El mirto y el puñal 67
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El aire de primavera era todavía más grato gracias al aroma de los dulces que se cocinaban en los puestos callejeros que se desparramaban por las calles donde se ofrecían los anisados zuccherini fritos en manteca de cerdo, porciones de panpepato con miel y frutos secos, rosquillas ciambelle de vino, pegajosas raciones de torta taclenta de harina de castañas y almendra, así como trozos de membrillo, cidra y naranja cocidos en mosto.

Los vinateros pregonaban los caldos que llevaban en grandes odres de piel que cargaban a su espalda y que vendían por jarras al doble de precio que el habitual, que era la tarifa que también aplicaban las posadas por una cama y que triplicaban los rufianes por los servicios de las rameras de sus burdeles.

La gente lo pagaba todo con gusto porque Ferrara se preparaba para una de sus fiestas grandes: el Palio de San Jorge.

Después del carnaval, el Palio de San Jorge era la celebración más importante de la ciudad.

El evento central era una carrera de caballos celebrada en la plaza delle Erbe en la que participaban jinetes que representaban a los distintos barrios de la ciudad, los gremios y las casas nobles.

El ganador recibía una carísima pieza de tela como premio.

Justo antes de la competición se organizaba un desfile solemne hasta la catedral donde se celebraba una misa de acción de gracias y, después, había representaciones teatrales, juegos y justas para concluir, cuando caía la tarde, con hogueras en las calles y cenas al aire libre para las que se repartían gratuitamente viandas y vino.

En la cámara della Stufa Grande del castillo de San Miguel, Lucrecia revisaba, junto a Ercole Strozzi y un par de escribanos, un voluminoso cuaderno cuyas páginas estaban cubiertas de cifras en columnas dobles con los gastos que la celebración del Palio iba a suponer.

La duquesa, como siempre hacía para concentrarse en los números, jugueteaba con la gruesa trenza rubia que le caía sobre el hombro con la mano izquierda mientras que, con la derecha, repasaba con un puntero cada línea del libro mayor.

No le estaba gustando nada la abultada suma que figuraba en el apartado de la pólvora para los fuegos artificiales, pero se resistió a hacer corrección alguna porque sabía que su marido —que seguía pasando largas horas en su taller diseñando y construyendo cañones y armas de fuego para el ejército de Ferrara— no iba a renunciar a quemar un par de quintales de explosivos por pura diversión.

— Messer Strozzi —dijo Lucrecia—, creo que vamos a aumentar en un uno por ciento la tasa que cobramos a los puestos del mercado extraordinario de San Jorge. Y en un dos por ciento a los burdeles.

—¿Con qué fin, excelencia? —inquirió el secretario—. Las cuentas ya cuadran, incluyendo el porcentaje que percibirá el tesoro ducal.

—Para aumentar la dotación a los conventos del Corpus Domini, San Bernardino, San Antonio in Polesine, Santa Caterina de Siena, San Guillermo, San Paolo, San Silvestro y el de los franciscanos de Santa María de los Ángeles.

Hablé con los abades y abadesas de todos ellos y van a organizar repartos gratuitos de sopa y pan y con esa suma podrán cubrir los gastos.

—A los mercaderes no les va a gustar. Y a los dueños de los burdeles, menos todavía.

—Se quejarán, sin duda. Pero aun así van a tener enormes beneficios porque, mirad —Lucrecia señaló el ventanal—, mirad cómo está la ciudad de gente. No hay una cama libre y por un quartino de vino o una hogaza ya se cobra el triple de lo habitual.

—Aun así, ¿quizá podríamos poner algún impuesto adicional a los judíos?

—Ya pagan bastantes, messer Strozzi. Y, además, vamos a tener que pedirles un préstamo si, tal y como parece, al final vamos a la guerra contra Venecia.

—Como ordenéis, excelencia.

—Bien. —Lucrecia cerró el libro y se dirigió a los dos funcionarios—. Eso es todo, signori . Podéis marchar. Quedaos vos, messer Strozzi. Debo comentaros otro asunto.

Ambos escribanos recogieron los papeles que se extendían sobre la mesa y, tras hacer una reverencia, se marcharon. Cuando se quedaron a solas, Lucrecia sacó de un bolsillo secreto de su falda de brocado azul un papel doblado en cuarto.

—Necesito —dijo al entregárselo a su consejero— que le hagáis llegar esta carta.

Strozzi lanzó una mirada furtiva hacia la puerta temiendo que alguien entrara antes de meter en el portafolio el pliego de papel. No le hacía falta preguntar más, pues no sólo intuía lo que ponía en la misiva, sino que sabía quién era el destinatario. Y el peligro que ello suponía.

— Signora —había súplica y miedo en la voz del secretario—, esto es cada vez más peligroso. Si vuestro marido se enterara...

—Lo sé, Ercoli. Lo sé. Ésta será la última vez. Os lo juro.

