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«Nos, por inspiración divina y con la plenitud del poder apostólico —Lucrecia tradujo mentalmente—, anatematizamos con la sentencia de excomunión al mencionado Alfonso, así como a sus cómplices, partidarios y seguidores, los separamos de toda comunión de los fieles y ponemos la tierra de Ferrara bajo interdicto, hasta que vuelva a la verdadera obediencia y humilde sumisión.
» Después, sintió como un escalofrío le recorría la espalda a pesar del ambiente sofocante que reinaba dentro de la cámara grande.
El interdicto era el arma espiritual más poderosa que poseía el papa de Roma, pues negaba los sacramentos a todo un territorio.
Eso significaba, en Ferrara, iglesias cerradas, campanas mudas y entierros sin oraciones.
Nadie se podría casar ni bautizar a sus hijos hasta que no se levantara el castigo, y las oraciones de monjas y frailes no serían escuchadas en el cielo.
—«Mandamus insuper omnibus et singulis Christi fidelibus —siguió Achillini— sub poena excommunicationis latae sententiae, ne cum praedicto Alphonso, eiusque complicibus, in spiritualibus vel temporalibus communicent, nec ei auxilium, consilium vel favorem praebeant.»
Los bellos latines de los escribas de la vicecancillería apostólica sonaron como cristales de hielo al quebrarse, pues el papa de Roma, además, mandaba a todos y cada uno de los fieles de Cristo, bajo pena de excomunión latae sententiae , que no se comunicaran con Alfonso ni con sus cómplices en lo espiritual, en lo temporal ni que le prestaran ayuda, consejo o favor.
—«Datum Romae apud Palatio Apostolico, pridie festi Sancti Laurentii, Anno Domini millesimo quingentesimo decimo» 1 —concluyó el canciller.
El silencio se hizo espeso. Todos los presentes intercambiaron miradas de inquietud y alguno, incluso, se santiguó.
El duque Alfonso respiró hondo, como si quisiera tragarse la humillación y la rabia.
Se levantó con los puños tan apretados que se le blanqueaban los nudillos y así los mantuvo cuando se levantó del trono.
—¿Eso es todo, messer Achillini? —preguntó.
El canciller asintió mientras volvía a enrollar el pliego con manos temblorosas.
Aunque sabía por los espías de Hipólito de la decisión del pontífice y, junto al duque, Lucrecia y los doce sabios habían empezado a pergeñar un plan, el ver negro sobre blanco la condena espiritual del papa le impresionaba y atemorizaba mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.
También Lucrecia sentía que le faltaba el aire y reprimió, como pudo, su deseo de abalanzarse sobre sus hijos para abrazarlos.
Estaba aterrorizada. Temía que sus obras de caridad, su apoyo constante a los conventos y monasterios de Ferrara y todas las penitencias a las que se había sometido para purgar sus adulterios con Pietro Bembo y Francesco Gonzaga no fueran a servir de nada tras el anatema del papa.
Y no sólo tenía miedo por el destino de su alma y la de los suyos si una enfermedad mortal les golpeaba sin poder recibir el sacramento de la extremaunción, sino que también le espantaba la idea de que la Providencia le mandara más castigos en forma de abortos o muertes de sus seres queridos; en especial, de sus hijos.
No obstante, también recordó que Giuliano della Rovere había sido el acérrimo enemigo de su familia desde hacía más de treinta años y conocía bien el carácter colérico, rencoroso y traidor del papa de Roma.
A pesar del miedo y la angustia, ella era una Borgia, la última que quedaba en Italia con la determinación y el valor de los papas Calixto y Alejandro y de su hermano César.
Formaba parte de la estirpe que, en cincuenta años, habían logrado ascender desde la pequeña nobleza de una villa del Reino de Valencia hasta la cima del poder en Europa.
Y si Julio II —que no pudo derrotar a Alejandro VI hasta que no estuvo muerto y a César Borgia hasta que no estuvo enfermo— lo había olvidado, ella se encargaría de sacarlo de su error. Por las malas.
La duquesa respiró hondo un par de veces para apaciguar los latidos de su corazón desbocado que parecía oírlo retumbar, en medio del silencio viscoso de la cámara grande, como si fueran los tambores de batalla que marcaban el paso de las compañías de piqueros suizos.
Se alisó la falda del bellísimo vestido de brocado azul que llevaba puesto y se levantó del asiento para, en señal de lealtad y obediencia, arrodillarse junto a los pies de su marido.
