El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Olivia
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Olivia

―Una tormenta de nieve nos ha reunido aquí a todos un jueves tonto de febrero ―anunció Victoria tras beberse de trago la primera copa de vino.

―Voy a ver si Lucio necesita ayuda ―anunció Estela cuando terminaron de cenar.

«Antes conocido como la habitación de las escobas» pensó la aludida.

―Señora, no hace falta ―respondió Estela―. Ya tiene bastante gente en casa. No queremos ser una molestia.

«¿Como nosotros?»

―Al contrario ―dijo Victoria―. Hay comida de sobra para todos. Además, será más práctico que estéis aquí las veinticuatro horas del día, y yo me sentiré más tranquila teniéndoos en casa.

Estela meditó un momento antes de asentir.

―Si es lo que usted quiere, de acuerdo ―dijo la asistenta―. Iré a acondicionar el despacho de Olivia.

―Y yo prepararé café ―se ofreció Olivia dirigiéndose a la cocina.

―Gracias a las dos ―les concedió Victoria antes de hacer un gesto con la cabeza a Andrés y a su sobrino―. Nosotros esperaremos en el salón.

Los dos hombres la siguieron sin rechistar y Olivia acompañó a Estela a la biblioteca primero, para informar a Lucio de que no volverían a casa, y al desván después, para rescatar el colchón donde dormiría el matrimonio.

―Estela, tú los conoces mejor que yo, incluso que Victoria ―aprovechó para consultarle Olivia―. ¿Crees que algún vecino sería capaz de robar el astrolabio de los bruhmas?

La asistenta cruzó los brazos, considerando la pregunta.

―Hace unos años habría dicho que no. Pero, hoy en día, puedo esperar cualquier cosa.

Tras esa respuesta que a Olivia le pareció bastante vaga, Estela comenzó a acondicionar la pequeña estancia que iba a pasar de ser el despacho de Olivia a ser su habitación.

Olivia bajó entonces a la cocina y se entregó a la sencilla tarea de preparar café. Mientras lo hacía, comprobaba por la ventana cómo la nieve caía con más y más intensidad. Apenas se distinguía ya lo que había al otro lado del río.

Preparó una bandeja de plata horrible que encontró en un armario con café, leche, azúcar y un puñado de pastas que si no estaban pasadas estaban a punto de estarlo.

Mientras se acercaba al salón escuchaba cada vez con más intensidad la voz grave de Victoria relatando algo relacionado con el robo del astrolabio.

―¿Tienes algún sospechoso en mente? ―oyó que le preguntaba Andrés.

―Por supuesto ―respondió Victoria―. Hay varias personas en este pueblo que harían cualquier cosa por salvaguardar la integridad del rizoma Drago.

De entre todos ellos, la sospechosa número uno es Muriel Bahamontes.

Es la presidenta del rizoma Drago. Su familia es la más importante del pueblo.

Los Bahamontes llevan controlándolo mucho tiempo.

Sus palabras denotaban tanto desprecio que Olivia no se atrevió a comentar que dudaba seriamente que una mujer de sesenta años con problemas de sobrepeso pudiera haber perpetrado un robo de ese tipo.

―Muriel es una mujer con mucho carácter ―comentó Olivia mientras servía el café.

Había coincidido en varias ocasiones con Muriel, mayormente en el bar y en la tienda del pueblo. La presidenta del rizoma Drago siempre había sido educada con ella, aunque Olivia había sido testigo de la forma en la que la mujer se dirigía a sus vecinos y amigos.

―Muriel sólo se preocupa de su maldito rizoma ―arremetió Victoria echándole a Olivia una mirada más oscura que el café que acababa de servir en su taza.

«¿No es eso lo que tú estás haciendo? ¿Preocuparte de tu maldito rizoma? ―le hubiese dicho de buena gana, pero esa mujer pagaba su salario.

―¿Por qué dices que sólo se preocupa de su rizoma? ―le preguntó Andrés, que parecía interesado.

―Porque le horroriza tanto la idea de que el rizoma Drago pierda un puñado de miembros que pretende impedir que nosotros recuperemos nuestro antiguo rizoma ―le explicó Victoria.

