El mirto y el puñal 70
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Las contraventanas de madera habían permanecido cerradas durante todo el día para evitar que el siroco —el sofocante viento del sureste que barría como una lengua de fuego la llanura del Po— traspasara los gruesos muros de la villa de recreo.

Messer Giovanni Filoteo Achillini —el canciller del duque Alfonso— también había retrasado el acto hasta casi el anochecer para evitar que la corte tuviera que reunirse en las horas más bochornosas.

Sin embargo, ambas precauciones habían sido en vano y la cámara grande de la delizia de Belriguardo parecía el interior de un horno en el que el artesonado del techo de madera dorada, los muebles de nogal y los tapices que colgaban de las paredes fueran el combustible a punto de arder.

Achillini echó un último vistazo a la estancia para cerciorarse de que todo estaba en su sitio.

Los criados habían dispuesto lebrillos de fina cerámica de Faenza llenos de agua del manantial de la villa de recreo; en algunos flotaban melocotones, ciruelas e incluso las últimas cerezas de los huertos ducales, mientras que en otros había olorosas ramas de mirto, cáscaras de limón y hojas de menta para que su aroma refrescara el ambiente.

Además, había jarras de vino blanco fresco, porciones de mazapán, fruta confitada, queso blanco y pan tierno, si bien el canciller se temía que todas aquellas viandas iban a ser devueltas a las cocinas sin tocar.

Después, ordenó al chambelán de la delizia que hiciera pasar a los pajes que iban a atender a los invitados aquella noche.

Eran una docena de muchachos de entre once y catorce años, cuidadosamente elegidos entre las familias más nobles de Ferrara que se mezclaban con otros niños de alta alcurnia que se educaban en la corte.

Entre ellos estaba el primogénito de Lucrecia, Giovanni, al que hacía pasar por hijo de César, junto a Girolamo, el verdadero retoño del Valentino.

La función de ambos, junto al resto de los pajes y a pesar de su distinguida cuna, era, más que servir vino y comida y, llegado el caso, refrescar el aire con flabelos de plumas de avestruz, escuchar.

Nadie pretendía humillar a aquellos niños haciéndoles servir como si fueran criados, porque de lo que se trataba, sobre todo, era de que oyeran a sus mayores y aprendieran el arte de gobernar, lo cual no se permitía a la verdadera servidumbre.

Cuando los chicos ocuparon sus puestos, messer Achillini indicó al chambelán que se abrieran las puertas de la cámara grande y tomó asiento tras el pequeño pupitre que siempre ocupaba en las ceremonias oficiales, a la derecha del trono ducal.

Sobre la minúscula mesa estaba el cilindro de cuero sellado con un pegote de lacre rojo en el que se distinguía el emblema con las llaves cruzadas de San Pedro coronadas por la tiara pontificia y el roble dorado de ramas cuajadas de bellotas: el escudo de armas del papa Julio.

A pesar del sello, el canciller ya conocía el contenido del documento que se guardaba en el interior del tubo.

Como, en cuestión de un par de días y para su desesperación, lo conocería toda Italia y media Europa.

La llegada de los miembros del consejo de los sabios sacó al canciller de sus pensamientos.

Los doce hombres —elegidos entre los ciudadanos más sabios, nobles y experimentados del ducado— se sentaron en los bancos reservados para ellos delante de los secretarios, todos juristas, que cada uno traía para asistirle.

Después apareció Segismundo, el hermano pequeño del duque, a quien el mal francés le había debilitado tanto que necesitaba apoyarse en un bastón en cada mano para caminar bajo la atenta mirada de dos criados que, de vez en cuando, lo sujetaban por los hombros para que no se desplomara.

«Pobre muchacho —pensó Achillini, que, además de jurista, algo sabía también de medicina gracias a su hermano Alessandro, el célebre médico boloñés—, tan roto por la lujuria cuando ni siquiera ha cumplido los veinte años. »

Otros cargos menores de la corte de Ferrara como los podestà de las villas más importantes del ducado fueron llegando y ocupando los puestos que el chambelán iba señalando con la punta de la pequeña vara dorada que indicaba su cargo y su rango.

No obstante, el maestro de ceremonias se cuidó mucho de darle instrucción alguna al orgulloso —y tan peligroso como rencoroso— Hipólito de Este, que entró en la estancia como un vendaval seguido, casi a la carrera, por su secretario personal, el poeta Ludovico Ariosto.

La cara de pocos amigos del cardenal indicaba a las claras que la situación era gravísima y que, al igual que el canciller Achillini, el contenido de aquel cilindro de cuero repujado no iba a traer nada bueno.

Aún pasaron unos instantes más antes de que Alfonso de Este, duque de Ferrara, con su esposa Lucrecia del brazo hicieran su entrada en la cámara grande.

