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Como el otoño no había sido muy lluvioso y el invierno recién nacido aún era inusualmente cálido y benigno, Lucrecia todavía podía disfrutar del vergel construido entre el palacio ducal y el castillo de San Miguel que todo el mundo conocía ya como el jardín de la Duquesa.
Cercado por altos muros, disimulados por una hilera de cipreses, allí crecían el boj, el laurel y, sobre todo, enormes matas de mirto —su planta favorita—, que, pese al frío, aún perfumaba el aire en el que cantaba el rumor del agua de las fuentes de mármol.
Los limones y naranjos ya habían cambiado el color verde de sus frutos por el dorado, aunque todavía faltaban algunas semanas para que se pudieran recolectar.
Sólo los rosales, los almendros, cerezos y melocotoneros exhibían sus ramas desnudas y dormidas a la espera de la primavera.
Lucrecia se sentó en uno de los bancos más soleados del jardín.
Esa misma mañana le habían informado de la muerte de Sancha d’Aragona —la esposa de su hermano Jofré— en Nápoles a causa de unas fiebres.
Tenía veintisiete años. Al recibir la noticia, Lucrecia no sintió casi nada a pesar de que habían sido muy amigas y que —antes de mandarlo a Bari— incluso le confió el cuidado de su hijo Rodrigo cuando los Borgia tuvieron que huir de Roma.
Sin embargo, Sancha no sólo había humillado con sus públicos y notorios adulterios a Jofré, sino que también había sido una fuente de discordia entre Juan y César, pues se había acostado con ambos.
Luego se convirtió en amante de Próspero Colonna para dañar a su familia y también del Gran Capitán, justo después de que Gonzalo Fernández de Córdoba traicionara al Valentino.
Aun así, no le guardaba rencor. El recuerdo de Sancha sólo le producía indiferencia.
«O quizá —pensó— es que el dolor por la muerte de mi hijo Alejandro me impide sentir nada más.
» Al infante no le sirvió de nada llevar el nombre pontificio de su abuelo, el vigoroso y vital papa valenciano.
Y, desde el fallecimiento del crío, Lucrecia había rehusado acostarse con su marido, el cual no había insistido a pesar de que su principal consejero, Niccolò da Correggio, presionaba para que se quedara embarazada de nuevo.
Era necesario concebir un heredero porque la situación de los De Este al frente del Ducado de Ferrara era cada vez más precaria, ya que vientos de guerra soplaban de nuevo hacia su dominio.
Vientos que llegaban desde Roma y que se unían a las tempestades que, como siempre, se formaban en Venecia.
A pesar de haber sido enemigos durante más de cuarenta años, el santo padre Julio estaba llevando a cabo, de manera idéntica, el plan ideado e inconcluso del papa Alejandro y César Borgia: recuperar por la vía de las armas los señoríos de la Santa Sede que estaban en manos de vicarios papales.
El propio pontífice —a caballo y con la armadura puesta— había salido de Roma en agosto al frente de un ejército prestado por el rey de Francia, formado por caballeros borgoñones, hombres de armas de Bretaña, ballesteros gascones, treinta piezas de artillería y la recién creada Guardia Suiza Pontificia.
Ante semejante fuerza, Perusa había capitulado a finales de septiembre y los Bentivoglio —que habían sido excomulgados previamente— huyeron de Bolonia a mediados de octubre, por lo que el santo padre entró en la ciudad roja el 10 de noviembre.
A su vuelta a Roma, Julio II pasó por Rímini y también por Imola —ambas ciudades conquistadas por César Borgia y ya devueltas al dominio pontificio— donde Alfonso e Hipólito acudieron a besarle el zapato rojo en señal de obediencia y sumisión.
Más les valía a ambos porque el Ducado de Ferrara se había quedado encerrado entre dos fieras: al este, el león de la Serenísima República de Venecia y, al oeste, la loba de Roma.
