El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Andrés
16%

Andrés

Alguien llamó a la puerta y, sin esperar respuesta ninguna, entró atropelladamente en la biblioteca. Una mujer de unos treinta años, regordeta, morena y vestida con colorida ropa que parecía de segunda mano, los miraba con cara de «siento tener que interrumpiros, pero no me queda otro remedio».

Y, efectivamente, no le quedaba otro remedio.

―Han cerrado el puerto de Saga ―anunció la recién llegada.

―¡Vaya! ¿Tanto ha nevado? ―preguntó Victoria, contrariada.

―En la radio han dicho que ha nevado más en estas dos horas que en todo el invierno pasado ―explicó la mujer con tono despreocupado.

―¿Ni siquiera se puede pasar con cadenas? ―preguntó Andrés, con el corazón a mil.

―Cerrado a cal y canto ―respondió ella―. Es uno de los puertos de montaña más susceptibles a la nieve.

―Aquí estamos muy acostumbrados a que nos dejen aislados ―afirmó Victoria volviéndose hacia él―.

Señor Taboada, me temo que hoy no va a poder volver a Mauleón.

Con suerte mañana la carretera volverá a estar operativa, pero esta noche tendrá que pasarla aquí.

No se preocupe, lo trataremos como a uno más de la familia.

Andrés reprimió las ganas de pegar un grito de rabia.

―Entonces, tutéame, por favor, Victoria ―respondió aparentando calma―. Y llámame Andrés.

―¡Fenomenal! ―celebró su anfitriona con entusiasmo― Andrés, esta es Olivia Palafox, mi asistente personal.

―Encantada ―dijo la tal Olivia―. Si te sirve de consuelo, yo también me voy a tener que quedar aquí esta noche.

―¿No vives en Dos Gemelos? ―preguntó Andrés, más por educación que por interés.

―No, soy de Mauleón. Del barrio de Cazuelo.

«Barrio de fiedras», pensó Andrés, que muy a su pesar tenía tendencia a catalogar a la gente por su rizoma.

―Olivia, cariño, tú quédate en la habitación de César ―le indicó Victoria con una sonrisa.

El rostro de Olivia se tornó en una mueca divertida.

―¿Con él? ―preguntó, nerviosa.

―¡Claro que no! ―rio la vieja― César puede dormir en la habitación de invitados junto al señor… perdón, junto a Andrés.

«Genial.»

No sólo debía quedarse a pasar la noche en aquel pueblucho y en compañía de aquella mujer, sino que encima debía compartir habitación ―esperaba que no cama― con un desconocido. Su impotencia crecía por momentos.

―Espero que te guste el cluedo, Andrés ―dijo Olivia―.

Los Pumarino son muy aficionados, y si tenemos que estar aquí encerrados, no nos vamos a librar ―se rio de su propio comentario ante las frías miradas de Victoria y Andrés―.

Le diré a Estela que prepare las habitaciones ―añadió Olivia antes de marcharse de la biblioteca.

―Es un poco estrafalaria ―susurró Victoria antes de aclarar―; Olivia, quiero decir. Pero ha sido como un soplo de aire fresco en esta casa.

A Andrés no le costaba creer que esa casa necesitara aire fresco; la decoración y la iluminación le parecían muy opresivas, como si todo estuviera dispuesto para que aquella casa fuera una guarida o un refugio.

No ayudaba que tras la ventana un temporal de nieve estuviera sacudiendo el mundo, pero estar allí metido le provocaba una ligera claustrofobia que una partida de cluedo difícilmente podría sofocar.

Andrés no quería jugar al cluedo, ni compartir habitación con un extraño.

Ni siquiera le interesaba ya la historia del astrolabio y el rizoma que Victoria Pumarino pretendía resucitar.

Quería estar en su casa, en su sofá, con Juan, viendo alguna comedia romántica del montón o alguna entrega de la saga Alien .

Sin embargo, estaba atrapado en una antigua casona situada en una isla fluvial, en un pueblito encajonado en un valle aislado del mundo durante una tormenta de nieve. El karma le estaba gastando una broma pesada.

―¿Estás segura de que no hay manera de conducir hasta Mauleón? ―insistió― No quiero ser una molestia para ti.

―¡Al contrario! Encima que has venido hasta aquí con este mal tiempo… Lo menos que puedo hacer es ofrecerte alojamiento y darte de comer. Verás lo bien que cocina Estela. Además, me vendrá muy bien un poco de compañía.

―Pero no vives sola, ¿verdad? ―preguntó, curioso.

―En realidad, sí, vivo sola. Pero mi sobrino César viene a menudo. Hoy habéis coincidido todos aquí, y ninguno va a poder volver a casa. ¡Vaya faena!

Victoria soltó una carcajada. Desde luego a ella no le parecía ninguna faena que su sobrino, su asistente personal y un anticuario que acababa de conocer se hubieran quedado atrapados en su pueblo.

―Voy a tener que hacer una llamada ―le explicó Andrés sacando el teléfono móvil―. Para avisar en casa de que no voy.

―¿A tu mujer? ―preguntó Victoria, indiscreta.

―A mi novio ―respondió Andrés, impasible.

Victoria no pareció descolocada por aquella información, o al menos lo disimuló con elegancia.

―Te dejo hablar tranquilo ―dijo dirigiéndose a la puerta―. Cuando acabes, Estela te acompañará al cuarto de invitados.

Asintió con una sonrisa y llamó sin más dilación a Juan.

―¿Cómo que te quedas allí? ―exclamó cuando Andrés le explicó la situación― ¡La cosa no va a mejorar, Andrés!

―¿Y qué quieres que haga? Han cerrado el puerto, y no hay otra forma de salir de aquí. Estoy literalmente atrapado hasta que vuelvan a abrir la carretera.

―¡Madre mía! ―se rio Juan― ¡Menuda liada! ¿Qué vas a hacer con la tienda?

―No lo sé… ¿Crees que Gloria me haría el favor de cubrirme mañana?

―¡Claro! No sería la primera vez que lo hace ―argumentó Juan―. Además, yo puedo ir a primera hora y ayudarle a abrir.

―¿De verdad? Gracias, amor.

Hablaron un rato más de esto y de aquello, y mientras lo hacían Andrés no pudo evitar contemplar el astrolabio que había sobre la mesa situada junto a la ventana.

Afuera ya había anochecido, y a la tenue luz de la biblioteca el astrolabio tenía un brillo especial, como un aura mágica que lo hacía parecer de otro mundo.

«Si lo llego a saber, me quedo en casa.»