El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Estela
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Estela

―Yo preferiría hacer la calle que trabajar para esa bruja ―le había llegado a decir una vecina.

La puerta de la cocina se abrió y César Pumarino entró vestido con unos vaqueros negros y un jersey de lana color melocotón. Estaba realmente guapo.

―¿Quién es el hombre que está con mi tía en el salón?

―Buenas tardes a ti también, César.

―Buenas tardes, Estela. ¿Sabes quién es nuestro invitado de hoy?

―El anticuario de confianza de tu abuelo ―respondió mientras cruzaba la cocina para preparar más café para el recién llegado―. Tu tía le ha hecho venir para un asunto muy importante.

César le lanzó una mirada inquisitiva.

―¿Es por la chatarra que encontró tu marido en el río?

―Supongo ―respondió Estela bajando la voz―. Algo trama, desde luego. La semana pasada estuvo aquí el detective.

―¿Reno Soto?

―¿Conoces algún otro detective?

―Sólo en la ficción.

Reno Soto era un detective privado de Faro Cabalar.

No era especialmente bueno, pero al parecer su abuelo había hecho la mili con Francisco Pumarino, con quien había mantenido una gran amistad el resto de sus días.

Así, el padre de Victoria no había dudado en recurrir a los servicios de Reno ―cuyo nombre real era Renato― para cualquier asunto que pudiera requerir de los servicios de un detective, incluso para muchos que no los requerían.

Era su forma de ayudar a la familia Soto.

Por ende, Reno Soto era el detective oficial de la familia, y Victoria también acudía a él automáticamente para cualquier tontería.

Sin embargo, esta vez parecía que el asunto era bastante importante.

―Les escuché hablar de los gastos del viaje y de la dificultad de obtener resultados ―le reveló Estela sin otra intención que cotillear un rato.

―¿Qué viaje? ―preguntó César levantando la ceja.

―Por lo que yo entendí, Reno iba a hacer un viaje por un trabajo para tu tía.

―¿Fuera de Cabalar?

―Supongo. No le va a cobrar por moverse por la isla…

―¿Qué se le ha perdido a mi tía fuera de Cabalar?

―¿Por qué me lo preguntas a mí? ¡Habla con ella!

Le sirvió el café que acababa de hacer y ambos se quedaron mirando por la ventana. Nevaba cada vez con más intensidad, y los copos se estampaban con fuerza contra el cristal.

―Está nevando con ganas ―observó César calentándose las manos con la taza humeante de café―. Creo que hoy dormiré aquí.

―Pues no vas a ser el único ―repuso Estela señalando los dos coches aparcados junto al de César en el exterior―. Olivia y el anticuario no van a poder salir del pueblo.

―Pues alguno va a tener que dormir en el sofá. No hay habitaciones para todos.

―Habitaciones no, pero hay camas para todos ―le corrigió―. Que Olivia se quede en tu cuarto y tú comparte la habitación roja con el anticuario. Tiene dos camas.

―¿Por qué no puede Olivia compartir habitación con el anticuario? ¿Por ser mujer?

Estela puso los ojos en blanco.

―Exacto.

―Eso es sexista ―se quejó―. El anticuario podría ser gay, y en ese caso, podría ser yo el que estuviera en peligro.

―¿En peligro de qué? ―saltó ella.

César podía ser un sinvergüenza, pero no era ningún homófobo. De hecho, a Estela le constaba que había tenido escarceos con hombres. César era, ante todo, un amante de la vida. Lo que la difunta madre de Estela hubiera calificado como «vividor».

―En peligro de ser tentado por un anticuario con un objeto cilíndrico de gran tamaño.

La respuesta de César casi le hizo escupir el café que saboreaba en ese instante en su boca. Estela rompió a reír en cuanto pudo. Era un vividor, pero un vividor con mucha gracia.