68 #2
—¡Ya lo creo, signore ! —Giovanni Enrico Gallo rezumaba entusiasmo mientras sacaba otro papel con un dibujo que mostraba dos recipientes unidos por un tubo curvado—.
Éste es el diseño de Herón de Alejandría.
Los antiguos sabían cosas que hoy parecen milagros.
Veréis: el sifón funciona por la fuerza de la naturaleza, no por la del hombre.
Si colocamos un tubo lleno de agua, con un extremo en el pantano y el otro en un punto más bajo, el líquido fluirá por sí mismo, como si obedeciera a una ley invisible.
La presión y la gravedad harán el trabajo.
No necesitamos bombas ni ruedas, sólo la diferencia de altura y un tubo bien sellado.
Los dos banqueros se inclinaron sobre el papel. Lucrecia, para sus adentros, sonreía porque veía que el joven arquitecto estaba empezando a hechizar al florentino y al genovés de la misma forma que lo había hecho con ella.
—¿Y cómo se llena el tubo? —preguntó Tornabuoni.
—Se llena antes de colocarlo, signore —respondió Gallo—.
Debe estar completamente lleno de agua, sin nada de aire.
Luego, se sumerge un extremo en el pantano y el otro en el canal de desagüe.
El agua comenzará a correr, arrastrando la del pantano.
Es como si el tubo fuera una vena que extrae la sangre enferma para llevarla al río.
Lucrecia sonrió ante la metáfora.
—¿Cuántos sifones se necesitarían? —preguntó la duquesa, aunque sabía la respuesta.
—Para los pantanos cercanos, al menos diez grandes tubos de cobre, cada uno protegido con arcilla para evitar filtraciones. Y debemos excavar canales receptores con una pendiente mínima del cero coma uno por ciento para que el agua siga su curso sin estancarse.
— Messer Gallo me ha contado —añadió Lucrecia— que Herón lo usó para fuentes y juegos hidráulicos, pero nosotros lo aplicaremos para erradicar los miasmas y plantar trigo y cebada.
Si el agua se mueve, las fiebres desaparecerán y la tierra que deje al descubierto podrá ser cultivada. Pero para eso nos hace falta dinero.
—¿Cuánto dinero, excelencia? —intervino el banquero genovés—. ¿De cuánto estamos hablando?
—No menos de veinte mil ducados, messer Lomellini.
—Es una suma considerable, signora —replicó—. Con veinte mil ducados se podría reclutar un ejército de diez mil mercenarios suizos durante un mes.
—Y también se pueden convertir terrenos insalubres en buenos campos de cereal no para un mes, sino para siempre, signore .
—¿Y qué garantías se ofrecen, excelencia? —preguntó Tornabuoni—. ¿Hipotecas sobre tierras ducales? ¿Rentas futuras?
—Ambas —respondió Lucrecia sin titubear—.
Las tierras que se ganen a los pantanos serán propiedad del ducado y se arrendarán a aparceros que venderán sus cosechas a los intermediarios que decidan vuestros bancos durante veinte años o hasta que recuperéis vuestra inversión con los intereses correspondientes.
—Que tendrán que ser del nueve por ciento anual —replicó el banquero con una sonrisa calculada—. Compuesto, por supuesto. El oro debe crecer como la vid.
Lucrecia apoyó la mano sobre los papeles, con gesto firme.
—No, messer Tornabuoni. El oro crecerá como el trigo: una cosecha por año, no más. Interés simple, no compuesto. No permitiré que la deuda se convierta en una hidra que devore Ferrara.
El banquero arqueó una ceja.
—Pero el riesgo...
—El riesgo lo asumo yo —interrumpió Lucrecia, con voz fría y mirando a Lomellini—.
Si el proyecto fracasa, vuestros bancos se podrán quedar con los fondos que mi hermano César tiene todavía depositados en la banca de San Giorgio y que rondan los treinta mil ducados.
Y si no es suficiente, el tesoro ducal de Ferrara asumirá las pérdidas.
Y si, como estamos convencidos, el proyecto funciona, sus señorías tendrán veinte años de grano y vino.
No les ofrezco especulación, les ofrezco certezas.
—Excelencia, en Florencia —arguyó Tornabuoni— aplicamos el interés compuesto desde hace casi dos siglos. Los libros de la banca Médici lo registran: cada año, el capital se reinvierte y crece. Así se levantaron palacios y se financiaron guerras. ¿Por qué habría de ser diferente aquí?
Lucrecia lo miró con frialdad, como si midiera el filo de sus palabras.
—Porque Ferrara no es Florencia, y yo no soy Lorenzo de Médici ni pienso acabar como acabó la familia del Magnífico, exiliada y repudiada.
Aquí la riqueza se mide en biolche y staia , no en números apuntados en un papel que se multiplican en la sombra sin producir nada.
Si acepto vuestro interés compuesto, en veinte años el ducado será esclavo de vuestros libros.
