El mirto y el puñal 72
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–Caterineta —llamó la duquesa.

La esclava saltó del taburete al escuchar la voz de su ama como si el asiento estuviera tapizado con carbones encendidos.

Mientras avanzaba a grandes zancadas hasta la cama, hizo un gesto con la mano para que los maestros Francesco di Castello y Ludovico Bonnaccioli, los médicos de la corte ducal de Ferrara, se quedaran sentados donde estaban.

—La señora me ha llamado a mí —les advirtió—. A mí sola.

Los dos galenos se miraron durante un instante e intercambiaron un casi imperceptible asentimiento con el que coincidieron en que no merecía la pena discutir con la mujerona de tez negra como la brea, curvas rotundas, pecho inmenso y muy mal genio en la que se había convertido la esclava favorita de Lucrecia Borgia.

— Em fa mal el cap —sollozó la duquesa en cuanto la joven llegó hasta el lecho y enterró las pálidas manos en las suyas—. Molt de mal, Caterineta. Moltíssim .

A Lucrecia, tras diecisiete años en Ferrara y toda una vida en Italia, sólo le quedaba su Caterineta para poder quejarse en su valenciano natal que le dolía muchísimo la cabeza.

— Us faig unes fregues d’oli d’essència de murta, senyora? —preguntó la sierva.

La duquesa de Ferrara negó con la cabeza.

No necesitaba más friegas con aceite de esencia de mirto como las que le ofrecía su esclava.

Ni tampoco más emplastos, tisanas dulces, caldos amargos ni, por supuesto, más sangrías.

Sólo quería que terminara el tormento que le producían los dos clavos ardiendo que sentía que le atravesaban las sienes y que le hacían perder el conocimiento cuando no le provocaban que le subiera la fiebre.

— Que vingan els metges, Caterineta —susurró Lucrecia.

La esclava hizo una seña a los doctores Di Castello y Bonnaccioli para que, ahora sí, se acercaran al lecho de su señora.

Ambos médicos —venerables sabios que estaban ya más cerca de los setenta que de los sesenta años— mantenían la mirada baja, avergonzados de que toda su ciencia y experiencia no hubieran servido de nada para curar a la duquesa de las fiebres puerperales que la estaban matando.

Caterineta —que a duras penas ahogaba en lágrimas la rabia que sentía— no olvidaba que fueron los dos galenos los que decidieron provocar el parto de aquel embarazo difícil.

Por ese motivo, los médicos prescribieron compresas de aceite de ricino que Caterineta colocaba cada noche en la entrepierna de su ama, a la que también hacían beber enormes cantidades de una sopa de sabor acre hecha con perejil y flores secas de ruda.

Justo hacía una semana, la duquesa de Ferrara parió una sietemesina canija y amarillenta que a duras penas conseguían alimentar dos nodrizas.

Tan mal aspecto tenía la criatura que Alfonso de Este ordenó que fuera bautizada con el nombre de Isabel María aquella misma noche y en el mismo aposento, pues temía que no siguiera viva al amanecer.

Fueron los padrinos dos primos lejanos del duque, que eran los únicos parientes de noble cuna que estaban cerca del castillo de San Miguel.

—Caterineta —susurró Lucrecia—, obri les finestres .

La esclava descorrió las pesadas cortinas de terciopelo oscuro y abrió las ventanas de madera tal y como le ordenaba su señora; ignoró las miradas reprobatorias y los cuchicheos de los médicos que alertaban de lo perjudicial que era exponer a la moribunda al viento cálido de las riberas del río Po y a los miasmas de los humedales norteños.

Humedales que Lucrecia, pese a todos sus esfuerzos, no había conseguido convertir en tierras de cultivo.

La luz de la tarde de junio entró como un torrente dorado en la estancia, haciendo brillar los hilos de seda de los tapices que cubrían las paredes de su habitación en la torre Marchesana de la imponente fortaleza de la casa De Este.

Aunque, postrada en el lecho, Lucrecia no podía ver más que un fragmento del cielo azul y limpio de la llanura de la Emilia-Romaña, sabía que, abajo, la tierra estaba a punto de alumbrar un verano de espigas vencidas por el peso del grano y ramas dobladas por frutos maduros y dulces.

Lucrecia casi percibía el aroma de la felicidad que impregna el aire cuando un nuevo verano está a punto de nacer y, con él, la abundancia de la que ella no disfrutaría.

Ni tampoco su nueva hija, a la que ni siquiera había visto desde que se la sacaron de las entrañas.

— Dottore Di Castello, dottore Bonnaccioli —susurró Lucrecia frotándose las sienes—, sé que mi carne mortal no resistirá mucho más y que mi alma está a punto de comparecer ante Dios. Pero, os lo suplico, dadme algún remedio que alivie este tormento.

—Duquesa —dijo Di Castello—, creemos que otra sangría regularía vuestros humores, equilibraría el exceso de flema negra y...

—No más sangrías, dottore —interrumpió Caterineta con un tono y una mirada que más parecía una amenaza que una sugerencia—. La duquesa no necesita más sangrías.

—En ese caso —terció el doctor Bonnaccioli— podríamos aplicarle emplastos fríos de hojas de menta y alternarlos con otros de esencia de lavanda. El problema es que para ello...

