Victoria
«El astrolabio de los bruhmas.»
―¿Cómo sabrías identificar el astrolabio de los bruhmas? ―le había preguntado un César adolescente cuando su tía le contó que acababa de llegar de uno de sus viajes en busca del astrolabio.
―Tiene el símbolo bruhma grabado en la base ―le había respondido ella. O eso era lo que decían los libros de historia y los testimonios de sus antepasados.
Necesitaba que Andrés Taboada confirmara la autenticidad del astrolabio. No sería difícil hacerlo. Si sus sospechas ―o certezas― se confirmaban, estaba a punto de cambiarlo todo.
―El anticuario ya está aquí ―irrumpió Olivia en su habitación. Su asistente personal tenía muchas virtudes, pero la delicadeza no era una de ellas―. No sé cómo va a volver luego a Mauleón. La cosa se está poniendo fea.
Sinceramente, a Victoria le importaba un comino que ese hombre se quedara atrapado en el pueblo.
Le harían un hueco en casa si hiciera falta.
Su única prioridad era recuperar la cajita con el sello que había estado guardada en aquella tienda de antigüedades de Mauleón y certificar la autenticidad del astrolabio con ayuda de Taboada.
―Gracias, Olivia. ¿Puedes pedirle a Estela que prepare café y lo acompañe de unas pastas, por favor?
Estela era su empleada del hogar. Victoria era de las que pensaba que de nada servía tener asistente personal si no contabas con una empleada del hogar.
Mientras la primera iba a buscar a la segunda, Victoria se dirigió a la planta baja para recibir a su invitado. El timbre de la puerta sonó en el momento en que agarró el pomo de la puerta.
―¡Qué rapidez! ―exclamó con una risa nerviosa un hombre bastante atractivo que ya peinaba las primeras canas.
―Señor Taboada, bienvenido a Casa Libar ―anunció forzando una sonrisa.
Andrés entró disparado en el interior de la casa, como si huyera del frío, el viento y la nieve del exterior. Portaba un paquete con el logo de su tienda de antigüedades.
Victoria lo condujo hasta el salón y una vez hubo dejado su abrigo en el perchero lo invitó a sentarse en el cómodo sofá central. Se le notaba ciertamente incómodo, como si no estuviera acostumbrado a ese tipo de encuentros.
―¿Ha tenido algún problema en la carretera? ―preguntó Victoria con fingido interés.
―La carretera estaba en buenas condiciones ―respondió Andrés, educado―, pero la visibilidad no era muy buena que digamos. Si sigue así, no tardarán en cerrar el puerto.
Algo le decía que Andrés Taboada debía estar arrepintiéndose de haber venido a Dos Gemelos a las puertas de una tormenta de nieve de dimensiones imprevisibles.
―Le agradezco que haya venido hasta aquí en estas condiciones, y con tanta urgencia, señor Taboada ―pronunció con tono apesadumbrado―. Habrá pensado que soy una vieja loca, pero pronto entenderá que se trata de un asunto de vital importancia para mí… y para mucha gente.
Hizo una pausa dramática que surtió el efecto esperado: Andrés se quedó mirándola con ojos de lechuzo.
―¿Qué es eso tan importante, señora Pumarino? ―inquirió Andrés, con expresión asustada.
Otra pausa dramática.
―Un asunto que saldrá en los medios de comunicación.