El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Olivia
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Olivia

Victoria llevaba unos días muy nerviosa.

―¿Te ha dicho César si va a venir?

―¿A mí? ¿Por qué iba a decirme nada?

Su jefa se encendió un cigarro.

―Porque os lleváis muy bien.

César era el sobrino preferido de Victoria.

Tenía treinta y tres años, estaba soltero y vivía en un dúplex en Faro Cabalar.

Solía venir a menudo a Dos Gemelos para visitar a su tía y pasar un par de días en su casa, y en esas ocasiones se dejaba mimar por Victoria hasta límites avergonzantes; copiosas comidas, caprichos y regalos de todo tipo, fiestas en su honor…

Precisamente Olivia había coincidido hacía apenas unos días con el sobrinísimo en una de esas fiestas que a Victoria le encantaba celebrar cuando tenía a César en casa; con la excusa del día de Santa Inés, patrona de Dos Gemelos, Victoria había invitado a las personas más importantes del pueblo ―entre ellas el alcalde, la presidenta del rizoma y el cura― a una cena que se celebró en el amplio salón de su casa.

El padre Salva se había mostrado encantado de que alguien en el pueblo se tomara tan en serio el día de la patrona ―aunque no disimuló su malestar porque la anfitriona no hubiera acudido a la misa en su honor― ya que, y aquí fue muy insistente, hacía medio siglo que las fiestas patronales de Dos Gemelos se celebraban en verano con la excusa ―lógica― de que en enero siempre llovía y hacía un clima gélido en el pueblo.

Aquello había supuesto un pequeño enfrentamiento entre el cura y el alcalde, Santiago Chacal.

―Padre, estoy dispuesto a derribar nuestra iglesia de Santa Inés y construir otra en nombre de San Fermín si con eso deja de tocarme la moral ―había llegado a decir Santiago provocando la carcajada de todos los asistentes, con excepción del padre Salva.

―Señor alcalde, si me asegura que así vendrá más gente a misa los domingos, adelante.

César, por su parte, había estado tan encantador como siempre con todos los invitados, incluida Olivia, que no podía parar de mirar embobada cómo contaba cualquier anécdota sin importancia.

César Pumarino era uno de los hombres más atractivos que Olivia había visto jamás. Durante toda la fiesta ella había intentado acercarse a él para flirtear y seducirlo, pero César había estado muchísimo rato charlando con una joven guapísima de grandes pechos.

«Yo no puedo competir con esas tetas» se había lamentado Olivia.

La chica de los pechos grandes había escuchado a César atentamente, pero finalmente no había caído en las redes del sobrino de Victoria, unas redes en las que Olivia, en cambio, estaba deseando caer.

Por suerte para ella, todos los invitados se habían terminado marchando, dejando a Olivia y César completamente solos en el salón.

Tanto el uno como la otra se habían pasado con el vino primero y con el champán francés después, así que terminaron enrollándose en el sofá y subiendo como pudieron al dormitorio para concluir lo empezado.

Sólo había ocurrido una vez, pero a Olivia le había servido para animar, y de qué manera, sus encuentros nocturnos con su Satisfyer .

No recordaba demasiado cómo había sido el sexo, la verdad, porque efectivamente iba muy borracha.

Sin embargo, recordaba el cuerpo desnudo y sudoroso de César, así como su vigoroso miembro viril, y se moría de ganas de volver a ver aquello con sus propios ojos y poder disfrutarlo todo más conscientemente.

―Pues sí, nos llevamos bien ―le reconoció a Victoria―. Pero no llevo su agenda.

Olivia Palafox era la asistente personal de Victoria, no la de su sobrino César.

―Pues es una pena, porque así sabría si va a estar aquí mañana ―replicó su jefa, que no había captado su sarcasmo.

―¿Qué pasa mañana? ―preguntó Olivia, intrigada.

―Que viene el anticuario ―respondió tras dar una calada.

Victoria estaba esperando la visita de un anticuario de Mauleón que, según le había contado, le iba a hacer entrega de un valioso tesoro familiar.

―¿Por qué quieres que César esté cuando venga el anticuario? ―inquirió Olivia.

―Es importante que César se involucre en todo lo que va a pasar a partir de ahora ―anunció Victoria.

―¿Lo que va a pasar a partir de ahora tiene que ver con ese tesoro familiar que va a traer el anticuario? ―se atrevió a preguntar Olivia.

Victoria la miró como una madre miraría a su hija si ésta le pidiera que le hablara de una antigua trifulca familiar.

―En parte, sí. Pero sobre todo tiene que ver con la aparición del astrolabio.

―¿Qué astrolabio? ―preguntó Olivia, sin entender.

Victoria la miró abriendo mucho los ojos.

―Con lo espabilada que eres para unas cosas, y lo poco que te enteras en otras ―la regañó, aunque no parecía enfadada.

Olivia cerró el libro que hacía rato que había dejado de leer y esperó a que Victoria prosiguiera. Como no lo hizo, dos segundos después la apremió:

―Bueno, ¿qué astrolabio?

Victoria le dio una larga calada a su cigarro y, acto seguido, lo apagó. Fue expulsando el humo con irritante lentitud, sin duda con intención de tenerla en ascuas el mayor tiempo posible.

―El que Lucio encontró en el río ―desveló finalmente.

Lucio era el hombre que hacía las veces de jardinero de la casa.

Olivia entendió entonces a qué se refería su jefa: una mañana que hizo un tiempo estupendo, hacía unas tres semanas, Lucio había aprovechado para limpiar la ribera del río.

Según contó más tarde el jardinero, el río bajaba con poca agua, ya que el otoño había sido más seco de lo habitual…

El caso era que Lucio había visto algo semienterrado en un lugar que habitualmente estaba bajo el agua.

Al principio le había parecido sólo chatarra, pero cuando lo desenterró…

pensó que quizás fuera algo con verdadero valor.

Olivia había sido testigo de cómo Victoria reaccionaba de manera rimbombante ante la aparición de un objeto que, según sus propias palabras, podía ser «el tesoro familiar que llevaba buscando toda su vida».

Olivia había supuesto que era sólo una anciana teniendo un ataque de nostalgia, así que había seguido a lo suyo sin prestar demasiada atención.

―Y, ¿qué pasa con ese cacharro? ―demandó saber ahora Olivia.

―Si el día de Santa Inés no te hubieras pasado toda la fiesta revoloteando alrededor de mi sobrino, te hubieras enterado de la importancia de ese astrolabio.

Ahora la vieja sí parecía molesta. Olivia se sonrojó ligeramente. Al parecer, su crush por César no era un secreto para nadie, tampoco para su tía.

―Bebí demasiado, la verdad ―se justificó―. ¿Qué pasó en la fiesta?

Victoria se quedó mirándola, haciéndose la interesante. Una sonrisa triunfal fue dibujándose en su cara arrugada.

―Lo que pasó fue que enfadé a mucha gente del pueblo—contestó, con emoción contenida.

―¿Y eso es bueno? ―preguntó Olivia, dubitativa.

Victoria Pumarino soltó una risotada digna de una bruja de cuento.

―Eso, querida, significa que estoy a punto de revolucionar la vida de mucha gente.