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—Os ruego —pidió el doctor Bonaciolo a Caterineta— que echéis las cortinas para proteger a su señoría de la luz.
La sierva dudó unos instantes, pero, como su dueña no puso objeción alguna, obedeció al médico y el aposento volvió a quedar en penumbra. Un rato después era evidente que tanto el remedio como el consejo habían funcionado.
—Caterineta, que venga un escribano con la carta. Quiero firmarla.
La criada salió de la habitación y regresó unos instantes después seguida de uno de los datarios de la corte ducal; un hombrecillo con aspecto de roedor que no pudo evitar dar un respingo al ver a la duquesa con la cabeza envuelta en lienzos y el hábito de la orden tercera franciscana puesto.
— Senyora , aquí está el secretario —dijo Caterineta—. ¿Queréis que os lea la carta primero?
La duquesa asintió y el hombre, por indicación de la doncella, dispuso en un lado de la cama el recado de escribir sobre una tabla fina para ser usada como mesa. Sacó el documento, se aclaró la voz con un carraspeo y leyó:
—«Al santísimo padre y beatísimo señor, con toda la posible reverencia de mi alma, beso los sagrados pies de vuestra beatitud y humildemente me encomiendo a su santa gracia.
Después de haber sufrido mucho durante más de dos meses a causa de un penoso embarazo, dispuso la divina Providencia que al amanecer del día 14 de este mes diera a luz una niña.
Esperaba yo que, habiéndome aligerado de este peso, se aliviara también mi padecimiento, pero ha sucedido lo contrario, con lo que me veo forzada a rendir tributo a la naturaleza. »
El secretario hizo una pausa en la que esperaba algún signo de aprobación o rechazo por parte de la duquesa, que, no obstante, no dijo nada y mantuvo los ojos cerrados.
—«Y tan grandemente me ha favorecido nuestro clementísimo creador —continuó leyendo el escribano— que tengo conciencia del próximo fin de mi vida y me doy cuenta de que dentro de pocas horas saldré de este mundo, mas no sin haber recibido todos los sacramentos de la Iglesia.
En esta situación, como cristiana, aunque pecadora, he pensado en suplicar a vuestra beatitud que, benignamente, se digne a conceder a mi alma, junto a su santa bendición, algún sufragio del tesoro espiritual.
Y a su santa gracia también encomiendo a mi marido y a mis hijos, que todos son siervos de vuestra beatitud.
En Ferrara, a la hora catorce del 22 de junio de 1519. »
—Gracias —dijo Lucrecia—. Acercadme el documento para que lo firme, señor secretario, y que un correo ducal lo lleve hoy mismo a Roma y que se le entregue en mano al papa León.
El burócrata depositó la hoja de papel, el de mejor factura de la fábrica pontificia de Fabriano, en la tabla que iba a servir de mesa portátil y mojó la punta de una pluma en el tintero lleno de carísimo pigmento negro traído de China por mercaderes venecianos.
Sin embargo, fue Caterineta la que colocó el cálamo entre los dedos de la duquesa, que a duras penas parecía poder siquiera sostener algo tan ligero como aquella pluma de ganso con la que, con pulso trémulo, escribió al final de la carta: «De vuestra beatitud su humilde sierva, Lucrecia de Este».
—Quiera Nuestro Señor Jesucristo —suspiró la duquesa— que la misiva llegue al santo padre León cuando yo todavía esté entre los vivos.
—¡Por Dios bendito, señora! —sollozó Caterineta—. ¡No digáis esas cosas, os lo ruego! Os vais a poner bien. Siempre lo hacéis.
Lucrecia esbozó una sonrisa de circunstancias.
Se había quedado encinta quince veces, sufrido cinco abortos y tenido diez hijos de tres hombres.
De todas las criaturas que había parido, dos nacieron muertas, y de sus otros ocho hijos, seguían vivos seis incluyendo a la recién nacida Isabel María.
