Reno
Edimburgo le estaba pareciendo una ciudad de lo más rara.
¿Qué hacía toda esa gente sacándose fotos frente a una tumba del céntrico cementerio Greyfriars? (Luego se enteraría de que era algo relacionado con las novelas de Harry Potter.)
¿Qué había que hacer para pasear por esa ciudad sin que la lluvia y el frío acabaran calándole a uno la moral? (Luego entendería que NADA.)
Llevaba varios años intentando dejar de beber, y a las dos horas de aterrizar en el aeropuerto de Edimburgo ya se había metido una jarra de cerveza escocesa entre pecho y espalda.
«Mucho que no me he pedido un whisky, que sería lo suyo» se autoalabó.
No era que Reno fuera alcohólico ―ni mucho menos―, pero siempre había jugado a estar demasiado cerca de serlo.
Para justificarse, se decía a sí mismo que, si en esta «puta ciudad» no podía beber, ¿qué le quedaba?
¿Ir de museos? ¿Comprarse un kilt ―la falda escocesa de toda la vida― en una tienda de souvenirs?
¿Sentarse en una cafetería a observar a la gente que pasaba por delante de la ventana?
«Así que, ¡a beber se ha dicho!»
Estaba en un bar sucio y oscuro, de los que le gustaban a él. La inercia lo hubiera llevado a seguir bebiendo hasta que el cuerpo dijera basta y tuviera que dirigirse tambaleándose hasta el hotel, pero cuando acabó la cerveza, Reno se obligó a salir a la calle y caminar un rato por la ciudad.
Media hora más tarde, mientras ascendía por la pintoresca y turistificada Victoria Street, recibió, ironías del destino, un mensaje de la patrona.
¿Qué tal el tiempo en Edimburgo? Aquí parece que va a caer la nevada del siglo.
¿Allí también? No tendrás ningún problema para moverte en coche por allí, ¿verdad?
Sería una faena alargar tu estancia. No tengo dinero para mantenerte más de una semana en ese país de locos. Cuídate y mantenme informada, Renato.
«Menuda pájara está hecha la vieja.»
Otra cosa no, pero Victoria dinero tenía de sobra; podría pagarle a Reno un mes en una suite del hotel Balmoral si quisiera. La familia Pumarino tenía tierras en medio Cabalar, y sólo con la pasta que recibían de los arrendatarios podrían ducharse con whisky del bueno durante generaciones.
«Otra vez pensando en whisky… Esta noche pienso tomarme una copa sin falta.»
Volvió a centrarse en el mensaje.
Una semana. Eso era lo que le daba la patrona para cumplir su cometido. Y no estaba la cosa fácil.
Reno contaba con cuatro pistas para encontrar el dichoso reloj de arena: que estaba supuestamente en manos del clan MacFayden; que podía estar ―también supuestamente― en Kilchurn Castle, el histórico castillo del clan MacFayden; que el «puto castillo» se situaba a orillas de un loch o lago llamado Awe; y que, si pretendía entrar en ese castillo y llevarse el reloj de arena, debía ganarse la confianza de la única persona con la que había logrado contactar con potestad suficiente para abrirle las puertas de la residencia del clan MacFayden: Martha MacFayden.
La tal Martha estudiaba Historia en la Universidad de Edimburgo, y al parecer era una friki de los clanes escoceses en general y de su propio clan en particular.
Esto último había sido clave para el cometido de Reno: la fascinación de Martha por los clanes escoceses y su curiosidad por su semejanza con los rizomas cabalenses la convencieron de responder el email de un completo extraño que le escribía desde España y que se disponía a viajar a Escocia para ―sobra decir que supuestamente― seguir el rastro de un antiguo “clan español” que podía estar relacionado con el clan MacFayden.
En su respuesta, Martha se había mostrado muy interesada en todo lo que Reno le contaba, pero también muy esquiva en lo referente a quedar con él.
«Los jóvenes de hoy en día ven demasiados true crimes » se lamentó el detective mientras repasaba el último correo electrónico de Martha MacFayden.
Decidido a programar un encuentro con ella, Reno puso toda la carne en el asador y comenzó a escribir:
A mi madre no le queda demasiado tiempo de vida, y creo que tu familia podría ayudarla a recuperar una antigua reliquia familiar. No insistiría tanto si no fuera la última voluntad de mi querida madre, lo único que parece ilusionarla en sus últimos días de vida.
Desde que llegué a Edimburgo no ha dejado de llamarme para preguntarme si los MacFayden son gente amable.
Le digo que están muy ocupados y que aún no he conocido a ninguno de sus miembros, pero ella insiste, ya que tiene verdadera fe en la buena voluntad de su familia y en los lazos que la unen a la nuestra.
Tanto mi madre como yo estaríamos muy agradecidos si me pudiera ofrecer un ratito para vernos y contarle nuestra historia de primera mano.
Envió el panfleto dramático y deseó que la maldita Martha MacFayden fuera tan ingenua de tragárselo y aceptar su propuesta.
Atendiendo los rugidos provenientes de su estómago, Reno decidió que ya iba siendo hora de comer algo.
Caminó por la parte más nueva de la ciudad y eligió un pintoresco local de la avenida Lothian; se trataba de un cine y sala de conciertos de principios del siglo XX reconvertido en pub de la cadena Wetherspoon.
El antiguo teatro mantenía la estructura y la decoración original, y los precios no eran demasiado elevados.
Reno pidió una hamburguesa con patatas y una cerveza.
«Demasiado pronto para beber whisky.»
Aprovechó para contestar el último mensaje de la patrona.
Le dijo que estaba teniendo problemas para verse con Martha MacFayden, el único miembro de la familia con el que había logrado contactar, pero que estaba seguro de que finalmente lo conseguiría.
Le habló también de la fina pero persistente lluvia que caía sobre Edimburgo, nada que ver con la terrible previsión que había para la isla de Cabalar.
Terminó prometiéndole resultados en las próximas horas.
«No sería la primera vez que vuelves a donde un cliente con las manos vacías» se dijo Reno mientras saboreaba la hamburguesa.
Llevaba más de veinte años trabajando como detective privado, mayormente en casos de infidelidad de pareja y rivalidad entre empresarios o políticos.
Casos como el que tenía entre manos eran menos habituales, debido a su particular naturaleza; viajar a un país extranjero en busca de un objeto perdido hacía más de dos siglos era algo que Reno no acostumbraba a hacer.
De hecho, no era el tipo de trabajo que le atraía.
Había aceptado simplemente por la buena relación que siempre había tenido con la familia Pumarino, aunque albergaba muy pocas esperanzas de volver a Cabalar con el dichoso reloj de arena que buscaba.
Justo en el momento en el que llamó al camarero para pedir la cuenta, el teléfono de Reno vibró. Era un mensaje de Martha MacFayden.
Señor Pumarino, su mensaje me ha conmovido muchísimo. Estaré encantada de ayudar a cumplir la última voluntad de su madre. ¿Sigue usted en Edimburgo? Si es así, podríamos vernos cuando quiera.
Reno sonrió triunfante al leer el mensaje. ¡Lo había conseguido!
El camarero llegó en ese momento a su mesa, y Reno cambió rápidamente de opinión.
―Tráigame un whisky, por favor.