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El sol ascendía sobre la llanura lombarda como un carbón encendido deshaciendo la bruma que bailaba encima de los trigales recién nacidos y acariciaba los troncos de las moreras que flanqueaban los caminos.
La brisa matinal hacía que las aguas del río Adda y las docenas de acequias que de él brotaban centellearan como cadenas de plata que definían los campos y que se perdían en las cenagosas charcas que permanecían allí donde el viejo pantano no había sido domesticado.
Desde la colina baja donde había detenido su caballo, Alfonso de Este dedicó unos instantes a contemplar el damero verde de terrenos ganados a las marismas que se extendía a sus pies.
Entendió mejor entonces el empeño de Lucrecia para hacer lo mismo en Ferrara, si bien el proyecto de su esposa era mucho más complejo, ya que aquellas tierras que tenía ante sí eran mucho menos pantanosas que las de su ducado.
Pero, más allá de la dificultad técnica que suponía dragar cientos de biolche para convertirlas en huertos, había otro problema aún peor: el dinero.
Y es que los veinte mil ducados del préstamo que Lucrecia había conseguido de los banqueros florentinos y genoveses, al final, no fueron para construir arados, sino espadas.
«O por ser más precisos —pensó el duque de Ferrara—, artillería. Mi artillería.»
Alfonso apartó la vista de los campos para fijarla en sus dos motivos de orgullo con los que, probablemente, iba a colaborar de manera decisiva en la destrucción de la próspera planicie cultivada: la culebrina Principessa y el cañón Regina, que él mismo había diseñado y ayudado a construir.
Durante toda la noche, sus hombres habían trabajado como mulas para situar las dos armas en la cima del único altozano, sembrado de viñas, que dominaba la llanura, mientras las otras bombardas y falconetes salidos de sus talleres de Ferrara aún se distribuían, a toda prisa, por donde los generales de la Liga de Cambrai pensaban que se iba a desplegar la línea del frente.
El estrépito de cascos de caballos a su espalda sacó a Alfonso de Este de su ensimismamiento.
Con un gesto ordenó a su palafrenero que le diera la vuelta a su montura para recibir de frente a Carlos de Amboise, gran mariscal de Francia y comandante supremo del ejército surgido del acuerdo del papa Julio con el emperador Maximiliano de Habsburgo, los reyes de Francia, Aragón y Hungría, los duques de Ferrara y Saboya y el marqués de Mantua.
En el pacto firmado en Cambrai —dominio francés— se proclamó que el motivo de la alianza era organizar una cruzada contra los turcos para recuperar Constantinopla y los santos lugares que ninguno de los firmantes pensaba llevar a cabo porque su objetivo real era otro bien diferente: arrebatar a Venecia los territorios que la Serenísima República se había anexionado en los últimos años y, en especial, desde la caída de César Borgia y el vacío de poder que se originó después de ella.
—No es un buen lugar para una batalla, excelencia —dijo el recién llegado en cuanto se puso a la altura de Alfonso de Este—. Demasiada agua oculta para nuestra caballería.
—En efecto, excellence —respondió el duque de Ferrara en francés—. Los acontecimientos se han precipitado desde la caída de la villa de Treviglio.
—No me duelen prendas en reconocer que nos equivocamos, mi señor duque —continuó Amboise—.
No debimos retirarnos a Milán a esperar a mi primo el rey Luis y dejar sólo a mil seiscientos infantes para defender un pueblo al que nosotros mismos habíamos dejado sin murallas gracias, por cierto, a la eficacia de vuestra artillería, por lo que vuelvo a felicitaros.
—Gracias, excellence . Y aún no habéis visto nada. Los besos de fuego y metralla de la Principessa y la Regina son igual de efectivos contra la piedra que contra la carne.
—Pronto tendremos ocasión de comprobarlo, excelencia. Sólo espero que nuestra equivocación no sea irreversible.
—Los infantes gascones vendieron bien cara su derrota.
—Una derrota es una derrota, mio caro duca , mi querido duque, tenga ésta el precio que tenga. Aunque quizá la victoria de los venecianos sobre Treviglio les salga aún más cara que a nosotros.
—¿Por qué decís eso?
—Los espías nos acaban de decir que las disputas entre Bartolomeo d’Alviano y Niccolò Orsini son constantes y que la destrucción y el saqueo de Treviglio que autorizó el primero ha agravado aún más la situación.
Alfonso de Este asintió con la cabeza para indicar que algo sabía.
Conocía a los dos generales del ejército veneciano y, aunque eran primos, no podían ser más distintos.
Ambos eran romanos y de la familia Orsini.
D’Alviano —de cincuenta y cuatro años— era de baja estatura, figura rechoncha y ciertamente fea, pero tan valiente hasta lo temerario como falto de escrúpulos y caridad a la hora de enviar a docenas de hombres a la muerte.
Él —junto a su mujer, Bartolomea Orsini— había sido el artífice de la humillante derrota de Juan Borgia en Bracciano y Lucrecia le había contado sus sospechas de que también había sido su mano la que estaba detrás del asesinato del duque de Gandía, con el permiso explícito o tácito del propio César Borgia.
