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Conforme se alejaba el comandante supremo, aumentaba el estrépito de los tambores franceses que llamaba a las tropas a ocupar sus puestos.
Los piqueros suizos reclutados por el papa, con sus largas lanzas brillando al sol, formaron cuadros defensivos en el centro mientras que, a los flancos, se disponía la caballería borgoñona que no actuaría hasta recibir la orden de envolver a los venecianos.
La artillería, desplegada en la cima del altozano y otros puntos de mayor altura, apuntaba hacia los campos donde ya se vislumbraban los estandartes con el león de san Marcos.
Alfonso sabía que en el cuartel general aguardaban viejos conocidos como el ya anciano mariscal Trivulzio, el conquistador de Milán o el gentil capitán Yves d’Alègre, el raptor de Julia Farnesio, la amante del papa Alejandro, durante la guerra del rey Carlos de hacía catorce años.
Imaginó que no tardarían en reclamar también su presencia, por lo que aprovechó aquellos instantes para volver a inspeccionar sus cañones.
Los artilleros, sudorosos y cubiertos de hollín, ajustaban las cuñas y comprobaban las mechas.
Alfonso se detuvo junto a la Principessa y acarició el bronce pulido.
—Hoy harás historia, muchacha —murmuró, como si hablara a una criatura viva.
En ese momento, uno de los mensajeros que corrían entre el cuartel general y las líneas del frente —un muchacho de unos diez u once años— llegó corriendo hasta la posición del duque.
—Excelencia, me han ordenado desde el cuartel general que os diga que los venecianos han avanzado hacia el canal de Mirabello, donde han desplegado la artillería ligera. Para que calibréis vuestras armas.
—Bien —dijo Alfonso—. ¡Sargento! Que las piezas estén listas, pero no disparéis hasta que yo lo ordene.
El sargento artillero asintió con la cabeza para indicar que había recibido la orden.
Alfonso subió a la pequeña plataforma de observación que había hecho instalar junto a sus cañones.
Desde allí podía ver el despliegue enemigo: los estandartes venecianos ondeaban sobre una masa compacta de infantería, flanqueada por la caballería ligera de los estradiotes albaneses.
Más atrás, los cañones venecianos, menos numerosos pero, según juzgó Alfonso, bien emplazados, aguardaban la señal para empezar a regar con fuego los trigales recién nacidos y llenar de sangre las acequias.
El sol seguía ascendiendo, tan implacable como indiferente hacia la matanza que estaba a punto de desatarse bajo sus rayos.
El calor comenzaba a hacerse insoportable bajo la armadura.
Alfonso se quitó el guantelete derecho y se secó la frente.
Se acordó entonces de Lucrecia, de nuevo embarazada en Ferrara, y de su hijo Hércules, que crecía fuerte y sano.
Por un momento se sintió mal consigo mismo.
No amaba a Lucrecia, nunca lo había hecho ni ella a él, pero con el tiempo había aprendido a respetarla y a valorarla tanto como regente del ducado en su ausencia como —y sobre todo— garante del futuro de su casa y más aún al considerar que no podía confiar del todo en su hermano el cardenal Hipólito, maestro de intrigas, ni, por supuesto, en Ferrante y Giulio, encerrados de por vida en las mazmorras del castillo de San Miguel.
Su otro hermano, el pequeño Segismundo, era leal como un perro de caza, pero, para su desgracia, no había conseguido recuperarse del todo del mal francés que padecía desde hacía casi diez años y que lo obligaba a estar largas temporadas en cama; por tanto, lo imposibilitaba para ayudarle a gobernar.
Volvió a acariciar el bronce labrado de la Principessa mientras miraba con arrobo a la Regina y al resto de las piezas en las que, junto a los hombres, la pólvora y las diez mil cosas más que se necesitaban para hacer la guerra, se había gastado los veinte mil ducados que Lucrecia pretendía invertir en transformar las ciénagas de Ferrara en campos cultivables como los que estaba a punto de destruir.
Su esposa ni siquiera rechistó cuando le comunicó su decisión y sabía bien el porqué.
Había sido él quien ordenó el asesinato de Ercole Strozzi.
Era cierto que nunca le había agradado el poeta y secretario de su mujer, pero ése no fue el motivo por el que lo había condenado a muerte.
