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Sobre la gran mesa de madera de nogal se desparramaban mapas, papeles y cuadernos con cuentas sobre los que se inclinaban escribanos, ingenieros y arquitectos.
Todos ellos habían superado ya la sorpresa y el reparo que les produjo saber que la duquesa quería que trabajaran en la cámara della Stufa Grande, la estancia más noble y lujosa del castillo de San Miguel que, habitualmente, se utilizaba para ceremonias cortesanas.
La enorme estufa de terracota esmaltada —una obra maestra de artesanos del Tirol que calentaba la sala mediante conductos ocultos en los muros por donde circulaba el aire caliente— dominaba el aposento con su forma cilíndrica, coronada por un remate en forma de piña y forrada de azulejos vidriados en tonos verdes y blancos, con las armas de la casa De Este.
La luz del verano inminente entraba por las ventanas geminadas con vidrieras emplomadas y pintaban de oro los tapices que colgaban de los muros.
Lucrecia ocupaba otra mesa más pequeña sobre la que revisaba uno de los pliegos que le alcanzaban los secretarios.
A su lado, en el suelo y dentro de un moisés que custodiaba Caterineta con más celo que un mastín a su rebaño, dormitaba el pequeño Hércules —que aquel miércoles cumplía dos meses y dos días—, ajeno por completo al trajín de su alrededor e incluso al escándalo que se colaba amortiguado por los gruesos muros de la sala proveniente del mercado de la plaza delle Erbe.
Algún ruido más intenso debió de perturbar el sueño del bebé, que soltó un pequeño gemido y se removió en el interior de la cuna.
En cuanto lo percibió, la esclava se asomó de inmediato para comprobar que todo iba bien y lo mismo hizo su dueña.
Lucrecia sonrió. El infante había nacido el día de San Isidoro de Sevilla.
Aunque el parto fue largo y doloroso, la duquesa logró traer al mundo a un niño sano y fuerte, que mamaba con glotonería —no sólo de los pechos de su madre, sino también de dos nodrizas—, dormía a pierna suelta después de cada toma y que ganaba peso y tamaño casi cada día a ojos vistas.
Tanto era así que su padre hacía que lo desnudara en las recepciones oficiales para poder mostrar con orgullo a todo el mundo sus muslos gordezuelos, su panza prominente y su verga infantil, casi siempre enhiesta para diversión del duque y el resto de los hombres de la corte que celebraban la futura —y sin duda potente— virilidad del ansiado heredero de la casa De Este.
Lucrecia se recreó un rato viendo dormir al niño.
Dios, por fin, la había bendecido con el hijo que tanto ansiaba después de meses de oraciones, rogativas, misas y privaciones.
Desde que recibió la noticia de la muerte de César, había pasado más tiempo en el convento del Corpus Domini que en el castillo de San Miguel o en el palacio ducal.
Aunque había ayudado a Alfonso a organizar los carnavales de aquel año, apenas había participado en ellos tanto por convencimiento como por consejo de los médicos, pues las fiestas llegaron cuando estaba embarazada de siete meses.
Ahora, al ver al pequeño Hércules dormir plácidamente, se dijo a sí misma que todo había valido la pena.
El crío volvió a moverse y a gemir y Lucrecia, como accionada como un resorte, se levantó para cogerlo en brazos antes incluso de que Caterineta consiguiera mover un músculo.
Nada más sacarlo del moisés, lo levantó delante de su cara de forma que el trasero del niño quedó a un par de pulgadas de su nariz.
Lucrecia olfateó las nalgas de la criatura para comprobar que no necesitaba que se le cambiara el pañal y en esa acción la sorprendieron los dos gentilhombres cuya entrada en la cámara della Stufa Grande había anunciado el chambelán y que, absorta en su hijo, había ignorado por completo.
El par de caballeros se quedaron estupefactos al ver a toda una duquesa de Ferrara, Módena y Reggio olisqueando el culo de un niño como si fuera una sierva.
De camino a la audiencia habían comentado entre ellos que se rumoreaba que la hija del papa Alejandro amamantaba ella misma al primogénito de Alfonso de Este, cosa que no creían al principio pero de lo que en aquel momento estaban seguros, por muy impropio de una dama de alta alcurnia que fuera.
—Excelencia —insistió el chambelán—, messer Giovanni Tornabuoni de Florencia y messer Battista Lomellini de Génova.
Los dos hombres superaban ya los sesenta años y vestían como correspondía a los enviados del antiguo banco de los Médici de Florencia y de la Banca di San Giorgio de Génova. Ambos venían acompañados de sendos secretarios, que portaban cartapacios de fina piel de cordero llenos a rebosar de papeles.
—¡Ah, signori ! —exclamó Lucrecia mientras dejaba al pequeño Hércules en brazos de Caterineta—. Disculpadme. No oí al chambelán cuando os anunció por vez primera. Como veis, estamos un poco ajetreados por aquí.