—Que el papa Julio lance todas las maldiciones que quiera —dijo en voz alta para que todos la oyeran— y que Nuestro Señor juzgue con severidad el uso espurio del poder que le ha sido concedido, pues no será el primer portador de la tiara pontificia que acabe en los pozos del infierno.
Ferrara resistirá porque tiene murallas, cañones, hombres para manejarlos, trigo, aceite y vino para alimentarlos y, sobre todo, tiene un duque con coraje para defenderla.
—Y a una duquesa con la inteligencia y la gracia para inspirarla —proclamó Alfonso mientras levantaba a Lucrecia del brazo y le besaba la mano.
Uno a uno, todos los presentes en la cámara grande se fueron poniendo de pie, con la mirada fija en la pareja ducal.
— Ab immemorabili virtus! —gritó Alfonso—. Ab immemorabili virtus!
«La virtud desde tiempo inmemorial.» La corte entera se unió con vítores para repetir el lema ancestral de la casa De Este.
En ese momento, Lucrecia pensó que iban a necesitar algo más que la virtud para hacer frente a la amenaza del papa Julio.
Iban a necesitar aliados, hombres y, sobre todo, dinero.
Si tenía alguna esperanza de retomar a corto plazo su proyecto de aterrar los pantanos y dragar las marismas para convertirlas en tierras de cultivo, la descartó de inmediato.
Antes de poder vivir mejor del fruto de los campos de Ferrara, primero había que conseguir que Ferrara siguiera existiendo.
Tal y como había previsto el canciller, las viandas se quedaron en los aparadores dispuestos para la corte sin que nadie se atreviera a tocarlas. No obstante, ya en los aposentos privados del duque, Lucrecia ordenó que se sirviera un refrigerio.
—¿Cómo es posible, Lucrecia? —murmuró Alfonso, con la voz ronca—. ¿Cómo es posible que Roma pague así a sus aliados? Hace dos años, el santo padre me llamaba hijo predilecto de la Iglesia, me prometía la Rosa de Oro y bendecía mis cañones. Y ahora nos arroja al infierno con su anatema.
—No olvides nunca, esposo —le respondió mientras le apretaba la mano para transmitirle calma—, que no ha visto la historia a un traidor de la calaña de Giuliano della Rovere.
Mientras necesitaba a Ferrara para derrotar a Venecia, te colmó de elogios.
Pero ahora teme a Francia, y tiene miedo también de que Ferrara, con tus cañones y su oro, vuelva a inclinar la balanza.
—¿Que Della Rovere teme a Francia? —Alfonso soltó una carcajada amarga—. ¡Pero si fue él quien la trajo a Italia! ¡Fue él quien convenció al rey Carlos de que invadiera Roma e intentara deponer al papa Alejandro! ¡En Aviñón estuvo refugiado durante años! A Julio II le puede la codicia.
—No es sólo el botín, querido. —Lucrecia asintió—.
Es el poder. Curiosamente, este pontífice quiere lo mismo que quiso el papa Alejandro: que los Estados Pontificios sean un reino, no una colección de feudos.
Y Ferrara, con su artillería, su puerto y su independencia, es una espina en su costado.
Por eso te excomulga. Por eso pone a la ciudad bajo interdicto.
Quiere que el pueblo te tema. Más bien que te odie.
Pero no debemos doblegarnos. Ni ante él ni ante ningún papa.
Hemos resistido a muchas cosas y también lo haremos ante la cólera de Julio.
—¿Tú crees?
—No estás solo, Alfonso. El pueblo te respeta.
Y yo... yo sé lo que es ser hija de la Iglesia y, al mismo tiempo, su víctima.
No dejes que el odio te ciegue. Julio II es astuto, pero también es viejo y está rodeado de enemigos.
Francia no olvidará tan fácilmente a su aliado de Agnadello.
Y el papa tampoco puede permitirse luchar a la vez en todos los frentes.
Debemos reforzar nuestra alianza con Francia y prepararnos para la guerra.
—¿Harás como Caterina Sforza, Lucrecia? —Alfonso la miró divertido—. ¿Encargo a mis armeros una coraza y una espada para ti? ¿O quizá prefieres una pistola a ruota tedesca para que la ciñas a tu corpiño?
—¡No, querido esposo! —rio la duquesa—. Mi reino no es de ese mundo. Las guerras se ganan con batallas y ése es tu cometido. Pero las batallas se ganan con dinero. Y ése es el mío.