El mirto y el puñal 71
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La primavera se había adelantado y los mirtos del jardín de la duquesa en el castillo de San Miguel estaban cuajados de pequeños capullos blancos que, bajo la luz de la luna llena, brillaban como perlas recién nacidas entre el follaje oscuro.

Estaba ya cerca la medianoche y Lucrecia, insomne, paseaba entre los parterres, junto a Caterineta, después de comprobar por cuarta vez que los pequeños Hércules e Hipólito dormían a pierna suelta, ajenos por completo a la angustia que dominaba el corazón de su madre, que no sabía aún si, en aquella hora, ya era viuda por tercera vez y los dos retoños que había tenido con Alfonso tan huérfanos como Giovanni y Rodrigo.

Se consoló pensando que, al menos, mantenía consigo al primero —el fruto de su amor con el pobre Perotto— mientras que el segundo —el hijo del gentil Alfonso d’Aragona— seguía en Bari; lejos, pero seguro.

El perfume del mirto —la murta de su tierra valenciana— llenaba el aire con su fragancia, pero Lucrecia no era capaz del más mínimo deleite.

En contra de lo que hacía desde siempre, aquel año —como el anterior— no había pasado la Semana Santa con las monjas franciscanas del convento del Corpus Domini, porque Ferrara estaba en guerra.

Desde que se hizo pública la bula de excomunión para toda la casa De Este por parte del papa Julio, Lucrecia había permanecido en la ciudad, y se había negado en redondo a abandonarla a pesar de los ruegos del canciller Achillini, primero, y las órdenes de su propio marido, después.

Sólo había consentido en que, cuando los venecianos tomaron posiciones en la comarca del Polesino, en el delta del Po, se evacuara a sus hijos a Reggio, la ciudad más alejada del frente, cuya rocca había sido reforzada con bombardas y falconetes, engrosado sus muros y ampliado el foso que alimentaban las aguas del río Crostolo.

Su decisión de permanecer en la ciudad amenazada por las tropas de la coalición del papa, el rey de Aragón y la Serenísima República de Venecia causó el efecto que Lucrecia esperaba.

El pueblo, al ver que su duquesa se quedaba para organizar la defensa, no se dejó llevar por la desesperación.

Y su coraje se reforzó cuando, a pesar de todo, Lucrecia ordenó que sus hijos volvieran desde Reggio algunos meses después.

Justo cuando la ciudad se enfrentaba a sus horas más oscuras.

También recuperó, con el conocimiento de Alfonso, la correspondencia con Francesco Gonzaga, marqués de Mantua.

Su antiguo amante estaba, nominalmente, al mando de las tropas papales, pero aun así le escribía pidiéndole clemencia para los ferrarenses tomados como prisioneros de guerra, clemencia para las villas y aldeas que caían bajo el ejército del santo padre y el rey de Aragón y caridad para los refugiados.

A veces, en sus cartas, se deslizaban palabras de afecto, de alusiones a recuerdos de tiempos más felices e incluso alguna que otra confidencia prohibida que sólo ellos podían entender en toda su dimensión.

No obstante, sabía que, en el fondo, eran falsas porque no estaba en su ánimo reavivar las brasas de la pasión que un día compartieron, sino salvar su gobierno y el legado de sus hijos.

Por su parte, Gonzaga le respondía con cautela; unas veces con ternura cuando la llamaba «mi querida hermana» y otras con la frialdad de quien sabe que cada palabra puede ser peligrosa.

El invierno del año de la encarnación de Nuestro Señor de 1510 fue largo y cruel.

La peste regresó a Ferrara y segó la vida de los más débiles.

Incluso la misma Lucrecia cayó tan enferma que los médicos, durante algunas semanas, temieron que no sobreviviera.

Pero lo hizo. En la primavera de 1511, la guerra se recrudeció.

El papa, furioso por la resistencia de Ferrara, ordenó el asedio de la ciudad.

Alfonso, con la ayuda de los franceses, reforzó las murallas, organizó la artillería y supervisó personalmente la fabricación de cañones.

Lucrecia, mientras tanto, se ocupaba de la intendencia y de la moral de la ciudad.

Cada noche, rezaba por el duque, por sus hijos, por la salvación del ducado.

Y, respecto a ella misma, en sus oraciones, más que rogar por el perdón de sus pecados como había hecho hasta ese momento, le pedía a Nuestro Señor que condenara al papa Julio al séptimo recinto del tercer círculo del infierno, donde Dante vio a las almas de los sodomitas caminando eternamente bajo una lluvia de fuego sobre arena ardiente.

Las tropas papales no llegaron nunca hasta los muros de Ferrara, pero sí bloquearon los caminos.

Temían demasiado a los cañones, bombardas y falconetes con los que Alfonso erizó las fortificaciones de su capital.

No obstante, sí cayó la ciudad de Mirandola —en cuyo asedio participó el propio papa con armadura, espada al cinto y a caballo— y fueron arrasadas las villas y aldeas de los alrededores de Argenta, Comacchio y Módena.

Cada día le llegaban noticias de escaramuzas, combates y saqueos.

Alfonso partió al frente. Lucrecia se quedó en Ferrara, convertida en regente, madre y señora de una ciudad sitiada.

