El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Victoria
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Victoria

Esto no podía estar pasando. Tenía que ser una pesadilla.

Sin embargo, ahora el astrolabio había aparecido, había regresado al lugar que le correspondía, volvía a estar en manos de la familia Pumarino. Y entonces, justo entonces, había vuelto a desaparecer.

Alguien se lo había llevado.

―¿No está en la biblioteca? ―preguntó su sobrino César con cara de haber visto un fantasma.

Los cinco entraron atropelladamente en la biblioteca. El astrolabio estaba allí pocos minutos antes, cuando el anticuario lo dejó sobre la mesa dispuesta frente a la ventana. O al menos estaba ahí cuando Victoria se fue de la biblioteca, dejando a Andrés a solas para que hiciera una llamada.

―¿Estaba el astrolabio cuando has salido de la biblioteca? ―interrogó con ansiedad al anticuario.

Andrés la miró aturdido.

―¡Sí! Estaba donde lo hemos dejado, sobre la mesa ―respondió mirando con incredulidad el espacio donde minutos antes yacía el astrolabio― ¡Estaba ahí! ¡Os lo aseguro!

La mesa estaba ahora completamente vacía.

―¿Nadie lo ha tocado? ―preguntó César volviéndose para mirar a todos los presentes― ¿Estela?

―Yo estaba en la cocina ―se apresuró a decir ésta.

―Nadie lo ha tocado ―intervino Olivia señalando la ventana que había tras la mesa.

La ventana estaba ligeramente abierta, y el viento del exterior la sacudía ligeramente.

La ventana estaba compuesta por múltiples secciones de vidrio, y el cristal más cercano a la manija estaba roto.

Había cristales en el suelo, por lo que era fácil deducir que alguien había roto el cristal para poder abrir la ventana desde fuera.

―Han entrado por la ventana ―afirmó Victoria sintiendo cómo una angustia terrible la invadía a marchas forzadas―. Alguien ha entrado y ha robado el astrolabio.

Todos se quedaron mirándola, inertes.

―Llamemos a la policía ―dijo Olivia, nerviosa.

―Es inútil ―observó César―. La carretera está cortada, y no van a venir por un hurto sin violencia.

―Desde luego que no ―coincidió Estela, que se acercó a la ventana y la cerró con cuidado de no pisar los cristales―. Bastante tendrán con atender a la gente que llama por problemas ocasionados por la dichosa tormenta.

César se acercó a su tía y la rodeó con sus fuertes brazos.

―Tía, recuperaremos el astrolabio ―le dijo con su voz más reconfortante―. Ahora será mejor que vayamos al salón y esperemos allí.

―Esperar, ¿a qué? ―le respondió ella, saliendo de golpe de su letargo― Nadie va a venir a devolvernos el astrolabio. ¡Se lo han llevado!

―¿Quién querría robar el astrolabio? ―preguntó Estela, con inocencia.

Victoria se volvió hacia ella con solemnidad.

―¿Quién? ―aulló con más volumen y menos mesura de lo que pretendía― ¿Preguntas quién querría robarlo?

Estela la miró con congoja, quizás temerosa de haber despertado su ira. Asintió sin demasiada convicción.

―Los miembros de tu rizoma ―respondió su empleadora con desprecio.

Quizás fuera injusto meter a todos los dragos en el mismo saco, y desde luego Estela no merecía ser el foco de su ira, pero en ese momento se estaba apoderando de Victoria un odio feroz hacia todos los miembros del rizoma Drago.

―¿Los dragos? ―preguntó Andrés, confundido.

―Alguno de ellos, sin duda ―puntualizó Victoria, antes de dar media vuelta y salir de la biblioteca.

César la acompañó hasta el salón y se sentó con ella junto al fuego.

―Tía, será mejor que mantengamos la mente fría ―dijo con su tono de entrenador de balonmano―. Ahora no hay nada que podamos hacer. No podemos salir con esta tormenta.

Lo cierto era que quien quiera que se hubiera llevado el astrolabio lo había hecho en medio de la ventisca. ¿Quién estaría dispuesto a correr ese riesgo? Desde luego, se le ocurrían varios nombres.

Olivia, Andrés y Estela entraron en el salón con paso dubitativo.

―Estela, ¿dónde está Lucio?

―En casa, señora ―respondió su asistenta―. Había pensado en llamarlo para que venga y repare la ventana de la biblioteca, aunque sea para salir del paso.

―Claro, dile que venga ―le pidió.

Estela asintió y salió sigilosamente del salón.

Andrés y Olivia se acomodaron en el sofá, y tras una tos incómoda el anticuario tomó la palabra.

―Victoria, has dicho que el astrolabio lo ha tenido que robar algún drago ―dijo con tranquilidad―. Supongo que crees que alguien intenta impedir que resucites el rizoma Bruhma.

―Exacto.

―¿Por qué? ―preguntó Andrés, confundido.

―¿Tú qué crees? ―replicó Victoria con amargura― Porque si mi familia y yo volviéramos a ser bruhmas, dejaríamos de ser dragos.

―No lo había pensado, pero tiene su lógica ―reflexionó en voz alta el anticuario―.

Cuando los lituanos se independizaron de la Unión Soviética dejaron de ser soviéticos o rusos para ser, otra vez, lituanos.

Así que, nos encontramos ante un conflicto rizomático entre dragos y bruhmas ―concluyó Andrés con el ceño fruncido.

Victoria fijó su mirada en el fuego de la chimenea y sintió arder sus entrañas con la misma intensidad.

―Más que un conflicto, esto es una guerra ―sentenció.