Andrés
―Creo que su teoría puede ser cierta.
Sostuvo el astrolabio con una mano mientras con la otra utilizaba el microscopio de mano que había traído con él.
Se encontraban en la pequeña biblioteca de la casa, donde alguien había dispuesto una mesa con un mantel blanco impoluto junto a un gran ventanal que proporcionaba la poca luz que llegaba del exterior.
―¿Está seguro? ―le preguntó Victoria con expresión compungida.
―¿Bastante seguro? ―preguntó Victoria, impaciente.
Andrés Taboada no era ningún erudito, y su formación académica se limitaba a sus estudios de Cine, pero llevaba más de doce años a cargo de la tienda de antigüedades de su abuelo, y durante todo ese tiempo había aprendido todo lo que se necesitaba para identificar, evaluar, tasar y conservar objetos de toda índole.
―Necesitaría hacer un análisis metalográfico para confirmarlo al cien por cien ―le explicó con paciencia―. Por desgracia, aquí no tengo el material necesario para hacerlo. Hubiese sido mejor que me hubiera traído el astrolabio a la tienda.
―No quiero que este objeto salga de esta casa ―afirmó Victoria con firmeza.
―Entonces, no podremos estar cien por cien seguros, señora Pumarino.
―¿Ni siquiera con el grabado de la base? ¿No puede confirmar que sea un símbolo rizomático? ―insistió.
Andrés estaba acostumbrado a ver símbolos de rizomas en relojes, platos o figuras, pero desde luego no en instrumentos marítimos.
―Hay un grabado, no cabe duda, pero es difícil saber de qué se trataba ―apuntó, volviendo a situar el microscopio de mano sobre el grabado de la base del astrolabio.
Victoria soltó un suspiro profundo. Se dirigió ceremoniosamente hacia una butaca situada en una esquina de la biblioteca y se sentó con elegancia. Su mente parecía perdida en algún lugar muy lejano.
―Señora Pumarino, creo que puedo confirmarle con bastante certeza la antigüedad de este astrolabio, pero no creo que pueda certificar que sea el astrolabio que usted sospecha que es.
Vio cómo su expresión se ensombrecía ligeramente. Andrés depositó el astrolabio sobre la mesa y se sentó en la butaca contigua.
―¿Puedo preguntarle por qué es tan importante identificar este astrolabio?
La mujer suspiró, resignada.
―Es importante, o mejor dicho, es indispensable, para recuperar el histórico rizoma de mis antepasados.
No era la primera vez que Andrés escuchaba hablar de un rizoma extinguido, pero jamás había conocido la voluntad de alguien de recuperarlo.
―¿Se refiere a revivir un rizoma muerto? ―preguntó.
―Los rizomas no mueren. Son parte de lo que somos.
No sabía si había ofendido a aquella mujer o simplemente era una de esas personas que se tomaban muy en serio el tema de los rizomas.
Andrés pertenecía al rizoma Róbleda, uno de los más importantes y numerosos del norte de la isla de Cabalar.
Sin embargo, él era totalmente ajeno al fervor que muchos róbledas sentían por su rizoma; de hecho, le incomodaba el tufo clasista que desprendía el anacrónico sistema de rizomas, totalmente injustificable, en su opinión, en el siglo veintiuno.
Sin embargo, no podía decirle eso a una mujer que estaba hablando, literalmente, de recuperar un rizoma desaparecido.
―Entonces, ¿es usted arrizomática? ―le preguntó con cierto temor a ofenderla.
―¡Claro que no! ―respondió Victoria con una expresión que confirmaba que la había ofendido― Oficialmente pertenezco al rizoma Drago, como el resto de habitantes de Dos Gemelos. Pero mi objetivo es restaurar el rizoma de mis antepasados: el rizoma Bruhma.
Andrés jamás había oído hablar de alguien que se cambiara de rizoma.
Era como cambiar de familia o de raza. Aunque, mirándolo desde otra perspectiva, alguien podía romper con su familia, crear la suya propia e incluso adoptar otro apellido.
O se podía cambiar de sexo para sentirse mejor en su propio cuerpo.
Por no hablar de los pueblos que dejaban de pertenecer a un estado para ser parte de otro.
