El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Andrés
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Andrés

―¿De verdad tienes que ir hasta Dos Gemelos? ―preguntó Juan mientras recogía la mesa― ¡Eso está en el quinto pino! ¿No pueden mandar a alguien a por esa caja?

―Ya te he dicho que me ha pedido que vaya expresamente yo a su casa porque tiene un astrolabio que quiere que analice.

―Eso es una especie de brújula, ¿verdad? ―quiso saber, frunciendo el ceño.

―No exactamente. Es más antiguo que la brújula, y servía para determinar la posición de los astros y calcular la posición de los barcos.

―¿No puedes decirle a esa señora que se compre un GPS y te deje tranquilo? ―soltó su novio sin dejar de fruncir el ceño.

―Juan, ¿todavía tengo que explicarte que las antigüedades tienen valor por lo que son, y no por su utilidad? ―repuso antes de levantarse para dirigirse al sofá.

Juan puso los ojos en blanco, pero no dijo nada.

Andrés encendió la televisión y sintonizó Maulevisión, la cadena local donde trabajaba Juan como productor del exitoso programa matinal Al alba . En ese momento la mujer del tiempo estaba dando el parte meteorológico con una expresión dramática en su rostro.

―Estamos muy pendientes de la borrasca que llegará en las próximas horas a Cabalar ―decía mientras señalaba en el mapa de la pantalla una enorme masa blanca que se acercaba desde el oeste a la isla de Cabalar―.

Se espera que la borrasca Atenea provoque vientos muy fuertes, nevadas intensas y una gran bajada de las temperaturas.

Y atención, porque podríamos estar ante una de las tormentas de nieve más importantes de los últimos años.

Los pronósticos van empeorando a medida que pasan las horas, y además de ser una tormenta muy intensa, también podría prolongarse más de lo habitual.

«Genial», pensó Andrés recordando que al día siguiente debía conducir hasta Dos Gemelos por una carretera secundaria que atravesaba un puerto de montaña.

―¿Tienes cadenas para la nieve? ―preguntó Juan mientras fregaba los platos.

―¿Cadenas? ¿Crees que me harán falta?

Juan cerró el grifo y suspiró.

―Cariño, ¿no has oído que va a nevar un montón?

Odiaba que Juan adoptara ese tono paternalista con él.

―Mi amor, ¿no has oído que voy a ir a Dos Gemelos y voy a volver echando leches? ―repuso con sarcasmo― Estaré en Mauleón antes de que llegue la dichosa borrasca. Además, no puedo tener la tienda cerrada todo el día.

―Claro, los miles de clientes que acuden a ella cada día se enfadarían muchísimo.

Sólo Juan tenía permitido ser así de cruel con Andrés.

Se conocían hacía muchos años, y pronto se cumpliría un año desde que habían retomado su relación sentimental, después de un parón de más de una década.

Esta segunda etapa de la relación se basaba fundamentalmente en el respeto, lo que implicaba que ambos estaban comprometidos a dejar que el otro fuera lo más libre posible para decir y hacer lo que quisiera.

Eso incluía decirse las cosas sin filtros, aunque escociera.

También incluía, en teoría, poder mantener relaciones sexuales con terceras personas.

Habían llegado a ese acuerdo al concluir que no podían repetir los errores del pasado.

Su primera etapa juntos había derivado en una insatisfacción personal y sexual que había llevado a Andrés a serle infiel a Juan en repetidas ocasiones.

Para evitar que algo así pudiera volver a pasar, que su libertad personal se viera coartada de alguna manera, Juan y él habían acordado otorgarse un permiso implícito para romper con la monogamia de manera esporádica y con la máxima discreción.

Andrés desconocía si Juan había hecho uso de ese permiso durante los meses que llevaban juntos, pero él ni siquiera había tenido la oportunidad ―ni la necesidad― de hacerlo.

―Asegúrate de llevar las cadenas en el maletero ―insistió Juan―. Y no se te ocurra coger el coche si te pilla una nevada.

―No seas alarmista ―le recriminó Andrés a la vez que ignoraba la voz que provenía de la parte más cauta de su mente.

Cuando al día siguiente Andrés cerró la tienda a la hora de comer, una lluvia espesa y un viento gélido lo acompañaron hasta el lugar donde estaba aparcado su coche.