Y yo no negocio cadenas. No hablaremos en abstracto —dijo la duquesa con voz firme—.
Cada biolca que ganemos al agua será riqueza para Ferrara.
¿Saben cuánto vale una biolca bien trabajada?
Dos mil seiscientos sesenta y seis pasos cuadrados de trigo, viñas y huertos.
Una sola biolca alimenta a una familia; cien biolche pueden sostener a un ejército.
Los banqueros se miraron, sorprendidos por la precisión.
—¿Y cuántas biolche promete el ducado? —preguntó Tornabuoni, con tono calculador.
Lucrecia sonrió, dejando que la luz que entraba a raudales por los ventanales resaltara el entusiasmo que brillaba en sus ojos.
—Tras la primera cosecha, no menos de cien.
Y después, doscientas más. Cada una hipotecada como garantía, cada una convertida en oro.
No les ofrezco barro y miasmas de agua estancada, signori , les ofrezco tierra medida, fértil y para mucho más que el mes de servicio de diez mil mercenarios suizos que se puede comprar con veinte mil ducados y con resultado incierto.
Además —continuó Lucrecia—, no les ofrezco promesas vacías, signori , sino cifras.
Cada biolca drenada puede producir hasta cuarenta staia de trigo en una buena temporada.
¿Saben lo que significa? Cuarenta medidas que alimentan familias llenan graneros y se venden en los mercados de toda Italia.
Giovanni Tornabuoni arqueó una ceja.
—¿Y a cuánto se cotiza el staio este año?
—A cuatro ducados por staio , según los mercaderes de Ferrara —respondió Lucrecia sin titubear—.
Y el precio aumenta conforme el grano viaja.
Hagan sus cuentas: cien biolche cada una con cuarenta staia ...
son cuatro mil staia de grano. Doce mil ducados con una sola cosecha.
Oro que se multiplica, oro que regresa a Génova y Florencia con intereses justos.
Ambos banqueros cruzaron miradas de perplejidad. No podían imaginar que aquella joven a la que habían visto olfatear el culo de su hijo como si fuera una vulgar lavandera y no la duquesa de Ferrara no sólo supiera de cuentas; es que además sabía negociar y, lo más importante, sabía convencer.
Y, por tanto, también gobernar.
—Excelencia —dijo Lomellini tras advertir que su colega de Florencia asentía con la cabeza—, veo que negocia como gobierna: con mano de hierro bajo guante de seda. Creo que tenemos un acuerdo.
En cuanto los banqueros se marcharon, y a pesar de que estaba rodeada de gente, Lucrecia no pudo refrenar su alegría y sacó al pequeño Hércules del moisés para comérselo a besos mientras se reía como una niña.
Lo había conseguido. Tenía el préstamo que iba a permitir convertir centenares de biolche de terreno insalubre en buenos campos de cultivo cuyos apareceros, además de abonar la renta correspondiente al ducado, también pagarían el diezmo eclesiástico.
En ese momento pensó que tendría que negociar con su cuñado, el cardenal Hipólito, que aquellos fondos se quedaran en las iglesias, conventos y monasterios de Ferrara.
No iba a ser fácil porque algo así requería del permiso expreso del papa de Roma y sabía que Julio II, para mantener en pie a su ejército, era insaciable.
No obstante, confiaba en que la aportación de los cañones y los hombres de su marido a las fuerzas pontificias le sirvieran para negociar un buen trato.
Además, había pensado en obligar a las órdenes religiosas del ducado a dedicar esas ganancias para abrir un hospital y un orfanato, y en crear un fondo con el que proporcionar dotes para el matrimonio para las chicas más desfavorecidas de su señorío, así como en redimir prostitutas de los burdeles.
Aunque no quería soñar despierta, simplemente no podía evitarlo.
Era cierto que la amenaza de la guerra con Venecia —cada vez más probable— podía dar al traste con todo el proyecto, pero aquellos instantes de fantasear con su robusto y saludable recién nacido en los brazos la hacían sentirse más que feliz.
Le hacían sentirse dichosa.
Aunque la dicha le duró poco.
El chambelán volvió a entrar en la cámara della Stufa Grande. Traía el rostro desencajado y se notaba que había subido a todo correr las escaleras para dar la noticia.
—¡Excelencia! —gritó—. ¡Han asesinado a messer Strozzi!
Lucrecia tuvo las fuerzas justas para depositar al crío en los brazos de Caterineta antes de derrumbarse en una silla.
—¿Cómo? —acertó a decir—. ¿Cuándo?
—Ha sido esta noche —respondió el chambelán—.
Lo han encontrado en medio de la calle, en la esquina de la iglesia de San Francesco.
Tenía veintidós puñaladas, el cabello arrancado, su muleta partida por la mitad encima del pecho, la bolsa con el dinero intacta y las espuelas puestas.
No había nada de sangre alrededor, por lo que se supone que lo mataron en otro sitio y arrastraron hasta allí su cadáver.
Lucrecia se desmayó.