Aprendió a leer los partes de guerra, a negociar con embajadores, pelear con banqueros, organizar la defensa y a consolar al pueblo.

Las cartas de Alfonso llegaban con irregularidad: algunas venían llenas de esperanza, aunque la mayoría, de desesperación; pero siempre llenas de detalles técnicos sobre cañones, pólvora y fortificaciones.

El frente se desplazaba constantemente. Se ganaban y se perdían villas y aldeas; se cortaban líneas de suministros que se volvían a recuperar.

«La paz —lamentaba su marido en una de sus cartas— sólo llegará tras una batalla decisiva.

Lo que está por ver es si, en ese momento, la Providencia, además de la paz, nos trae también la victoria. »

El crujido de unos pasos apresurados por la grava la sacó de sus recuerdos.

Al girarse, comprobó que los producía su cuñado, el cardenal Hipólito, que venía acompañado de un joven soldado.

El muchacho no tendría más de dieciséis o diecisiete años y todavía olía a sudor de caballo y polvo del camino.

Un chorretón de sangre seca oscurecida por el fango le adornaba el lado izquierdo del cuello como un torque.

Aún llevaba cruzada en la espalda la ballesta con la que había combatido y la espada corta colgando de la cadera.

— Carissima sorella —gritó Hipólito—. ¡Noticias de Rávena! ¡Y no pueden ser mejores! ¡Vuestro esposo ha vencido, signora ! El ejército del papa Julio ha sido derrotado.

Lucrecia sintió que las piernas se le derretían como si fueran dos cirios abandonados bajo el sol de agosto.

Apenas tuvo tiempo de sujetarse en el hombro de Caterineta antes de dejarse caer sobre uno de los bancos de piedra del jardín.

Necesitó unos instantes para que su corazón se calmara y recuperar el aliento.

—¿Cómo? —acertó a decir—. ¿Y mi esposo?

—Sano, salvo y victorioso, excelencia —dijo el muchacho.

—¿De dónde eres, hijo mío? —inquirió Lucrecia—. ¿Y cómo te llamas?

—Soy de Mesola, señora —respondió—. Y me llamo Pietro. Pietro Mangolini.

—Bien, Pietro. Siéntate y descansa.

El joven se acomodó sobre el borde del vaso de mármol de la fuente que dominaba el jardín. Al hacerlo emitió un leve quejido y se sujetó los riñones.

—Disculpadme, excelencia —dijo—. He reventado cinco caballos para llegar hasta aquí.

—¿Te han dado de comer y beber? —preguntó Lucrecia mientras miraba al cardenal con reproche.

—No, señora. Los guardias de la puerta me llevaron de inmediato ante vos, eminencia y, después, vinimos aquí directamente.

—¡Caterineta! —Lucrecia se dirigió a su esclava—. Porta vi i formatge. I també massapà si és que en queda encara.

La esclava salió corriendo rumbo a las cocinas para traer vino, queso y, si aún quedaba, también mazapán. Hipólito de Este torció un poco el gesto al escuchar hablar a Lucrecia en valenciano, pero la duquesa lo ignoró por completo.

—Cuéntame, Pietro. Cuéntamelo todo. ¿Cómo ha sido la batalla?

—Un infierno, señora. Un infierno de pólvora, fuego, sangre y fango.

No había amanecido todavía cuando nuestras tropas, bajo el mando del mariscal Gastón de Foix, ya ocupaban la orilla derecha del río Ronco, al sur de Rávena.

Había más de mil quinientas lanze , tres mil jinetes ligeros entre lanceros y ballesteros como yo; ocho mil infantes de la Gascuña y la Picardía y otros cuatro mil ferrarenses; cuatro mil lansquenetes alemanes y más de cincuenta cañones de vuestro esposo el duque.

—¡La mejor artillería de Italia! —proclamó Hipólito—. ¡La mejor!

—Sin duda, eminentissime pater —respondió el soldado.

—Bien puede serlo, caro fratello —añadió Lucrecia—, con todo el oro que ha costado crearla. Pero continúa, Pedro. ¿Cuántos efectivos tenía el enemigo? ¿Cómo estaban dispuestos?

—Eran alrededor de diecisiete mil, señora —continuó el muchacho—.

Estaban al otro lado del río. Mil seiscientas lanzas castellanas y napolitanas; diez mil infantes agrupados en tercios con espaderos, rodeleros y piqueros; mil quinientos caballeros, veinticuatro piezas de artillería, la caballería ligera romana de Fabrizzio Colonna, artilleros venecianos y la Guardia Suiza del papa Julio.

Todos bajo el mando del nuevo virrey de Nápoles, Ramón de Cardona.

Lucrecia asintió. Había oído hablar del sucesor en el gobierno de Nápoles del Gran Capitán, que había sido destituido por el rey Fernando de Aragón.

Al parecer era un fanático que había intentado introducir la Inquisición al estilo español en el Reino del Sur y había cargado con todos los impuestos imaginables a los judíos que allí vivían, a muchos de los cuales Lucrecia los había refugiado en Ferrara por lo que, en agradecimiento, le habían hecho préstamos sin interés para el esfuerzo de guerra.

—¿Cómo se dispusieron ambos ejércitos? —preguntó la duquesa.