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—Los franceses formaron en tres líneas. A la derecha, la caballería pesada francesa, con el propio Gastón de Foix al mando.
En el centro, la infantería: lansquenetes alemanes, arcabuceros gascones y la infantería de la Picardía.
A la izquierda, la caballería ligera y la artillería de Ferrara, bajo el mando de vuestro esposo, el duque Alfonso.
Frente a nosotros, los españoles y pontificios se habían atrincherado tras una empalizada de carros, estacas y fosos, con la artillería en el centro y la caballería a los flancos.
—¿Y el terreno? —intervino Lucrecia, que conocía bien la llanura de Rávena.
—Un lodazal, señora. El río Ronco estaba crecido por las lluvias, y los campos eran un mar de barro.
Los españoles habían elegido bien su posición: protegidos por el río a la espalda y por las zanjas y empalizadas delante.
Sabían que tendríamos que atacar de frente, bajo el fuego de su artillería y sus arcabuceros.
El joven se detuvo un instante, como si reviviera el miedo de la espera antes del combate.
—¿Quién disparó primero? —preguntó Lucrecia.
—La artillería, señora. Vuestra artillería.
Jamás he visto nada igual. El duque Alfonso ordenó desplegar los cañones en ángulo para batir los flancos de la empalizada enemiga.
Durante más de dos horas, los cañones de Ferrara vomitaron fuego y hierro sobre las líneas del ejército de la Liga Santa.
El estruendo era ensordecedor. Las bolas de cañón arrancaban miembros, destrozaban carros, abrían brechas en la empalizada.
El enemigo respondía con sus piezas, pero eran menos y estaban muy mal emplazadas.
El humo lo cubría todo, y el suelo temblaba bajo nuestros pies.
—¿Y después?
Lucrecia se inclinó hacia delante. Su cara estaba aún más pálida bajo la luz de la luna, como si no hubiera rastro de vida en ella.
—Después vino la caballería. El mariscal Gastón de Foix lanzó a las lanze francesas contra el flanco derecho del ejército pontificio, donde estaba la caballería ligera de Fabrizio Colonna.
Fue una carga brutal. Los caballos resbalaban en el barro, los hombres caían bajo las lanzas y las espadas.
Pero nuestros adversarios resistieron, y la lucha se volvió una carnicería cuerpo a cuerpo.
Mientras tanto, en el centro, los lansquenetes alemanes y los hombres de armas franceses avanzaron hacia la empalizada, bajo el fuego de los arcabuceros y la artillería enemiga.
—¿Cómo fue el asalto? —preguntó Lucrecia, con voz apenas audible.
—Terrible, señora. Los pontificios habían clavado estacas y volcado carros para frenar nuestro avance.
Los lansquenetes, con sus picas, intentaron abrirse paso, pero caían a decenas bajo las balas y los virotes de ballesta.
El mariscal De Foix ordenó entonces que atacaran los arcabuceros gascones y los ballesteros a caballo, que disparaban sin cesar, cubriendo el avance de los piqueros.
Yo iba con ellos, señora. El aire olía a pólvora y a carne quemada.
Los gritos de los heridos y los moribundos se mezclaban con el estrépito de los cañones.
El joven se llevó una mano al rostro, como si intentara apartar el recuerdo.
—¿Y la caballería? —insistió Lucrecia.
—En el flanco izquierdo, la caballería ligera francesa y la infantería italiana lograron envolver la posición de los infantes venecianos, que estaban en reserva.
Pero lo decisivo fue la artillería. El duque Alfonso, viendo que el centro resistía, ordenó avanzar los cañones hasta casi tocar la empalizada.
Disparaban a quemarropa, barriendo las filas enemigas.
Los españoles intentaron una salida desesperada, pero fueron rechazados por la infantería francesa y los lansquenetes.
Fue entonces cuando Gastón de Foix, viendo que la batalla pendía de un hilo, se lanzó personalmente al asalto con sus caballeros borgoñones forrados de acero.
—¿Y qué ocurrió? —preguntó Lucrecia, con un nudo en la garganta.