―¿Qué supondría para los dragos que vosotros cambiarais de rizoma? ―planteó el anticuario.

―Para empezar, perderían el monopolio rizomático de Dos Gemelos.

―Cada vez quedan menos pueblos monorrizomáticos ―agregó Olivia, ya sentada en su butaca.

Andrés se giró hacia ella como si no se hubiera percatado de su presencia hasta ese momento.

―De hecho, yo pensaba que Ovadía era el único lugar monorrizomático que quedaba en Cabalar ―admitió el forastero―. ¿Todo el mundo en Dos Gemelos es drago? ¿No hay miembros de otros rizomas?

―Ha habido hombres del pueblo que se han casado con mujeres de otros rizomas ―explicó Victoria después de probar el humeante café―. Pero siempre han formado su familia en Dos Gemelos, y sus hijos han nacido como dragos.

―Así que aquí también hay mestizos ―dijo Andrés soltando una risita―. Yo también lo soy. Mi madre no era róbleda.

―Aquí no se les considera mestizos ―apuntó Olivia―. Si tu padre es drago y has nacido en Dos Gemelos, entonces eres drago. Y punto. Se obvia el rizoma de la madre.

―Es una forma de que todo el mundo tenga la sensación de que su rizoma es puro ―intervino César con desgana―. Es parte de su relato.

―¿Qué relato? ―preguntó confuso Andrés.

―El relato de que Dos Gemelos es algo así como una reserva natural de dragos ―respondió Victoria.

El siglo veinte, con sus migraciones y su globalización, había ido difuminando el mapa de rizomas de la isla de Cabalar de manera imparable.

Las ciudades de Faro Cabalar y Riosa, y en menor medida Mauleón, eran ya amalgamas rizomáticas, mosaicos en los que costaba encontrar rediles de un solo color.

Sin embargo, las localidades más pequeñas y aisladas habían logrado ralentizar el proceso, aunque no habían podido evitar romper con las comunidades monorrizomáticas.

Dos Gemelos era una de las tres comunidades ―todas pequeñas y aisladas― que habían logrado la hazaña de resistir.

Otro de ellos era Ovadía, el poblado tehúme donde Olivia había vivido durante tres meses para estudiar el modo de vida de los descendientes de los nativos cabalenses, en la actualidad la comunidad referente del rizoma al que pertenecía la propia Olivia.

El tercer enclave monorrizomático era Murillo, un barrio apartado y aislado de la pequeña ciudad de Riosa, donde el rizoma Farukha había mantenido su total hegemonía.

El Gobierno de Cabalar había reconocido el «mérito» y la «peculiaridad» de estos tres lugares concediéndoles un título que a su vez les otorgaba ciertos privilegios y ayudas económicas.

Por eso era tan importante para gente como Muriel Bahamontes que Dos Gemelos continuara siendo un pueblo monorrizomático; lógicamente, el pequeño proyecto de Victoria Pumarino amenazaba con dinamitar ese estatus especial.

―Los Bahamontes quieren que todos en el pueblo sigamos siendo dragos ―sentenció Victoria―. Van a impedir como sea que mi familia y yo volvamos a ser bruhmas.

Olivia se contuvo de nuevo de expresar lo que pensaba.

En realidad, ni Victoria Pumarino ni ningún otro miembro vivo de su familia había sido jamás bruhma; habían nacido dragos y habían vivido como tales toda la vida.

La matriarca de la familia hablaba del «rizoma de su familia» como si hubiese sido algo que les hubieran arrebatado en un pasado no muy lejano.

―¿Cómo desapareció vuestro rizoma? ―demandó saber el neófito en el mundo de los dragos y los bruhmas.

―Es una historia bastante turbia ―observó César adelantándose a su tía―. ¿Seguro que quieres oírla?

Andrés lo miró contrariado.

―¿Los dragos los exterminaron?

A Olivia se le escapó una carcajada que Victoria abortó con su mirada más fiera.

César respondió con rotundidad:

―Los dragos ni siquiera existían cuando desapareció el rizoma Bruhma.