Niccolò Orsini, a diferencia de su primo, era alto y gallardo y había forjado su prestigio militar gracias a su prudencia.
Entendía que la mejor forma de ganar una batalla era no perdiéndola y, a ser posible, no librándola y que fuera el hambre, la peste, el mal tiempo o la indisciplina los que hicieran la mayor parte del trabajo.
Por eso, a sus sesenta y siete años, había luchado bajo las banderas de Nápoles, Florencia, el papado y, desde hacía trece años, de Venecia para la que había conquistado, casi sin dar ni un solo cañonazo, las villas de Rímini y Faenza tras la caída de César Borgia.
—D’Alviano y Orsini nunca se han llevado bien —dijo Alfonso de Este— y entienden el arte de la guerra de formas muy diferentes.
—Y tanto. Niccolò Orsini reprocha a D’Alviano que diera permiso a sus mercenarios para saquear la villa de Treviglio, porque un buen número de ellos han desertado ya para vender el botín obtenido.
Y los que se han quedado se quejan de no haber participado y de que las perspectivas no son buenas porque Cassano d’Adda —Amboise señaló la villa que tenía a su espalda y donde estaba su cuartel general— no parece tan rica.
—Y, además —Alfonso de Este esbozó una sonrisa malévola—, nosotros estamos en medio. Y casi los doblamos en número.
—Y no sólo en número.
—¿No?
—También en calidad. Los espías nos dicen que al menos una quinta parte de los hombres son de ordenanze , campesinos, pastores y menestrales armados y mal entrenados que no recibirán más paga que tres ducados por cada cuarenta días de servicio, la exención de impuestos durante cinco años y lo que puedan saquear.
—También cuentan con miles de estradiotes albaneses y con los temibles brisighelli del capitán Dionigi Naldi. Y tampoco andan escasos de artillería.
—Os recuerdo que la compañía del capitán Naldi no fue capaz de resistir el asedio de Imola de vuestro cuñado César Borgia, que en paz descanse y, ojalá, Dios le haya perdonado todos sus pecados.
—Lo sé, excellence —dijo Alfonso con cierta condescendencia orgullosa—. Yo estaba allí. Y aunque se rindieron, debo reconocer que lucharon con bravura hasta que toda resistencia fue inútil.
El sol, ya alto, comenzaba a calentar las corazas y los yelmos, convirtiendo la espera en un suplicio.
El rumor de la batalla inminente se extendía como una fiebre entre los hombres de armas, los piqueros suizos y los arcabuceros franceses que, alineados en la linde de los campos, aguardaban la señal para avanzar.
El aire olía a hierba fresca, pero también a sudor y hierro. Y también a miedo.
Alfonso de Este, mientras escuchaba al gran mariscal Amboise, no podía evitar repasar mentalmente el despliegue de sus piezas.
Los franceses, a fuerza de haber sido derrotados varias veces en Italia, habían aprendido por las malas que las brutales cargas de la caballería pesada de Borgoña con sus colosales bestias conducidas por jinetes forrados de acero ya no eran tan efectivas como antaño.
Si en Nápoles, el Gran Capitán había demostrado que la guerra del presente se hacía con la infantería, Alfonso estaba convencido de que la del futuro —un futuro inminente— se haría con la artillería.
Sus cañones, fundidos en Ferrara bajo su supervisión, eran la envidia de media Europa.
La Principessa y la Regina, con sus bocas de bronce reluciendo al sol, aguardaban el momento de escupir fuego sobre los venecianos.
—¿Habéis recibido noticias de los movimientos de D’Alviano, excellence ? —preguntó Alfonso, bajando la voz.
Amboise asintió, sombrío.
—Nuestros exploradores informan de que la retaguardia veneciana, al mando de D’Alviano, se ha adelantado hacia Mirabello, que así llaman a un pequeño caserío en las afueras de Agnadello.
Parece ser que Orsini, más prudente, permanece con el grueso del ejército cerca de Pandino.
Pero D’Alviano, impaciente, ha enviado mensajeros pidiendo refuerzos y, al no recibirlos, parece decidido a atacar por su cuenta.
Alfonso frunció el ceño. Conocía bien ese tipo de arrojo, mezcla de valor y temeridad. Sabía que, si D’Alviano atacaba sin el apoyo de Orsini, los venecianos se expondrían a ser derrotados en detalle.
—¿Y el rey Luis? —preguntó, aunque conocía la respuesta.
—En Milán, aún. Los monarcas, carissimo duca de Ferrara —respondió Amboise con una sonrisa maliciosa—, sólo llegan a las batallas cuando ya han terminado y sólo si las han ganado.
Alfonso lanzó una carcajada que ahogó con la mano cuando un paje llegó hasta donde ambos conversaban para advertir al mariscal De Amboise que su presencia era requerida en el cuartel general.
—Os dejo pues, mi señor duque —dijo el también sobrino del cardenal De Amboise, canciller del rey de Francia—. Buona fortuna.