Cada uno de los embarazos, tal y como le recordaba su doncella, había sido un suplicio, tanto los que llegaron a buen puerto como los que no, pero de todos se había recuperado a costa de ir acortando sus años en el mundo con cada nueva vida que alumbraba.
Sin embargo, ahora estaba convencida de que aquel parto había sido el último y que no iba a recuperarse.
Como siempre, antes de enfrentarse al alumbramiento se había confesado y comulgado y aquella misma mañana le habían administrado la extremaunción.
También había dictado testamento en el que ordenaba misas por su alma en todas las iglesias de Ferrara y legaba importantes donaciones a conventos de todo el ducado y, en especial, al del Corpus Domini, regentado por monjas clarisas y donde iba a ser enterrada.
Creía que tenía el alma preparada para entregarla al juicio misericordioso de Nuestro Señor, pero, con la muerte flotando a su alrededor con las alas doradas de la luz de junio, tenía miedo.
¿Quién no lo tendría? De ahí que encontrara cierto consuelo en esa carta con la que pretendía que el papa León, el sucesor del cruel Julio II y antiguo compañero de estudios de su hermano César cuando aún era Giovanni de Médici, le otorgara una bendición especial que la llevara al cielo.
Lucrecia abrió los ojos, pero los contornos de lo que tenía alrededor se desdibujaron como el paisaje de la llanura del río Po en un día de lluvia.
Aun así, intentó fijar la mirada en los bellos tapices que colgaban de las paredes del aposento que su suegro había encargado en el mejor taller de Bruselas con cartones del maestro Ercole de Roberti.
El que tenía justo enfrente mostraba el encuentro entre Abraham y Melquisedec en el que el patriarca de Israel daba al monarca-sacerdote de Sálem la décima parte de todo el botín obtenido de los reyes que saquearon Sodoma y Gomorra.
Pese a las delicadas formas y el juego de perspectivas que los artesanos del Ducado de Brabante habían logrado con los hilos de seda y oro, Lucrecia apenas distinguía bultos de colores apagados.
Desvió entonces la mirada al tapiz de la izquierda, que mostraba a san Vicente Ferrer —el valenciano que predijo a su tío-abuelo Alfons de Borja que llegaría a ser papa y que a él elevaría a los altares, como así ocurrió— obrando el milagro de resucitar al niño de Morella al que su propia y desquiciada madre había descuartizado y guisado para dar de comer al santo.
Sin embargo, Lucrecia tampoco consiguió reconocer las figuras más allá del manchurrón negro del hábito del dominico.
Y entró en pánico.
—¡Caterineta! —gritó—. ¡Caterineta! ¡Me estoy quedando ciega! ¡Santa María siempre Virgen, ten piedad de mí!
La esclava se abalanzó sobre el lecho para tomar las manos de su ama y, llorando, besarlas como si fueran las de la mismísima Madre de Dios.
La duquesa, por mucho que se esforzara, no lograba ver con nitidez ni siquiera el rostro del color del ébano de su favorita destacando sobre su camisón y las sábanas blancas de su lecho.
Aún oía bien los gritos y lamentos de sus criadas, si bien las voces parecían hundirse en un pozo profundo de aguas gélidas.
Sí que notaba con toda claridad, por el contrario, la humedad de las lágrimas de su sierva resbalando entre sus dedos y el cálido contacto de los labios gruesos de Caterineta conforme sembraba de besos el dorso de sus manos.
—¡Señora! —sollozaba la esclava—. ¡Señora!
La puerta del aposento se abrió en aquel momento.
Aún llevaba en las botas el polvo del camino y, en la ropa, el olor del sudor del caballo que casi había reventado para llegar a tiempo.
Las damas de compañía, las criadas, el escribano y los médicos hicieron una reverencia para saludar al señor del castillo de San Miguel, duque de Ferrara y marido de la moribunda.
—¡Lucrecia! —resonó la voz de Alfonso de Este—. ¡Lucrecia!