El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2) Andrés
2%
El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2)

El misterio de Casa Libar (La isla de los rizomas 2)

Por Milo Zedro

© inepub.com

Andrés

Todo empezó la víspera de que se desatara lo que más tarde se conocería en la isla de Cabalar como «la tormenta del siglo».

―Señor Taboada, usted no me conoce ―arrancó una voz grave de mujer al otro lado de la línea―. Me llamo Victoria Pumarino, y le llamo de Dos Gemelos.

Recordaba vagamente haber estado en Dos Gemelos cuando era un mocoso de siete u ocho años; era un pueblito situado en un valle enclavado entre dos puertos de montaña, rodeado de frondosos bosques y alejado de la civilización; uno de esos lugares en plena naturaleza donde parecía que el aire era más limpio y que el tiempo pasaba más despacio, y al que uno sólo iría o bien para escapar de su rutina diaria o bien para desaparecer del mapa.

―Mi padre era uno de los mejores clientes de su abuelo ―escuchó decir a la mujer―. Tenían una relación muy estrecha.

El abuelo de Andrés había abierto la tienda de antigüedades a finales de los años sesenta, y le constaba que en los buenos años del negocio ―esos que él no llegó a conocer― había tenido clientes provenientes de muchísimos puntos de la isla.

No era pues descabellado que un hombre de Dos Gemelos tuviera relación con su abuelo.

―Me alegra escuchar eso, señora Pumarino ―contestó Andrés intentando esconder su impaciencia―. Dígame, ¿en qué puedo ayudarla?

La escuchó suspirar.

―Verá, el caso es que mi padre posee una caja fuerte en su tienda, y me gustaría sustraer uno de los objetos que contiene la caja.

La caja fuerte era un servicio que el abuelo de Andrés había ofrecido a sus mejores clientes en los dichosos buenos años del negocio; básicamente, les proporcionaba un lugar seguro donde guardar las posesiones más valiosas, esas que no querían guardar en casa por miedo a que alguien las robara.

En los doce años que Andrés llevaba como encargado de la tienda, jamás había tenido que abrir ninguna de esas cajas fuertes, pero su abuelo le había hablado de ellas y conocía perfectamente el procedimiento a seguir en caso de que algún cliente solicitara su apertura.

―Como sabe, voy a tener que pedirle que me facilite la clave para abrir la caja ―le explicó suponiendo que aquello supondría un problema.

Existía un libro en el que su abuelo había apuntado las claves que los clientes habían elegido para proteger sus tesoros de cualquiera con intención de engañar al anticuario de turno.

Andrés imaginaba que muchos de esos clientes fallecían sin haber compartido esa clave con sus seres queridos, dificultando cualquier proceso de recuperación de lo que hubiera dentro de su caja.

Sin embargo, no parecía ser el caso del padre de Victoria Pumarino.

―La isla que se tragó el mar ―dijo Victoria Pumarino sin dudar.

―¿Perdone? ―contestó Andrés, confundido.

―Me ha pedido usted la clave ―replicó ella, sin alterarse―. Es ésa: «La isla que se tragó el mar».

―Oh, vaya ―balbuceó el anticuario―. Déjeme que lo compruebe, por favor.

Dejó el teléfono sobre el mostrador y corrió a buscar el libro de las claves. Su abuelo lo guardaba bajo llave en un armario de la trastienda, entre otra mucha documentación importante, pero no le costó dar con él.

Se dirigió rápidamente al mostrador y buscó entre las páginas amarillentas del libro el apellido Pumarino.

Le sorprendió la cantidad de nombres que figuraban en la lista, así como la complejidad de las claves elegidas; refranes, fragmentos de poemas, lemas de rizomas, nombres de mascotas…

la variedad era tal que no parecía probable que nadie adivinara algo así al azar.

Francisco Pumarino. «La isla que se tragó el mar».

Bingo. Victoria Pumarino había ofrecido la clave con exactitud.

―Perfecto, señora Pumarino. Abriremos la caja de su padre cuando desee. ¿Cuándo tiene previsto pasarse por aquí?

―Lo cierto es que me gustaría recibir el objeto en mi casa ―respondió Victoria―. ¿Cree que sería posible?

Desde luego, no era lo habitual. No obstante, entendía que, para una mujer que por su voz parecía mayor, desplazarse desde Dos Gemelos hasta Mauleón podía ser un inconveniente.

―Se lo haré llegar, no se preocupe ―le aseguró sin saber muy bien cómo iba a hacerlo―. Dígame, ¿cuál es el objeto que quiere extraer de la caja de su padre?

Victoria carraspeó.

―Es una cajita de madera de nogal. Contiene un antiguo sello de plata.

«¿Un sello antiguo? ¿Sólo eso?»

Andrés no entendía qué valor podía tener aquello, por qué era tan importante como para guardarlo en una caja fuerte y, sobre todo, qué necesidad había de hacérselo mandar a, literalmente, «el culo del mundo».

―De acuerdo. ¿Eso es todo? ―se limitó a decir.

―Sí, sólo necesito la caja ―respondió Victoria, y creyó notar un ligero nerviosismo en su voz―. Señor Taboada…

―¿Sí?

Victoria guardó silencio un par de segundos.

―¿Puedo pedirle que venga usted personalmente?

En ese momento fue Andrés el que se quedó callado. ¿Por qué quería aquella mujer que él le llevara el paquete personalmente?

―¿Puedo preguntar por qué?

Otro carraspeo.

―Verá, hay un objeto en mi casa que me gustaría que usted examinara.

Aquella información lo pilló por sorpresa y despertó en él una curiosidad inusual en su desempeño profesional.

―¿Un objeto?

―Un astrolabio ―especificó Victoria―. Del siglo XV, sospecho.

Era bastante habitual encontrar astrolabios u otros instrumentos astronómicos antiguos entre los tesoros que atesoraban los coleccionistas con los que Andrés lidiaba cada día; de hecho, él mismo tenía varios astrolabios en la tienda.

Los habitantes de Cabalar habían estado muy ligados al mar, por lo que el patrimonio material ligado a la navegación era muy rico.

―Entiendo. Podía haberlo dicho desde el principio, señora Pumarino ―dijo Andrés con su tono más neutral―. En ese caso, dígame cuándo le viene bien que la visite.

―Cuanto antes estaría bien ―se apresuró a señalar Victoria.

«Cuanto antes» era un término bastante impreciso, así que Andrés procedió a concretar la cita con Victoria Pumarino mientras repasaba inútilmente su agenda con la intención inconsciente de retrasarla.

La única manera de llegar hasta Dos Gemelos era conduciendo casi una hora por una carretera llena de curvas, lo que suponía perder casi con seguridad toda una mañana o una tarde de trabajo.

―Hoy tengo un día muy ajetreado ―mintió―. Puede que mañana tenga un hueco…

Un hueco entre desayunar en la cafetería de Benita, abrir la tienda, tomar el té con su buena amiga Gloria, escuchar un capítulo de su podcast favorito y cerrar la tienda, por ejemplo.

―Se avecina una buena ventisca ―anunció Victoria Pumarino con solemnidad―. Podría ser un problema para llegar hasta aquí, señor Taboada. Dos Gemelos es un lugar de difícil acceso.

―Soy consciente de ello ―aseveró sin ser muy consciente de ello―. Le prometo que iré antes de que llegue la ventisca.

Esa promesa, como desgraciadamente entendería demasiado tarde, iba a ser un grave error.