El mirto y el puñal 66 #2
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Mas la fortuna, que es voluble, volvió a mover sus dados.

El rey Felipe murió en Burgos tras una partida de pelota, víctima de un frío que se tornó en una agonía de veinte días antes de comparecer ante el juicio del Todopoderoso.

¿Fue obra del azar o del veneno? Nadie lo sabe, aunque se dice que Fernando de Aragón, deseoso de recuperar la regencia, pudo haber tendido la mano a la ponzoña.

El emperador Maximiliano, abuelo del príncipe Carlos, reclama ahora el gobierno, y las Cortes de Castilla vacilan entre obedecer el testamento de Isabel o seguir la voz de la fuerza.

En medio de este torbellino, mi nombre suena como esperanza para algunos y como amenaza para otros.

Por eso, creo, el conde-duque de Benavente me ofreció la libertad para que yo fuera el acero que decidiera la suerte.

«La fortuna —pensó Lucrecia— es aún más importante que la cuna, la educación, el talento o incluso la fe en Jesucristo Nuestro Señor. La suerte, al final, lo es todo.» Una suerte que, en aquel momento, la duquesa de Ferrara sentía que podía haber cambiado para su desdichado hermano.

Gracias a su ayuda conseguí escapar de la Mota.

El conde-duque sobornó al sargento de la guardia del castillo porque, como bien sabes, el oro es capaz de obrar más milagros que todas las reliquias de Roma juntas.

Pero huir del mejor bastión de Castilla no era empresa fácil.

Tuve que lanzarme al foso desde lo alto de la muralla, y en la caída se quebraron mis huesos como ramas secas.

La tibia izquierda, las muñecas, las costillas...

, todo mi cuerpo se convirtió en un mapa de dolores.

Y como si no bastara, la humedad de estas tierras y el mal francés me atormentan sin tregua, cubriendo mi rostro de pústulas y mis articulaciones de fuego.

Mas créeme, germaneta , ni el dolor ni la desgracia han doblegado mi espíritu.

Tras la fuga, los hombres del conde-duque me llevaron a Villalón, donde hube de guardar cama durante un mes para recuperarme.

Allí supe que la reina Juana —o mejor dicho, el cardenal Cisneros que gobierna en su nombre y al dictado de Fernando— había puesto precio a mi cabeza: diez mil ducados para quien me entregara vivo.

Por eso, y para burlar a los cuadrilleros de la Santa Hermandad, no tomamos el camino de Burgos, que era el más corto, sino que dimos rodeos como mercaderes de grano que volvían a San Sebastián desde la feria de Medina del Campo.

Conmigo iban dos vascos leales, Martín de la Borda y Miguel de la Torre, hombres recios que me han servido con fidelidad.

La víspera de san Andrés llegamos a Santander, donde vendimos los caballos y compramos pasaje en un barco que debía llevarnos a Bilbao.

Mas la tempestad, enemiga de mis designios, nos arrojó a Castro Urdiales, y desde allí seguimos por tierra, pasando por Durango y Mondragón, entre montes que parecían alzarse para impedir nuestro paso.

Cada jornada era un combate contra el cansancio, el frío y el miedo, pues sabíamos que los hombres de armas de las mangas verdes nos buscaban y que cualquier descuido podía entregarnos a la muerte.

Finalmente, ayer, tercer día del mes de diciembre llegamos a Pamplona, donde el rey Juan me recibió con muestras de afecto y gran alegría.

Aquí me hallo desde entonces, alojado en un caserón que llaman el Palacio, desde donde eres la primera persona a la que escribo mientras la lluvia apedrea los tejados y la guerra civil devora este reino.

Porque Navarra, germaneta , no es hoy tierra de paz, sino un campo fértil para la discordia.

Mi cuñado el rey pierde fortalezas y villas ante Luis de Beaumont, conde de Lerín, que con la ayuda de Castilla pretende ceñir la corona navarra a las sienes de Fernando, como lo hizo su padre Juan II.

La villa de Larraya ya ha caído, y Viana, esa plaza estratégica, está en manos del rebelde, junto con Mendavia.

Desde la frontera sur llegan hombres y armas para sostener su causa, y cada día que pasa el peligro crece.

En medio de esta tormenta, mi presencia no es sólo refugio, sino esperanza: muchos creen que César Borgia, aun herido, puede ser el acero que corte el nudo de la guerra.

Y no se engañan. Mi ánimo sigue firme, y mi ambición, intacta.

Tengo un ejército pequeño que pretendo hacer más grande en cuanto consiga desbloquear los cuatrocientos mil ducados que aún conservo en los bancos de Génova.

Y yerra el rey Fernando si piensa que puede sepultarme en el olvido.

Sigo siendo el Valentino, y mi nombre aún hace temblar a Italia.

No sé si sabes que Miquel de Corella, mi leal don Micheletto, sigue vivo y temible.

