Así que es un tema de sentimientos ―prosiguió Andrés, disfrutando del enfrentamiento―. Lo que os mueve es la necesidad de sentiros a gusto con lo que sois.
―No nos sentimos dragos ―matizó Victoria―, y tenemos todo el derecho del mundo a recuperar el rizoma de origen de nuestros antepasados, Tomás y Cristóbal Pumarino.
Andrés asintió con la cabeza, convencido de que no le convenía seguir provocando a aquella señora. Sólo le faltaba que lo echara a patadas de su casa y terminara en la calle en medio de una terrible tormenta de nieve.
―Habéis dicho que fueron tres supervivientes ―dijo Andrés intentando cambiar de tercio―. ¿Quién era el tercero? ¿Y qué fue de él?
Victoria dejó atrás su pesadumbre y le dedicó una sonrisa misteriosa.
―Se llamaba Vicente y, a diferencia de los hermanos Pumarino, se marchó de Cabalar. Quiso poner tierra de por medio para olvidar la terrible tragedia que había sufrido.
Se quedó mirándola a la espera de que aportara más información, pero, como no lo hizo, tuvo que preguntar.
―Y, ¿a dónde se fue?
Otra sonrisa misteriosa.
―¿Tú qué crees?