—Para ello, ¿qué? —cortó la duquesa—. ¿Acaso no contáis con todos los ingredientes necesarios?

—Sí, señora. Pero, para que sea más eficaz el remedio, os deberíais cortar el pelo.

Caterineta se llevó las manos a la boca para ahogar un gemido y las lágrimas abrieron surcos brillantes sobre sus mejillas oscuras. Lucrecia cerró los ojos.

—Sea pues. Caterineta...

—Sí, senyora .

—El hábito. Quiero tener puesto el hábito cuando me cortéis el pelo. Y el cíngulo... y también la tau.

La esclava agitó las manos como si estuviera espantando moscas para indicar a los médicos que abandonaran la estancia de inmediato.

Luego, junto a otras dos criadas, desnudó a su señora, le cambió la ropa interior y la camisa de dormir, así como las sábanas de seda del lecho.

También limpiaron los restos de sangre y humores de su sexo y muslos.

Una vez aseada y vestida, le pusieron su perfume favorito, hecho con corteza de cidros y aceite esencial de mirto.

—¿Sabes, Caterineta, quién creó este perfume? —preguntó Lucrecia—. ¿Y por qué sólo mi perfumista conoce la fórmula exacta?

La sierva ya conocía la historia, como sabía todos los secretos de su señora porque ella misma se los había contado, pero negó con la cabeza para que se la volviera a contar, llena con la vana esperanza de que, si Lucrecia hablaba, es que quizá se estaba recuperando. Aunque ni ella misma se lo creía.

—Fue Caterina Sforza —dijo—, la condesa de Imola.

¡Vaya mujer! Casi engaña a César y, de haberlo conseguido, lo hubiera matado allí mismo, durante el asedio de Forlì en el que ella misma, con coraza puesta y espada en mano, defendió la rocca .

Pero mi hermano la derrotó, la tomó prisionera y le confiscó los libros de su laboratorio secreto para regalármelos.

En ellos apuntó las recetas de los cosméticos, tintes para el pelo y perfumes que la habían hecho famosa en toda Italia.

—Sí, señora —respondió Caterineta—. Ni en Venecia ni en Florencia se crean fragancias más exquisitas que las que elabora el mastro Fortunato para vos y vuestra corte en sus dependencias del castillo de San Miguel Arcángel.

Ni tampoco jabones más delicados que los que vuestro perfumista hace gracias a los secretos de los cuadernos de la contessa Sforza.

—Ni venenos más letales, tal y como corresponde a la puta Borgia —susurró Lucrecia con una sonrisa amarga que apenas duró unos instantes en sus labios.

—¡Por favor, señora! —protestó la esclava mientras se santiguaba—. ¿Cómo aún hacéis caso a las malas lenguas? ¿Cuándo acabarán esas injurias?

—Nunca, me temo, Caterineta. No acabarán nunca.

Lucrecia sonrió de nuevo y, antes de cerrar los ojos, le hizo una seña a la esclava para que avisara a los médicos de que podían volver a entrar en el aposento.

Los galenos encontraron a la duquesa de Ferrara medio recostada sobre cuatro cojines forrados de seda roja de Valencia, su favorita.

Su larga cabellera se extendía como una mantilla dorada de fino encaje hasta cuatro dedos por debajo de la cintura de la moribunda.

Caterineta dedicó un momento a admirar la rubia melena de su ama, que era del color del trigo maduro; precisamente, gracias a uno de los tintes concebido por la Tigresa de Imola y que el mastro Fortunato de Casentino elaboraba en ese mismo castillo de San Miguel Arcángel.

Los médicos se percataron de que, sobre el camisón blanco, Caterineta y las dos criadas le habían colocado el escapulario marrón como hermana tercera franciscana.

También llevaba ceñido a la cadera el cordón con los tres nudos y, sobre el pecho, destacaba la humilde cruz tau de madera de san Francisco.

Hacía ya más de un año que había profesado los votos de la orden seglar del santo de Asís y, desde entonces, los médicos habían tenido, en más de una ocasión, que curarle las llagas provocadas por el cilicio que Lucrecia llevaba bajo los vestidos ducales hasta que, al cuarto mes de embarazo, tuvieron que recurrir al mismísimo duque, quien le prohibió seguir mortificándose de esa manera.

—¿Están preparados los emplastos, dottori ? —preguntó Lucrecia a los médicos.

—Sí, signora —respondió el doctor Di Castello—. En cuanto estiméis oportuno se puede proceder a...

—Córtalo, Caterineta —interrumpió la duquesa—. Cortadme el pelo.

La esclava lloró al manejar las tijeras de bronce pulido con las que cortó los largos mechones dorados de la cabellera de su ama, que, mientras tanto, susurraba avemarías.

Al mismo tiempo, los médicos aplicaban los emplastos sobre paños de lino que enfriaban en el interior de una cesta de esparto llena de nieve y sal para conservarla.

Lucrecia tenía el aspecto de un muchacho cuando los doctores taparon su cabecita rapada con los lienzos fríos y aromatizados con cuyo contacto gélido se estremeció la duquesa.