El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Andrés
19%

Andrés

―Me han dicho que esta noche vas a ser mi «compi» de habitación ―continuó diciendo aquel adonis que parecía sacado de sus fantasías sexuales.

―Eso parece ―acertó a decir volviendo a sonreír.

«Tampoco me importaría ser tu «compi» de cama.»

―Soy César, encantado ―se presentó acercándose para estrecharle la mano―. El sobrino de Victoria.

Andrés lo saludó educadamente y se presentó.

―¿Quién nos mandaría coger el coche para venir aquí hoy, verdad? ―comentó César con una sonrisa ladeada.

―Llevo preguntándomelo un rato, sí ―respondió Andrés, ya más relajado―. Aunque aún tengo la esperanza de que deje de nevar y despejen la carretera hoy mismo. Así te evitaría mis ronquidos.

César soltó una carcajada. No era el chico más guapo del mundo, pero desprendía un magnetismo brutal.

―Siento ser agorero, pero no parece que vayan a abrir la carretera próximamente.

Y en cuanto a lo de los ronquidos, puedes estar tranquilo.

Estoy acostumbrado a compartir habitación con muchos hombres ―debió de ver su cara de estupor, porque se apresuró a añadir―: entreno al Atlético Faro, y viajo mucho con ellos.

Andrés asintió con la cabeza mientras intentaba borrar de su mente calenturienta la imagen de aquel hombretón compartiendo cama con jugadores jóvenes y musculosos o, puestos a imaginar, compartiendo duchas.

―¿Y por qué estás aquí hoy? ―le preguntó Andrés concentrándose en el presente.

―Me he escapado de la ciudad buscando un poco de tranquilidad ―le explicó César volviendo a sonreír para un lado―. Gran idea, ¿verdad?

―Si lo que buscabas era algo así como un retiro en la naturaleza, has dado en el clavo.

Ambos se echaron a reír.

―¿Quieres ser mi maestro espiritual? ―continuó bromeando César.

«Preferiría ser tu maestro sexual» pensó mientras le reía el chiste.

Aquel hombre estaba sin duda despertando sus instintos más bajos.

Juan y él tenían una vida sexual bastante satisfactoria, pero era justo admitir que el fuego inicial ―allá por los comienzos del siglo veintiuno― había desaparecido, y que tras los chispazos del reencuentro y el retome hacía unos meses, la cosa se mantenía en unas brasas no demasiado espectaculares.

En definitiva, que probablemente Andrés estaba necesitado de algo de sexo fresco y salvaje.

―Mi tía me ha mandado a decirte que en diez minutos la cena estará lista ―anunció César―. Espero que tengas hambre, porque en esta casa es costumbre comer hasta vomitar.

―Está bien saberlo ―respondió―. En ese caso me quitaré la faja.

César soltó otra carcajada.

―Será lo mejor. Por cierto, suelo tener ropa de repuesto en casa de mi tía. Te traeré algo para que puedas cambiarte mañana.

―Oh, vale. Gracias ―titubeó, poco acostumbrado a tratos tan familiares.

―Seguro que algo te sirve.

Dicho lo cual se dio la vuelta para marcharse, regalándole a Andrés una nueva perspectiva de su envidiable físico.

Se sentó en la cama y consultó el móvil para ver si había ocurrido un milagro y la carretera a Mauleón se había vuelto a abrir. Descubrió apesadumbrado que ni la habían abierto ni la podrían abrir en las próximas horas.

La puerta de la habitación se volvió a abrir y la asistente personal de Victoria entró una vez más sin llamar.

―¿Te gusta tu habitación? ―preguntó con una espontaneidad pasmosa.

―No me puedo quejar ―respondió―. ¿La tuya está bien?

―Sí, pero la mía no viene con maromo incluido ―lanzó provocando su perplejidad.

Tras el desconcierto inicial, Andrés no pudo evitar echarse a reír.

―¿Y eso es bueno o malo? ―tanteó.

―Supongo que depende de lo que busques ―aseguró ella, divertida―. A no ser que seas heterosexual o asexual, en tu caso es algo extraordinariamente bueno.

Volvió a reír. Le gustaba el descaro de esa chica. No todo el mundo se atrevía a decirle a un hombre al que acababa de conocer que asumía que era gay.

―No soy ni una cosa ni la otra ―le regaló él para zanjar el asunto.

―Pues enhorabuena, Andrés. Te ha tocado bailar con el más guapo.

De pronto, escucharon un grito desgarrador.

Olivia y Andrés intercambiaron una mirada de confusión. El grito provenía de la planta baja.

Corrieron hacia allí, y en el descansillo de la segunda planta se encontraron con César, que traía consigo un par de prendas de ropa que debían de ser para Andrés.

―¿Qué ha pasado? ―gritó César antes de seguirlos escaleras abajo.

Victoria estaba plantada frente a la puerta de la biblioteca, con la cara desencajada y las manos temblorosas. Estela salió de la cocina con el delantal puesto y un cuchillo en la mano.

―¡Señora! ¿Qué pasa? ―preguntó la asistenta, asustada.

Victoria la miró a ella primero y a sus invitados después, y pronunció con voz trémula:

―Alguien se ha llevado el astrolabio.