Lo hizo cuando supo que Strozzi era el mensajero de las cartas de amor que Lucrecia y el cuñado de ambos —Francesco Gonzaga, marqués de Mantua— intercambiaban, así como el artífice de los encuentros para el adulterio que los dos celebraban durante sus ausencias o bajo mil pretextos.
Aunque hubiera podido denunciar la situación ante el consejo de los sabios e iniciar un proceso contra Lucrecia para repudiarla, no quiso hacerlo porque, en realidad, admiraba a su mujer y, en el fondo, no consideraba un crimen que la duquesa buscara el amor.
Sin embargo, también era el duque de Ferrara y no podía consentir que su autoridad y reputación se vieran afectadas si se llegaba a saber.
Además, Gonzaga era el marido de su hermana Isabella —con la que no tenía vida marital desde hacía años—, por lo que la ofensa a la casa De Este se agravaba.
Era necesario, pues, enviar un mensaje tan claro como brutal.
Mensaje que, estaba seguro, Lucrecia había recibido y más aún después de que el asesinato de Strozzi hubiera quedado sin investigar.
Otro mensajero llegó hasta donde estaba el duque de Ferrara para sacarlo de sus pensamientos.
—Mi señor duque —dijo el recién llegado—, el mariscal de Amboise solicita la presencia de vuestra señoría en el cuartel general. De inmediato, si tenéis la bondad.
Alfonso asintió y montó de nuevo. Mientras cabalgaba hacia el cuartel, el estruendo de los primeros cañonazos sacudió el aire. La batalla había comenzado.
El estruendo de la artillería francesa retumbó en la llanura como un trueno anticipado.
Alfonso de Este, al llegar al cuartel general, percibió la tensión en el aire: oficiales y mensajeros iban y venían, los mapas se desplegaban sobre mesas improvisadas y el mariscal de Amboise, con el ceño fruncido, escuchaba los informes de los exploradores.
—Excelencia —dijo Amboise al ver llegar a Alfonso—, los venecianos han avanzado más de lo esperado. D’Alviano ha desplegado su retaguardia en Mirabello y ha abierto fuego con su artillería ligera. Orsini, en cambio, permanece indeciso cerca de Pandino.
Alfonso asintió, repasando mentalmente el terreno. Sabía que la clave de la batalla sería la movilidad: los campos y, sobre todo, las charcas y las acequias podían convertirse en una trampa mortal para la caballería pesada, pero también para la infantería si se veía obligada a retroceder.
—¿Qué ordenáis, excelencia? —preguntó Alfonso, consciente de que su artillería podía decidir el curso de la jornada.
—Avanzaremos en tres columnas —respondió Amboise—.
La vanguardia, bajo mi mando, atacará Mirabello y tratará de envolver la posición de D’Alviano.
El núcleo central, con el grueso de la infantería y la artillería pesada, avanzará en línea recta hacia Agnadello.
La retaguardia, al mando de Trivulzio, cubrirá el flanco izquierdo y estará lista para intervenir donde sea necesario.
Alfonso asintió. Sabía que la coordinación sería difícil: el terreno, surcado de acequias y canales, podía romper la formación en cualquier momento. Pero también sabía que la superioridad numérica y, sobre todo, la artillería estaban de su lado.
—Mis cañones abrirán fuego cuando la infantería veneciana cruce el canal de Mirabello —ordenó—. Quiero verlos avanzar bajo una lluvia de metralla.
Amboise sonrió, satisfecho.
—Confiamos en vos, duque de Ferrara. Hoy vuestra artillería será la voz de la Liga.
El avance francés comenzó poco después del mediodía.
El sol, ya en lo alto, arrancaba destellos de las armaduras y de los cañones.
Los piqueros suizos, disciplinados y silenciosos, marchaban en formación cerrada, seguidos por los arcabuceros y la caballería pesada.
A los flancos, los jinetes ligeros gascones y los pesados borgoñones aguardaban la señal para cargar.
Alfonso, desde su observatorio junto a la Principessa, contemplaba el movimiento enemigo.
Los venecianos, confiados en su número y en la calidad de sus capitanes, avanzaban en orden disperso.
D’Alviano, siempre impaciente, había adelantado su retaguardia y desplegado la artillería ligera en una posición expuesta, cerca del canal de Mirabello.