—Gastón de Foix era un demonio, señora. Cruzó el foso a caballo, espada en mano, y se lanzó contra los arcabuceros napolitanos que aún resistían tras la empalizada.
Pero fue alcanzado por una descarga a bocajarro.
Cayó del caballo, herido de muerte. Los suyos intentaron rescatarlo, pero fue inútil.
Murió allí mismo, entre el barro y la sangre.
Cuando la noticia, a pesar del caos, se extendió entre las filas de nuestro ejército, los franceses enloquecieron de furia y redoblaron el asalto.
Los españoles, viendo caer a sus jefes y rodeados por todas partes, empezaron a rendirse o a huir hacia el río.
—¿Se hacían prisioneros? —preguntó Lucrecia temiendo que la respuesta fuera negativa.
—No, excelencia —respondió el muchacho—.
Conforme se disipaba el humo de la pólvora, aparecía el campo cubierto de cadáveres.
Antes de partir hacia aquí por orden de vuestro esposo pude escuchar en su tienda que se hablaba de más de nueve mil muertos.
Me dijeron también que Fabrizio Colonna había sido hecho prisionero y que el virrey Cardona logró escapar con algunos jinetes.
—¿Crees, muchacho —intervino el cardenal Hipólito—, que el ejército de la Liga Santa ha sido destruido por completo?
—No podría decíroslo, eminencia. Pero es lo más probable. Aunque también es cierto que los franceses han pagado un precio altísimo por la victoria con la muerte de su mejor general. Y han debido vengarse por ello con especial crueldad.
—¿Cómo? —preguntó Lucrecia—. ¿Qué hicieron?
—Cuando abandoné el campamento, excelencia —respondió el soldado—, los primeros escuadrones franceses estaban entrando en Rávena.
Irrumpieron en la ciudad como furias del infierno, enloquecidos por la victoria, la sed de sangre y la muerte de su comandante en jefe.
Aunque ya estaba lejos cuando cambié el primer caballo, pude ver desde la posta el resplandor de las llamas e imagino que, a esta hora, no debe quedar en la ciudad ni una casa sin incendiar, una mujer sin violar ni una iglesia sin profanar.
—¡Da igual! —bramó Hipólito—. ¡La victoria es nuestra!
Lucrecia se levantó y, con la mirada en el suelo, se alejó caminando despacio de su cuñado y del joven soldado, que aprovechó ese momento para dar un largo trago de vino y engullir un par de porciones de mazapán, cosa que no se había atrevido a hacer hasta concluir su relato.
«¿La victoria es realmente nuestra —pensó Lucrecia—, o sólo hemos comprado tiempo a costa de más sufrimiento?
» ¿Cuánto duraría la paz? ¿Cuántas veces más tendría que vestir de luto, consolar viudas, repartir pan, acoger refugiados, pedir préstamos y escribir cartas de súplica o amenaza?
¿O quizá era cierto y, en efecto, Alfonso y ella habían ganado?
Aunque no había pisado el campo de batalla, no podía evitar sentir como la soberbia hacía brotar en su alma pequeñas flores negras del pecado —tan pequeñas como las flores blancas del mirto que refulgían bajo la luna— porque, por primera vez en su vida, había conseguido lo que se había propuesto.
Y, tras triunfar en lo más difícil —la guerra—, sus otros proyectos casi se los veía hechos.
Aterrar las marismas; construir un orfanato, un hospital y varias escuelas.
Darle más hijos a Alfonso, proteger a los más débiles y ganarse, por derecho propio y gracias a su piedad, la salvación de su alma y la eternidad en el paraíso.
A pesar de ser una Borgia.
La duquesa miró a la luna, tan brillante, redonda y bella como distante e indiferente. Una lágrima resbaló por su mejilla y no era capaz de distinguir si era de felicidad o de tristeza. En ese instante se arrodilló para rezar. No con oraciones mil veces repetidas, sino con sus propias palabras.
—Señor mío Jesucristo —rogó—, dame fuerza para resistir, sabiduría para gobernar, compasión para agradarte y, sobre todo, dame esperanza, aunque sea tan frágil como una flor de mirto bajo la luna.