Messer Maquiavelo —ese zorro florentino con el que mantuve interesantísimas charlas tanto en Cesena como en Roma— consiguió que el papa Julio liberara a don Micheletto de la Tor di Nonna y que fuera nombrado capitano della Guardia por la Signoria de Florencia.

Ha reunido a los estradiotes que me sirvieron, ha formado una compañía de infantes valencianos y adiestra a los hombres de Toscana para crear una milicia como la que levantamos en Fano.

Se dice que marchará pronto sobre Pisa, y lo hará con tropas que no son mercenarias, sino hijos de la tierra.

¿No es esto un presagio? Un ejército Borgia vuelve a pisar Italia, y yo, aunque preso del dolor, siento que mi espíritu cabalga con él.

Aun así, soy consciente de que el horizonte es oscuro.

El papa Julio, con el apoyo de los Orsini, los Colonna, el marqués de Mantua y Guidobaldo de Montefeltro, ha reconquistado las plazas de la Romaña que fueron nuestras y que Venecia nos arrebató.

Ha tomado Perusa, ha hecho huir a los Baglioni y conquistado Bolonia.

¡Se me llevan los demonios al comprobar que está haciendo lo mismo que el papa Alejandro y yo planeamos y que otro traidor, mi «primo» el rey de Francia, me impidió consumar!

Cada victoria suya es una espina en mi corazón, porque son triunfos que debieron ser míos.

Y mientras tanto, Luis XII, a quien serví con armas y con sangre, me despoja de mi título de duque de Valentinois y par de Francia.

Y también retiene la dote de mi esposa Carlota d’Albret.

Así paga Francia a los que le sirven: con traición y deshonra.

Germaneta , no te voy a ocultar que mi cuerpo sufre.

La humedad de estas tierras tortura mis huesos rotos y el mal francés que me ha desfigurado me consume con dolores que ni el médico ni las oraciones alivian.

Mas créeme: cada punzada es un aguijón que me recuerda que estoy vivo y que aún tengo cuentas que saldar.

No he venido a Navarra sólo para buscar abrigo, sino para forjar mi retorno.

Si la guerra decide quién ha de regir Castilla durante la infancia del príncipe Carlos, yo estaré donde la gloria me reclame.

Quiero creer que el emperador Maximiliano, el abuelo del infante, es hombre de palabra, y si le sirvo aquí, me ayudará a recuperar mis Estados en Italia.

Entonces volveremos a vernos, y te juro que ese día no habrá fuerza humana que nos separe.

César Borgia no es un prisionero acabado.

Mi cuñado el rey Juan me ha nombrado condestable y generalísimo de las armas navarras.

Pronto volveré al campo de batalla y les daré razones al papa Julio y a los reyes de Francia y Aragón para que sigan temiéndome.

Soy consciente de que el Ducado de Ferrara está en una posición delicada.

Y entiendo que tu marido tenga que rendir pleitesía al pontífice y apoyarlo en la conquista de los señoríos que fueron míos.

No le queda más remedio. No obstante, te ruego que le adviertas que de todas las alimañas traidoras que he conocido en mi vida —y han sido muchas— Giuliano della Rovere es la peor de todas.

Su palabra no vale nada y si alguna lección podéis extraer de mi desdicha, jamás confiéis en lo que os diga porque os arrepentiréis de tal decisión.

Antes de despedirme también quiero agradecerte los desvelos que has tenido para ocuparte de mis hijos Girolamo y Lucrecia Camila, a los que has acogido en tu corte como si fueran tuyos.

No veo el momento de poder verlos, pero, hasta entonces, escríbeme para contarme cómo crecen.

Necesito ese consuelo, ya que el rey de Francia ha prohibido a mi esposa que tenga todo contacto conmigo para informarme sobre mi hija Louise.

Lucrecia sonrió con amargura. En efecto, había hecho ir de Roma a sus sobrinos, a los que estaba educando en Ferrara después de convencer a Alfonso de que los pequeños —como hijos ilegítimos que eran del Valentino— no suponían amenaza alguna para la casa De Este.

Además, había conseguido, por fin, llevar a su corte a su hijo Giovanni —al que también hacía pasar por hijo de César— después de que el papa Julio le desposeyera del Ducado de Sermoneta.

Por su parte, su hijo Rodrigo —a quien el pontífice también había arrebatado el Ducado de Nepi— seguía en Bari bajo el cuidado de su tía Isabel de Nápoles para asumir el título de príncipe de Bisceglie al que tenía derecho como único descendiente del segundo marido de Lucrecia: Alfonso d’Aragona.

No temas por mi ánimo, germaneta ; sigue firme como el acero.

Cada día que pasa en este caserón, mientras la lluvia apedrea los tejados y el viento ruge en las montañas, es un día que añado a mi cuenta contra los que me han humillado.

Y créeme: cuando llegue la hora, mi venganza será tan grande como ha sido la paciencia con la que he soportado humillaciones y padecimientos.

Pamplona, festividad de Santa Bárbara del año de gracia de 1506

César Borgia, condestable y generalísimo de las Armas Navarras