Tras ellos —uno de la mano de la esclava Caterineta y el otro en brazos de Ángela Borgia— venían los dos hijos de la pareja: Hércules, que ya caminaba, e Hipólito, nacido casi un año antes y que era tan sano y robusto como su hermano mayor; tanto que la prima de Lucrecia se tenía que esforzar para que el inquieto infante no saltara de su regazo.

Cuando la familia ducal ocupó los tronos en el estrado, Alfonso habló:

— Messer Achillini —dijo—. Proceded, si tenéis la bondad.

—De inmediato, excelencia. Interceptamos un mensajero papal con este documento en el puente de Pontelagoscuro y, según dijo cuando fue interrogado, su destino era Venecia y...

—¡Hipólito! —interrumpió Alfonso—. ¿Sabíamos que el santo padre había enviado mensajeros?

—Por supuesto, mi señor duque. Mis espías en el Palacio Apostólico están muy dentro del círculo del papa. —El cardenal mostró una sonrisa maligna—. De algunos, incluso, se podría decir que suelen tener al papa dentro con cierta frecuencia. O al menos a una parte de él.

Achillini se tapó la boca con las manos para reprimir una risa.

Era de sobra conocida la afición de Julio II —idéntica a la de su tío el papa Sixto IV— por los jóvenes efebos, pero no podía imaginar que el cardenal Hipólito hubiera conseguido corromper a uno de ellos para que le revelara secretos que el santo padre sólo contaba a sus amantes.

—Continuad, messer Achillini —zanjó el duque.

—Sabíamos, excelencia, que esto —el canciller tomó el cilindro de cuero y rompió el lacre con el sello papal— iba a llegar.

Desde esta primavera, los informantes de su eminencia el cardenal Hipólito advertían que el papa estaba reclutando tropas que comandó personalmente para asediar Mirandola, que sigue bajo sitio, y que ha iniciado conversaciones con el dogo de Venecia, el rey de Aragón, el emperador del Sacro Imperio e incluso con el soberano de Inglaterra para expulsar a los franceses de todos sus territorios de Italia y, en especial, de Milán y Génova.

Lucrecia se percató de que su marido, pese a que intentaba mantener una actitud fría como correspondía a un príncipe, apretaba los reposabrazos del trono ducal ante la indignación que le producía la traición del santo padre.

Sólo quince meses antes, Giuliano della Rovere había nombrado al duque gonfaloniero y capitán general de la Iglesia —el mismo cargo que tuvo César Borgia— y como tal mandó a las tropas pontificias, que, junto a las francesas, derrotaron a Venecia en la batalla de Agnadello.

Ahora, Julio II se aliaba con los gentilhombres de la ciudad de la laguna para guerrear contra los franceses y, de paso, arrebatar a los De Este el Ducado de Ferrara como había arrebatado Bolonia y Perusa a los Bentivoglio tras excomulgarlos.

—Y sabemos, signori —continuó Achillini mientras desplegaba el papel que había extraído del cilindro—, que la víspera del día de San Lorenzo, el papa Julio celebró un consistorio en el que hizo pública la bula que...

El canciller enmudeció durante unos instantes, temeroso de pronunciar la palabra que ya podía leer en la parte superior del pliego.

—No temáis en decirlo, messer Achillini —intervino el duque—. La bula de excomunión hacia mi persona. Es más: leedla. Que toda la corte de Ferrara pueda comprobar la clase de marrajo traidor que es el papa de Roma.

—«Iulius Episcopus —leyó el canciller—, Servus Servorum Dei et Pater Principum et Regum, Ductor Mundi et Vicarius Salvatoris nostri Iesu Christi in terris.»

Lucrecia no pudo reprimir una expresión de asombro porque al tradicional y humilde título de «siervo de los siervos de Dios» que, desde los tiempos de san Gregorio Magno —hacía más de nueve siglos— usaban los papas para encabezar las bulas, Julio II había añadido la fórmula que se empleaba sólo en la coronación, cuando el cardenal camarlengo le recordaba que era padre de príncipes y reyes, guía del mundo y vicario en la tierra de Nuestro Señor Jesucristo.

Ninguno de los antecesores de Giuliano della Rovere se había atrevido a tanto.

—«Porque Alfonso de Este, duque de Ferrara —continuó Achillini—, con ánimo pertinaz y voluntad contumaz, no sólo ha mostrado desobediencia y rebelión contra la santa madre Iglesia, sino que también ha tomado las armas hostilmente contra ella y ha ocupado sus tierras.

Nos, divina instinctu et apostolicae potestatis plenitudine, ipsum Alphonsum, eiusque complices, fautores et sequaces, excommunicationis sententia, anathematizamus, ab omni consortio fidelium sequestramus, et terram Ferrariensem sub interdicto ponimus, donec ad veram obedientiam et humilem submissionem redeant».