¿Por qué no iba alguien a cambiar de rizoma en una época en la que, de nuevo según su opinión, los rizomas ni siquiera deberían existir?
―Y, ¿qué tiene que ver el astrolabio con todo esto? ―se le ocurrió preguntar.
Victoria se removió en la butaca, ya más relajada.
―Según la ley, hay varios requisitos para recuperar un antiguo rizoma. Para empezar, el solicitante, en este caso yo, debe demostrar ser descendiente directo de algún miembro del rizoma desaparecido. En ese sentido no hay ningún problema, puesto que mi árbol genealógico no deja lugar a dudas.
»La segunda condición es que haya al menos diez miembros vivos emparentados con el solicitante y sus antepasados. En mi caso, tampoco es un problema, puesto que tengo tres hermanos, ocho sobrinos y varios primos. Todos están dispuestos a acompañarme en este viaje.
»Por último, y esta es la parte que entraña más dificultad, se deben presentar los objetos fundacionales del rizoma en cuestión.
―¿Los objetos fundacionales? ―repitió Andrés sintiéndose un ignorante.
―En la Baja Edad Media, cuando esta isla aún era un reino aliado de la Corona navarra, se creó un registro oficial de rizomas para poner un poco de orden en la selva social que entonces era Cabalar.
Todos los rizomas existentes en ese momento tuvieron que inscribirse en ese registro, y para ello cada rizoma tuvo que presentar tres objetos funcionales.
»El primero era el sello oficial del rizoma.
Lo expedía el propio registro de rizomas, y se trataba de un sello de plata con el símbolo del rizoma que servía para sellar y autentificar cualquier documento oficial que perteneciera al rizoma en cuestión.
La cajita que mi padre guardaba en la caja fuerte de la tienda de antigüedades de su abuelo contiene el sello oficial del rizoma Bruhma.
«Así que por eso era tan importantes el sello…»
―El segundo objeto fundacional era un reloj de arena con el símbolo del rizoma grabado en ambos lados. Simbolizaba, paradójicamente, la perpetuidad de los rizomas, su continuidad a través del tiempo. Cada rizoma tiene su reloj de arena, que permanece en manos del líder del rizoma.
»El tercer objeto era lo que se denomina la efigie del rizoma, un objeto que representa el espíritu del rizoma; en el caso de la comunidad bruhma, ligada al mar y especialmente a la navegación y la caza de ballenas, la efigie era un astrolabio del siglo XV; desaparecido hace muchísimos años y recientemente encontrado en la orilla del río Saga.
»Así que, en definitiva, para restaurar el rizoma Bruhma necesito reunir el sello que usted me ha traído hoy, el reloj de arena de nuestro rizoma y el astrolabio que acaba de analizar usted.
―¿El astrolabio ha estado perdido hasta ahora? ―quiso saber Andrés.
―Sí. Nadie sabía dónde estaba, y créame, lo hemos buscado por tierra, mar y aire ―relató con dramatismo Victoria―. Hace mucho que perdí la esperanza de encontrarlo, y por tanto de recuperar nuestro antiguo rizoma. La aparición del astrolabio ha sido un regalo del cielo.
Las ganas de Andrés de terminar con aquella visita y salir pitando antes de que el temporal le impidiera volver a casa se vieron de pronto eclipsadas por la curiosidad de saber más sobre la historia de Victoria Pumarino y su rizoma perdido.
―Y, ¿dónde guardan el reloj de arena del rizoma Bruhma? ―preguntó inspeccionando con la mirada la biblioteca en busca de algún reloj de arena.
Sobre una chimenea tapiada situada en el otro extremo de la biblioteca Andrés vio varios objetos de decoración, pero no había ningún reloj de arena.
―No está aquí ―le confirmó Victoria.
―¿También está desaparecido? ―preguntó, curioso.
―Siempre lo ha estado ―le explicó Victoria―. Pero creo saber dónde está, y he mandado a alguien a buscarlo.
Para entonces Andrés ya estaba totalmente metido en la historia.
―¿A dónde? ―quiso saber.
Victoria sonrió por primera vez.
―A Escocia.