Además de Pietro Bembo y Ercoli Strozzi, Lucrecia había tenido en su cuñado Francesco Gonzaga —marqués de Mantua y esposo de Isabella de Este— algo más que un aliado y un confidente.

Se conocieron cuando aún estaba casada con Giovanni Sforza y, desde entonces, habían mantenido una correspondencia tan constante como secreta a lo largo de los años.

Un intercambio de cartas donde hablaban de arte, familia y política que se hizo cada vez más íntimo y que había terminado con los dos en la cama de Lucrecia en la delizia de Medelana donde pasó el último verano.

Ante la ausencia de Alfonso —de viaje entonces—, las visitas de su cuñado Francesco —famoso por su insaciable apetito sexual que no hacía distinciones entre mujeres hermosas y apuestos efebos, y que solía bromear diciendo que incluso le gustaba yacer con su esposa— habían encendido un fuego peligroso que, con aquella carta que Strozzi había enterrado entre más papeles de su portafolio, Lucrecia pretendía apagar para siempre.

Además, era urgente que volviera a quedarse embarazada de nuevo.

Para ello había ordenado que todos los conventos y monasterios de Ferrara organizaran rogativas y misas para favorecer una nueva concepción.

Y su decisión de aumentar las donaciones a las órdenes religiosas a costa de los beneficios de los mercaderes tenía mucho que ver con ello.

—¡Excelencia! —anunció un chambelán tras abrir la puerta de la sala—. ¡Vuestro esposo Alfonso de Este, duque de Ferrara, Módena y Reggio, y su hermano, el eminentissimus pater Hipólito de Este!

Ambos hermanos entraron en la cámara della Stufa Grande.

Tras ellos venía un veinteañero que todavía traía polvo del camino en su ropa, barro en las botas y olor a sudor de caballo.

Al principio, Lucrecia no reconoció en aquel joven de barba cerrada a quien no veía desde hacía más de cinco años.

Era Juanicot Grasica, el paje de su hermano César.

Y el corazón le dio un vuelco.

—Querida esposa —dijo Alfonso al cabo de unos instantes—. Veo que habéis reconocido a Juanicot. Ha cabalgado durante semanas para llegar hasta Ferrara desde Navarra. Y me temo que no trae buenas noticias.

—Señora —dijo el paje—. Vuestro hermano César está muerto. Cayó en una emboscada en un lugar llamado la barranca Salada, cerca de Viana, el día de San Gregorio papa.

—Hace cuarenta días —apuntó el cardenal Hipólito—. No entiendo por qué no ha llegado antes la noticia.

—No fue fácil el camino hasta aquí, eminentissime pater —se excusó Grasica—. Apenas tenía dinero, amigos o refugio. Y temía el largo brazo del papa Julio y del rey de Aragón. He gastado todo lo que me dio el rey de Navarra para llegar.

—¿Cómo pasó? —Lucrecia apenas podía articular palabra—. ¿Cómo lo mataron? ¿Acaso no estaba al mando de un ejército?

—Lo estaba, señora. Y nadie podrá decir nunca que le faltó valor o prudencia para dirigirlo, pero...

—¡Cuéntamelo! —cortó Lucrecia—. ¡Cuéntamelo todo!

—Sabéis que, ante la incompetencia de sus generales, el rey Juan de Navarra había nombrado al duque condestable y generalísimo de las armas de Navarra y puso bajo su mando a un ejército de tres mil peones, doscientos jinetes, ciento treinta hombres de armas, dos cañones, cuatro culebrinas y seis falconetes.

Con esas fuerzas, y en menos de un mes, su excelencia recuperó para su cuñado la villa y el torreón de Larraya y marchó hacia Viana.

La ciudad era fiel al rey Juan y recibió al Valentino con alborozo.

No ocurrió lo mismo con el castillo, defendido por cuatrocientos infantes y ciento cincuenta lanzas francesas al mando de Juan de Beaumont, el hijo del conde de Lerín.

Éste, a su vez, estaba en Mendavia con seiscientos hombres de armas y otras doscientas lanzas.

Ante la paridad de las fuerzas, aunque sus enemigos las tenían divididas, su excelencia optó por cercar la fortaleza y dejar que el hambre fuera adelantando parte del trabajo.

—Continúa —ordenó Lucrecia.

—Ocho días llevaba el asedio cuando —siguió Juanicot—, pasada la medianoche, se desató una tormenta y, al abrigo de la tempestad, el conde de Lerín envió desde Mendavia a doscientos jinetes con sacos de harina, hogazas de pan cocido y otros víveres que introdujeron por una puerta secreta, más bien una trampilla de la muralla sur de la fortaleza.

El aguacero había relajado la vigilancia de los hombres de su excelencia alrededor del castillo, por lo que el abastecimiento de los sitiados se prolongó hasta el toque de maitines, cuando se dio la voz de alarma.

—¡Inútiles! —protestó Alfonso—. ¡Yo los haría desollar vivos a todos!