Olivia
Se acercó a la ventana de su despacho y comprobó que estaba nevando con ganas. Los copos de nieve se estrellaban contra la superficie del río Saga, cuyas aguas bajaban revueltas de la montaña.
Sin embargo, las tareas de su puesto de trabajo no tenían demasiado que ver con la antropología.
―Tu trabajo consistirá básicamente en organizar el caos de mi vida ―le había explicado Victoria Pumarino cuando acudió a la entrevista―.
Puede que yo sea la persona más desordenada, caótica y vaga del mundo ―había continuado diciendo―.
Necesito alguien que ponga orden y me organice el día a día: que mantenga mi despensa llena, que riegue mis plantas, que lleve la ropa a la tintorería…
¡ah! Y, sobre todo, que lleve mi agenda: que me recuerde mis citas con el médico, con el fisio, con el podólogo, el dentista, el ginecólogo…
¡y los cumpleaños y aniversarios de todos mis amigos y conocidos, claro!
―Tengo antojo de tarta de cerezas ―dijo una tarde de noviembre especialmente fría―. De pequeña, mi abuela me hacía una por mi cumpleaños ―añadió, como si así justificara el arrebato.
Olivia se abstuvo de decirle que probablemente su abuela le preparaba tarta de cerezas porque cumplía años en julio, que era cuando realmente había cerezas.
La última tarea extraña que Olivia había tenido que llevar a cabo para Victoria había sido la de quitar toda la decoración navideña de la casa mientras ella echaba su siesta diaria.
Su jefa era una loca de la Navidad, y llevaba muy mal que en enero se esfumara el espíritu navideño.
Victoria quería evitar la tristeza de quitar ―o en su defecto, ver quitar― toda la decoración que invadía su casa durante la Navidad, así que pidió a Olivia que lo hiciera durante su siesta para que al despertar la casa luciera como si las fiestas navideñas no hubieran ocurrido.
El reto no fue fácil: la vieja decoraba la casa como si fuera el Cortylandia de El Corte Inglés y, teniendo en cuenta que los septuagenarios nunca terminaban de dormir en profundidad ―Olivia suponía que por temor a no despertar más―, tuvo que hacer desaparecer toda la decoración navideña a una velocidad demencial.
―Los asistentes personales sois los esclavos del siglo veintiuno ―había ratificado César cuando Olivia le contó la anécdota de la Operación Desaparición Exprés de la Navidad.
―¡Qué exagerado eres! ―había respondido ella riendo― Por lo menos tengo mi propio despacho.
Ciertamente, el actual trabajo de Olivia poco tenía que ver con su formación y experiencia como antropóloga, pero ella disfrutaba del ecosistema social de Dos Gemelos, y no descartaba escribir algún día un libro sobre lo que estaba descubriendo en ese lugar.
En ese improvisado despacho ―en su día había sido la sala de las escobas― de la segunda planta se encontraba Olivia en ese momento, debatiéndose entre coger el coche para salir cagando leches de Dos Gemelos o quedarse hasta que llegara el anticuario de Mauleón.
Lo cierto era que se sentía muy intrigada por la visita de aquel hombre.
Victoria había envuelto el asunto en un halo enigmático y misterioso que se tornaba irresistible para una amante de las novelas de misterio como Olivia.
Primero, había insistido en llamar personalmente a la tienda de antigüedades, una tarea que en cualquier otra situación le habría encomendado a Olivia.
¿Qué había guardado el padre de Victoria en la caja fuerte de una tienda de antigüedades?
Por otro lado, estaba la aparición del astrolabio en la orilla del río Saga.
Al parecer, el anticuario era clave para confirmar su autenticidad, y por lo tanto para «revolucionar la vida de mucha gente», según las palabras de su jefa.
«¿Quién necesita una novela de ficción trabajando para Victoria Pumarino?»
En cualquier caso, el anticuario estaba de camino, así que Olivia estaba más cerca de obtener respuestas. ¿Merecía la pena arriesgarse a quedarse atrapada en Dos Gemelos por saciar su retorcida curiosidad?
De pronto, vislumbró un coche acercándose a poca velocidad al puente de acceso a la isla. ¡Debía de ser él!