El mirto y el puñal 67 #2
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—Su excelencia dormía a esas horas porque, fiel a su costumbre, se había acostado tardísimo —continuó el paje—.

Me costó muchísimo despertarlo, pero, cuando lo hizo, se levantó como poseído por una furia demoníaca y, a golpes e insultos, me apremió para que lo ayudara a vestirse y ponerse la coraza.

Mientras, llamaba a los sargentos y capitanes del ejército navarro para que se aprestaran a las armas.

Salió de los establos del caserón al galope seguido por una docena de hombres.

No faltaba mucho para el amanecer, pero aún era noche cerrada.

Ya fuera lanzó su caballo al galope hacia la plaza mayor.

Una vez allí, giró a la derecha para precipitarse cuesta abajo hacia la puerta de la Solana, la que mira al mediodía de las murallas de Viana.

—Como una furia del infierno —apuntó Hipólito.

—Bien podéis decirlo, eminencia —respondió Juanicot—.

Su excelencia montaba un alazán andaluz que le había regalado el conde-duque de Benavente y con el que parecía volar al atravesar el Camino Francés que discurría por el sur de la villa rumbo al oeste, a Santiago de Compostela.

Cabalgaba tan rápido que dejó atrás a los doce jinetes que habían salido con él de la villa y que, ante el camino embarrado, refrenaban sus monturas para evitar que se les entorcaran las patas.

Yo también salí tras él, pero mi montura no era tan veloz como la suya y pronto lo perdí de vista, si bien su escolta me adelantó, aunque se quedó a una distancia poco mayor de un tiro de flecha mientras los jinetes a los que perseguía asomaban por las crestas del barranco de Lecinedo.

Supongo que, ante el temor de perder el rastro, azuzó al caballo pensando en esperar a sus hombres en aquellos altos.

—Pero, conociendo a mi cuñado —intervino Alfonso—, no lo hizo.

—No, excelencia. Estaba obsesionado con que sus hombres vieran como su capitán general luchaba como un león.

A veces se lamentaba de que, a sus espaldas, aquellos navarros toscos murmuraban maledicencias sobre él y se burlaban de aquel príncipe italiano de la máscara negra y bella armadura que consideraban propia de afeminados.

—He oído hablar de esa gente —añadió Hipólito—. Los abuelos de esos guerreros cazaban cabezas en los valles de los Pirineos. Una generación les separa de la barbarie.

—¡Dejadle hablar, cuñado! —cortó Lucrecia—. ¿Qué pasó después?

—Desde los altos de Lecinedo —continuó el paje—, su excelencia inició el descenso por las grandes campas que avanzaban hacia las riberas del Ebro horadadas por barrancos en cuyos fondos manaban regueros de agua amarga exudada por aquella tierra salitrosa que no se dejaba cultivar ni siquiera valía para pastizal de ganado.

Una porción del sol asomaba rojo en el horizonte e incendiaba el aire limpio del amanecer cuando, tras dejar a su derecha una ermita, se internó en el paraje llamado por los lugareños la barranca Salada debido a una fuente salobre que allí, entre juncos y maleza, mana y embarra el suelo.

Fue el propio caballo el que, ignorando los golpes de las espuelas en los ijares, cortó en seco con aquella cabalgata infernal en el momento en el que notó que los cascos se le hundían en el terreno fangoso.

De nada sirvieron los gritos e insultos de su excelencia para que la bestia se moviera más rápido y lo sacara de aquella trampa.

El silencio espesó el aire en el momento en el que Juanicot Grasica le dio un sorbo a la copa de vino que Strozzi le había acercado al comprobar como al paje se le resecaba la garganta tanto por el tiempo que llevaba hablando como por la congoja que se apoderaba de su ánimo.

Tras unos instantes para recuperarse, retomó el relato:

—Yo llegué justo para ver, desde arriba del altozano, a los cuatro piqueros que lo rodearon primero, aunque eran docenas los que estaban ocultos entre la espesura, armados con ballestas, arcabuces y lanzas.

El conde de Lerín los había apostado allí para tender una celada a las fuerzas del capitán general de Navarra si salían en su persecución.

Aun así, a su excelencia le dio tiempo a bloquear con su espada la primera lanzada.

No obstante, un segundo piquero se abalanzó desde detrás, por su lado izquierdo, y le hincó la punta de hierro por debajo de la axila.

El golpe no fue mortal, pero sí suficiente para que lo derribara del caballo.

Consiguió levantarse y soltar un par de mandobles que sólo cortaron aire ante las armas largas de sus adversarios, cuyas afiladas mojarras buscaban sus piernas y su cuello.

