Victoria
El anticuario parecía un poco mustio, pero le había transmitido profesionalidad y seguridad.
En cuanto pasara la tormenta de nieve, mandaría a Olivia a Mauleón con el astrolabio para que Andrés hiciera los análisis necesarios para corroborar que se trataba de la efigie de los bruhmas.
Con ello, estarían más cerca de lograr su objetivo.
―¡Querido! ¡Qué bien que estés aquí! ¿Por qué no me habías dicho que venías?
Se acercó a él y le plantó un beso en la mejilla que él aceptó sin rechistar.
―Lo he decidido a última hora ―respondió César volviéndose a sentar junto al fuego―. Necesitaba salir de la ciudad y desconectar. Ayer tuve una reunión de mierda y como hoy no teníamos entrenamiento me cogí el día libre.
César llevaba unos meses como entrenador del Atlético Faro, el equipo de balonmano de Faro Cabalar, y desde su llegada al club el equipo había mejorado considerablemente sus resultados, acercándose a los puestos de ascenso.
Directiva, jugadores y afición celebraban el desempeño de César como entrenador, y desde el comienzo de la temporada habían ido tejiendo grandes esperanzas de que el equipo ascendiera a primera división.
Además, tenía mucho mérito que con sólo treinta y tres años César fuera ya el entrenador estrella de un equipo que luchaba por jugar en la máxima categoría, y todos le auguraban un gran futuro en el club.
La lesión de rodilla que truncó su prometedora carrera como jugador de balonmano había hecho pedazos el único sueño que su sobrino había tenido jamás.
El deporte lo era todo para César, quería llegar a ser un gran deportista, y tras su prematura retirada se había sumergido en una etapa bastante oscura de su vida, en la que había abusado del alcohol, las drogas y probablemente el sexo.
Durante toda esa travesía por el desierto César había encontrado un refugio en Casa Libar y un apoyo incondicional en su tía Victoria.
Afortunadamente, su nueva faceta como entrenador le había permitido brillar desde el banquillo, como responsable directo del éxito del que había sido su equipo. César había vuelto a ilusionarse, saliendo del pozo en el que había estado e inaugurando una etapa que le estaba dando muchas alegrías.
Victoria se alegraba muchísimo de ver triunfar a su sobrino en el mundo del balonmano, pero albergaba el deseo de verlo brillar en una faceta totalmente diferente: la de futuro líder del rizoma Bruhma. No obstante, evitaba transmitirle sus planes para que no se sintiera presionado.
―Pues has elegido el peor día para venir a ver a tu tía, cariño ―rio sin disimular su felicidad por que así fuera.
―Debería haber consultado la previsión del tiempo, sí ―admitió César con su sonrisa ladeada―. Pero mañana el equipo puede arreglárselas sin mí. Me vendrá bien un poco de tranquilidad en las montañas.
―¿Tranquilidad? ¡En la casa va a haber más gente que nunca! Tenemos invitados…
―Lo sé. Estela me ha puesto al día ―respondió César; notó enseguida su malestar―. También me ha contado que Reno estuvo aquí y que lo has mandado de viaje.
Estela era una gran trabajadora del hogar, pero le costaba horrores tener la boca cerrada.
―Pues sí, estuvo aquí la semana pasada ―admitió, puesto que no valía la pena andarse con rodeos―. Ahora mismo está en Edimburgo buscando algo para nosotros.
―¿En Edimburgo? ―repitió su sobrino, aunque por la expresión de su rostro estaba segura de que también hubiese añadido «¿para nosotros?».
―Tu bisabuelo siempre sospechó que el reloj de arena de los bruhmas podría encontrarse en las Tierras Altas de Escocia ―le explicó mirándole fijamente a los ojos―.
Hace un par de años descubrí que podía estar en posesión de un clan escocés llamado MacFayden.
Les escribí, pero sólo obtuve una vaga respuesta por su parte, así que lo dejé estar.
Pero cuando apareció el astrolabio perdido decidí tomármelo en serio y contratar a Reno para que fuera a Escocia a recuperar el reloj de arena.
Con el astrolabio en nuestras manos, es lo único que nos falta para poder presentar la solicitud en el registro y recuperar oficialmente nuestro rizoma.
―¿Sigues emperrada con eso? ―disparó César, directo al corazón.
Nada le dolía más que la falta de confianza ―y, por qué no decirlo, de ilusión― de los miembros de su familia por recuperar su rizoma.
Especialmente de César, el miembro que por edad se posicionaba de manera natural para el puesto de líder del rizoma.
Él representaba el presente y el futuro de los bruhmas, y era imprescindible que cuando el rizoma Bruhma se restaurase César adoptara un papel activo.
―Sigo emperrada, sí ―respondió Victoria con firmeza―. ¿No te das cuenta de que tenemos una oportunidad única? Llevamos décadas esperándolo.
Hablaba en plural porque consideraba que el proyecto de recuperar su rizoma no era sólo de ella.
A efectos prácticos era Victoria la que llevaba la batuta, la que se hacía cargo de liderar la iniciativa, heredada de su padre, su abuelo y sus antecesores, pero la naturaleza de la misma era lógicamente colectiva, e implicaba a ―y requería de la implicación de― muchos miembros de su extensa familia.
Victoria deseaba de corazón que tanto César ―especialmente César― como todos esos miembros se ilusionaran tanto como ella ante la idea de recuperar una parte tan importante de su identidad.
―Y, ¿qué pasa si Reno no encuentra el reloj de arena? ―quiso saber César, que ahora parecía realmente preocupado.
―Lo hará.
―¿Me estás diciendo que quizás pronto dejemos de ser dragos? ―preguntó su sobrino con incredulidad en los ojos.
A Victoria se le escapó una carcajada traviesa. Le hacía gracia la reacción de César.
―No sólo dejaremos de ser dragos, sino que seremos por fin miembros, y máximos responsables, de uno de los rizomas más antiguos de Cabalar. Seremos bruhmas, y tú serás su líder, querido.
César se quedó callado unos segundos, con los ojos abiertos y los labios apretados. Su tía no supo interpretar si estaba asustado, emocionado o simplemente impresionado por lo que le acababa de decir.
Finalmente, César mostró una sonrisa que llenó su corazón de orgullo e ilusión.