El mirto y el puñal 69 #3
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El primer cañonazo de la Principessa retumbó como un latigazo.

La bala de hierro surcó el aire y cayó en medio de una compañía de infantería veneciana, levantando una nube de tierra, sangre y gritos.

Los artilleros de Alfonso, bien entrenados, recargaron con rapidez y dispararon de nuevo.

La Regina, con su boca de bronce, escupió una andanada de bolas de hierro que, unidas a pares por una cadena, barrió una línea entera de piqueros haciendo saltar piernas y brazos por los aires como un granizo siniestro.

El efecto fue devastador. Los venecianos, sorprendidos por la precisión y la cadencia de fuego de la artillería ferrarense, vacilaron.

Sin embargo, Bartolomeo d’Alviano, lejos de amedrentarse, ordenó avanzar a sus hombres y respondió con sus propios cañones, pero la inferioridad de sus piezas era evidente: los proyectiles caían cortos o se perdían en los campos encharcados.

Alfonso, satisfecho, observó cómo la infantería francesa aprovechaba la confusión para avanzar. Los suizos, con sus largas picas, empujaban a los venecianos hacia el canal, mientras los arcabuceros disparaban a placer desde la cobertura de los viñedos.

En el flanco derecho, la caballería pesada francesa, al mando del capitán Yves d’Alègre, cargó contra los estradiotes albaneses.

El choque fue brutal: lanzas rotas, caballos derribados, hombres aplastados bajo el peso de las armaduras.

Pero la superioridad numérica y la disciplina francesa se impusieron.

Los estradiotes, tras una breve resistencia, se dispersaron en desorden.

D’Alviano, viendo que su posición era insostenible, envió mensajeros a Niccolò Orsini pidiendo refuerzos.

Pero su primo, fiel a su carácter prudente, dudó.

Temía que un avance precipitado expusiera al grueso del ejército veneciano a un ataque envolvente.

Mientras tanto, la retaguardia de D’Alviano, aislada y superada en número, comenzó a ceder terreno.

Alfonso descendió de su observatorio y cabalgó hacia la línea del frente.

Quería ver de cerca el efecto de sus cañones.

El campo de batalla era un caos de humo, gritos y sangre.

Los cuerpos de los venecianos se amontonaban en las acequias, las banderas caídas se mezclaban con las armas rotas y los caballos muertos.

Un capitán ferrarense, cubierto de barro y sangre, se acercó al duque.

—Excelencia, la línea veneciana se rompe. D’Alviano intenta reagrupar a sus hombres cerca de la granja de Mirabellino, pero nuestros piqueros avanzan sin oposición.

—Que no se detengan —ordenó Alfonso—. Si los venecianos logran reagruparse, podrían resistir hasta que llegue Orsini. Hay que aplastarlos ahora.

El capitán asintió y corrió a transmitir la orden. Alfonso, mientras tanto, se detuvo junto a un grupo de artilleros que recargaban la Principessa.

—¿Cuántos disparos habéis hecho? —preguntó.

—Ocho, excelencia. La recámara está caliente como los pozos del infierno, pero la pieza aguanta.

—Que no se detenga, capitano . La Principessa aguantará.

A media tarde, el cielo comenzó a oscurecerse. Nubes negras se arremolinaban en el horizonte y un viento frío barrió la llanura. Alfonso intuyó que se avecinaba una tormenta y ordenó a sus hombres que protegieran la pólvora y aseguraran las piezas.

En efecto, el aguacero estalló de repente, convirtiendo los campos en un lodazal.

La infantería veneciana, ya desorganizada, quedó atrapada en el barro.

Los franceses, mejor preparados, aprovecharon la confusión para avanzar.

Los cañones, aunque menos efectivos bajo la lluvia, seguían disparando a intervalos regulares.

D’Alviano, viendo que todo estaba perdido, intentó organizar una retirada hacia el sur, pero la caballería francesa, que había rodeado la posición veneciana, cerró el cerco.

Los venecianos, rodeados y sin posibilidad de escapar, comenzaron a rendirse en masa.

El campo de batalla, que al amanecer era un tapiz verde y dorado, se había transformado en un infierno de barro, sangre y cuerpos destrozados.

Alfonso, empapado y cubierto de lodo, recorrió la línea del frente.

Vio a los suizos rematando a los heridos, a los franceses saqueando los carros venecianos y a los antaño temibles estradiotes huyendo en desbandada.

En el centro del campo, la bandera de San Marcos yacía en el barro, pisoteada por los caballos franceses.

Al anochecer, la batalla había terminado.

Los franceses y sus aliados habían obtenido una victoria total.

Más de cinco mil venecianos yacían muertos o heridos en el campo; miles más habían sido hechos prisioneros.

D’Alviano, herido y capturado, fue llevado ante Amboise, que lo recibió con una mezcla de respeto y desprecio.

—Habéis luchado con valor, signore —dijo el mariscal—, pero la fortuna no ha estado de vuestro lado.

—La fortuna es una ramera, excelencia —respondió D’Alviano cubierto de sangre y barro—. Hoy os sonríe a vos y a los vuestros; pero mañana puede volver a mí.