En cuanto dobló las rodillas, vencido por el dolor y el agotamiento, la hoja de una espada le abrió la garganta.

Pero, para quitarle la vida, veintitrés lanzadas fueron necesarias.

Ninguno de los soldados sabía quién era —siguió el paje— y no hicieron caso de mis gritos y súplicas cuando me prendieron.

Aún no me explico por qué no me degollaron allí mismo.

Quizá les pudo la codicia al reconocer la buena y cara factura de la ropa, las botas, la coraza y las armas que llevaba puestas.

Por eso, lo desnudaron por completo y lo abandonaron allí.

Después me soltaron, tras arrebatarme también mi espada, mi daga, el caballo y toda mi ropa, salvo la camisa y el calzón.

Me quedé allí, junto a su cadáver tal y como vino al mundo.

Como no tenía nada con lo que cubrirle, le puse una piedra lisa y ancha sobre los genitales como si fuera el perizoma, el paño de pureza de las imágenes de Nuestro Señor crucificado.

El sol de primavera y el sonido y los olores de la fiesta que se gestaba en la plaza delle Erbe azuzaban aún más, con su alegre indiferencia, el dolor de Lucrecia.

—Los cobardes hombres de su escolta, señora —lágrimas de rabia resbalaron por las mejillas del escudero—, no bajaron a la barranca Salada hasta que se cercioraron de que los soldados del conde de Lerín se habían perdido por el camino de Mendavia.

Unos cuantos volvieron a Viana para dar aviso al rey Juan, que, cuando llegó, se despojó de la capa para cubrir su cuerpo.

Después, lo subieron a unas parihuelas y regresaron a la villa para velarlo en la iglesia de Santa María, donde le dieron sepultura.

Marché de Viana seis días después, con esta carta para vos, señora, del rey Juan, el cual me ordenó que os dijera que hará construir un bello mausoleo para vuestro hermano.

Cuando el joven paje terminó de hablar, bajó la cabeza y cruzó las manos en señal de respeto.

Alfonso, Hipólito y Strozzi se quedaron igualmente mudos y rígidos como las columnas de mármol de la sala.

Lucrecia, por su parte, sentía que las fuerzas la abandonaban; que el dolor convertía en fango la consistencia de sus músculos de forma que ni siquiera podía mantenerse sentada en la silla.

No obstante, reunió el suficiente vigor para hablar. Una sola frase:

—Dejadme sola, os lo ruego.

Sólo cuando los tres hombres se marcharon, Lucrecia lloró.

Al dolor por la muerte de César se le unía la culpa.

En aquel momento se convenció a sí misma de que era Dios el que la estaba castigando y que el intento de redimir sus pecados aumentando los impuestos a los comerciantes para dárselo a los conventos y monasterios era, en realidad, un fraude.

Tenía que haber pensado que el hecho de no quedarse embarazada de nuevo ya era un aviso de la Providencia de que iba por mal camino y, por ese motivo, Dios le había mandado otra desgracia para que sufriera y, sobre todo, se enmendara.

Por un momento —fugaz como un parpadeo— consideró rebelarse.

Sus tres maridos, los tres, disfrutaron de las amantes que quisieron sin tener que dar explicaciones a nadie y sin que Dios pareciera que lo iba a tener en cuenta.

Para ella, su amor por el gentil Perotto primero y por el dulce Alfonso d’Aragona después fue correspondido por la Providencia con el asesinato de ambos.

Se tomó como sendas penitencias que la casaran con dos hombres a los que no amaba porque los dos matrimonios convenían a los intereses políticos del papa Alejandro y del Valentino: el mezquino Giovanni Sforza y el distante Alfonso de Este.

Pero, al parecer, aquello no era castigo suficiente y quizá por ello sus romances con el sensible Pietro Bembo y el fogoso Francesco Gonzaga fueron respondidos por el Todopoderoso con abortos, hijos muertos y con el triste final de César.

Lloró hasta que perdió la noción del tiempo.

Apenas quedaba luz fuera cuando volvió a recuperarla y consiguió levantarse de la silla en la que había estado torturándose.

Tras dar un par de vueltas alrededor de la mesa como un animal enjaulado, hizo sonar la campanilla de bronce que descansaba sobre el escritorio para llamar al servicio.

A su sonido, su esclava Caterineta y su secretario Strozzi entraron en la cámara della Stufa Grande.

—Preparadlo todo —les dijo—. Me voy al monasterio del Corpus Domini.

—Pero... —balbuceó el secretario—. ¿Y el Palio, excelencia? ¿Y el baile y la fiesta de esta noche?

—Para mí ya no habrá más bailes ni fiestas, messer Strozzi. Durante mucho tiempo, me temo.