—Ya vemos, excelencia —dijo Tornabuoni—, que un gran proyecto se gesta entre estos muros. Y no sólo me refiero al cuidado del jovencísimo heredero del Ducado de Ferrara, el cual, por supuesto, es vuestra primera ocupación como corresponde a vuestra condición de hembra.
Lucrecia estuvo a punto de contraer el gesto ante la hiriente ocurrencia del banquero florentino, que, a pesar de sus refinados modales, le estaba dejando claro que la consideraba como poco más que una yegua de alta alcurnia. No obstante, le respondió con la mejor de sus sonrisas.
—¡Sin duda, messer Tornabuoni, sin duda! —dijo Lucrecia—. Pero además de la sagrada tarea que tengo encomendada como madre del heredero de la casa De Este, también tengo en mente...
—Imagino que, junto a vuestro esposo, excelencia —le cortó Battista Lomellini—, y con su aprobación, ya que no hemos podido hablar con él. Nos hemos enterado ya aquí en Ferrara de que, aunque regresó de su viaje hacia la corte del rey de Francia, no está hoy en la ciudad.
Por un instante, Lucrecia sopesó poner en su sitio al insolente genovés que la había interrumpido y recordarle que merecía mayor respeto, pero logró controlarse. «Se atrapan más moscas con miel que con vinagre —pensó—, y quiero atrapar a estos dos moscardones, o más bien, el dinero de sus bancos.»
—Por supuesto, messer Lomellini. Mi marido el duque está plenamente informado y aprueba con entusiasmo este proyecto. No se encuentra estos días en la ciudad, pues se halla en la delizia de Ostellato. Probando cañones, por cierto.
—De hecho —insistió el genovés—, estaba convencido de que el duque de Ferrara estaba más interesado en fabricar cañones y probar nuevas municiones de su invención que en desecar pantanos y construir canales.
—Como se dice en el Eclesiastés, signore —respondió Lucrecia—, hay tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo: tiempo para nacer y tiempo para morir; tiempo para plantar y tiempo para cosechar; tiempo para matar y tiempo para sanar.
—¿Y en vuestra opinión, excelencia, en qué tiempo estamos ahora? —inquirió el florentino—. Pues mucho me temo que nos acercamos a tiempos de guerra. De guerra contra Venecia.
Tornabuoni se refería a los movimientos de la Serenísima República que se negaba a devolver los territorios de la Terra Ferma que habían pertenecido a César Borgia, así como algunos dominios de los Estados Pontificios.
Se rumoreaba que el papa Julio intentaba forjar una alianza con el rey de Francia para frenar a los gentilhombres de la ciudad de los canales; una alianza en la que Ferrara —por pura supervivencia— tenía que formar parte.
Lucrecia era bien consciente de que la guerra era siempre un negocio de muchísimo riesgo en la que los bancos sólo invertían si estaban seguros —muy seguros— de recuperar las ganancias.
Pero no había citado a los dos banqueros para convencerlos de que le prestaran dinero para pagar mercenarios, sino obreros.
—Mi esposo el duque me ha confiado la regencia del ducado, pero a mi condición de hembra —dijo mirando a Tornabuoni para devolverle la insolencia con educación— le repugna todo lo relacionado con la guerra.
No quiero un préstamo de vuestros bancos para forjar espadas, signori , sino arados.
¡ Messer Gallo, por favor, traed el mapa!
Giovanni Enrico Gallo era uno de los arquitectos que Lucrecia había reclutado del Studio Generale de Ferrara.
Era un joven alto, de cabello oscuro y recio como el plumaje de un cuervo, barba breve y ojos profundos que, a la orden de la duquesa, se acercó con un enorme pliego de papel que extendió sobre la mesa.
—Como veis aquí, signori —Lucrecia señaló amplias zonas del mapa con el valle del Po y la ciudad de Ferrara en el centro—, nos rodean pantanos que pueden ser convertidos en buenas tierras de cultivo si se drenan.
Además, esos pantanos son un veneno lento que, cada verano, produce pestilencias que causan gran mortalidad entre nuestros súbditos, por no hablar de las buenas cosechas que toda esa tierra fértil puede producir en cuanto se elimine el agua que las cubre.
Mi arquitecto ha elaborado un plan para en unos casos dragar y en otros casos aterrar centenares de biolche . Messer Gallo, explicad los detalles.
—De inmediato, excelencia. Primero hay que aterrar las zonas más alejadas del río y sus meandros más someros. Después, en aquellos puntos más bajos donde se acumula más agua y mediante sifones, extraerla para verterla en canales que desembocarían en el curso más bajo del Po.
—¿Sifones? —preguntó Lomellini—. ¿Tubos? ¿Pueden unos tubos vencer al pantano?