Llevaba consigo la cajita de madera que acababa de extraer del interior de la caja fuerte de Francisco Pumarino.

La dejó en el asiento del copiloto y, tras comprobar que las cadenas para la nieve estaban en el maletero, arrancó el coche.

Emprendió el viaje a Dos Gemelos lleno de optimismo y buen humor.

Sólo tenía que conducir una hora, entregarle la cajita a Victoria Pumarino, echarle un vistazo al astrolabio y conducir de vuelta a casa.

Con un poco de suerte no le llevaría más de tres horas, y estaría en Mauleón antes de que anocheciera.

Le costó bastante salir de la ciudad, ya que a esa hora el tráfico era denso y la aguanieve ralentizaba el flujo de vehículos.

Tomó por fin la carretera que llevaba al valle de Saga, donde se situaba Dos Gemelos.

A medida que Andrés ascendía el puerto de montaña, el termómetro del coche iba descendiendo rápidamente, y para cuando llegó al punto más alto ya marcaba dos grados bajo cero.

El puerto de montaña estaba cubierto de un manto blanco, y allí la aguanieve había dado paso a su hermana la nieve.

La carretera estaba en perfectas condiciones, pero los copos caían a buen ritmo y, de seguir así mucho tiempo, sería necesario utilizar cadenas para circular por allí.

Andrés continuó conduciendo a menor velocidad, puesto que la carretera se sumergía en un zigzagueo constante y la nieve dificultaba cada vez más la visibilidad.

«Que deje de nevar, joder», se dijo irritado. Comenzaba a preocuparle que a la vuelta la carretera estuviera intransitable.

Puso la radio para distraerse y no pensar demasiado, pero terminó siendo una idea nefasta.

―La borrasca Atenea ya ha llegado a la isla ―estaba diciendo el locutor de una radio local―. Está nevando con fuerza en la zona norte, y ya se están registrando los primeros problemas de tráfico para entrar y salir de Mauleón.

―Fenomenal ―dijo en voz alta―. Atenea me quiere joder el día.

Por suerte, la nevada fue remitiendo y pudo conducir más tranquilo durante un tramo especialmente complicado.

Cuanto más se adentraba en el valle más se estrechaba la carretera y más pronunciadas se volvían las curvas.

Con paciencia y música de las Spice Girls, recorrió los últimos kilómetros sin muchas dificultades.

Nevaba copiosamente cuando, ante sus ojos, rodeado de un frondoso bosque de altos pinos vestidos de blanco, apareció un grupo de casas de piedra con tejados a dos aguas de pizarra.

Andrés dejó atrás el cartel de Dos Gemelos y condujo despacio por la calle principal de la localidad, que en ese momento se encontraba desierta.

No tardó en alcanzar el río Saga, que dividía el pueblo en dos partes casi simétricas, poniendo en valor la toponimia del lugar.

Cruzó el imponente puente de piedra que unía los dos lados del río y comprobó que las aguas bajaban a muchísima velocidad.

Sin embargo, lo que llamó su atención no fue la fuerza del río ni la belleza arquitectónica de las casas situadas en las riberas, sino la isla situada en medio del río Saga; se trataba de una isla fluvial que dividía en dos el río y que en su limitado espacio albergaba una casona de piedra negruzca.

La casa de Victoria Pumarino.

La isla se comunicaba con la orilla este a través de un puente de madera que parecía haber conocido tiempos mejores.

Andrés se dirigió hacia el puente mientras contemplaba la casa; era verdaderamente hermosa, y su ubicación en esa isla, que a su vez se situaba en el corazón del río y del pueblo de Dos Gemelos, la dotaba de gran majestuosidad.

Estaba claro que la familia Pumarino ocupaba un lugar destacado en Dos Gemelos, y lo hacía además de una forma muy literal.

Atravesó el puente de madera y aparcó en la entrada de la casa junto a un coche que ya estaba cubierto de nieve. Andrés se preguntó de quién sería ese vehículo, si Victoria Pumarino tenía marido o hijos, o si Andrés no era la única visita aquel día.

Mientras recorría el tramo desde el coche a la entrada de la casa, un golpe de viento frío le hizo tambalearse, y un puñado de copos de nieve le golpearon la cara.

No pudo evitar recordar las palabras que Juan le había dicho la noche anterior:

«¿De verdad tienes que ir hasta Dos Gemelos?»