Las dos veían en Ferrara a su próxima presa.
En poco más de tres años, Julio II se había hecho —con la ayuda del rey de Francia— con todos los territorios que conformaban el Ducado de la Romaña de César Borgia, al que añadió también la rica y próspera Bolonia.
Lucrecia recordó con amargura como el monarca francés había prohibido a su hermano que tomara la capital de los Bentivoglio y luego le prestó las tropas al papa para que lo hiciera.
¿Habrían sido distintas las cosas si Luis XII hubiera permitido al Valentino recuperar Bolonia para la Santa Sede?
Sólo Dios podía saberlo. Como tantas otras cosas.
¿En qué más se equivocó César? ¿En hacer que el cónclave eligiera a un pontífice débil y enfermo como Pío III?
O quizá no era tan débil ni estaba tan enfermo.
Hasta Ferrara habían llegado los rumores de que el papa de los veintiséis días había sido envenenado por orden de su sucesor, Giuliano della Rovere, quien habría sobornado al arquiatra para que aplicara ponzoña a las úlceras que el santo padre tenía en las piernas.
¿Por qué, sabiendo eso, César había ordenado a los cardenales que controlaba en el cónclave que apoyaran a Della Rovere para convertirse en Julio II?
¿Cómo pudo el Valentino ceder el papado al enemigo acérrimo de la casa Borgia?
Demasiadas preguntas que Lucrecia no se atrevía a plantear por escrito a su hermano en sus cartas por temor a que fueran interceptadas.
En alguna de las que recibió del Valentino —desde su cautiverio en el castillo de la Mota, donde ya le permitían mandar misivas, aunque eran leídas previamente por sus carceleros—, César le contó que lo había previsto todo para cuando el papa Alejandro muriera, pero que no contempló que él mismo se debatiera entre la vida y la muerte cuando tal cosa ocurriera.
De un bolsillo de su falda extrajo la carta recibida aquella misma mañana. La había leído en diagonal, como si las palabras que contenía fueran mendrugos que recibe un pordiosero tras no haber comido nada en tres días. Era de César. Pero de un César libre y a salvo.
Querida Lucrecia. Benvolguda germaneta:
Desde esta ciudad de Pamplona, que antaño fue mi diócesis cuando apenas contaba diecisiete años, te escribo con la mano firme, aunque el cuerpo quebrantado, para que sepas de mi puño y letra que, por la gracia de Dios y la constancia de mi ánimo, he logrado escapar de las garras que me tenían preso y he puesto mi persona bajo la protección de nuestro cuñado, el rey Juan d’Albret de Navarra.
No ha sido empresa fácil ni camino llano, sino una senda sembrada de tormentos y peligros.
Hace apenas unas semanas, hermana, todavía estaba cautivo en el castillo de la Mota, en Medina del Campo.
Una fortaleza levantada sobre un altozano junto al río Zapardiel aún más inexpugnable que el castillo de Sant’Angelo que ha sido mi prisión durante todo este tiempo.
Allí pené mi estupidez por haber creído las palabras dulces dichas por el Gran Capitán Fernández de Córdoba por encargo de ese marrajo traidor de Fernando de Aragón.
Ya ves, el Valentino, el cuchillo de Italia, como me llamaban, encerrado como un vulgar malhechor sin más pruebas que las falsas acusaciones de la duquesa de Gandía y la perfidia del papa Julio, sacristán del infierno a quien Dios confunda.
Lucrecia levantó la vista de la carta y suspiró.
Ni siquiera con todo el tiempo que había tenido para reflexionar, el Valentino estaba dispuesto a asumir su intervención —por acción u omisión— en el asesinato de Juan de Gandía.
No obstante, la duquesa sabía que, en realidad, al papa Julio y al rey Fernando no les importaba en absoluto el crimen, más allá de usarlo como excusa para destruir a César. Y habían estado a punto de conseguirlo.
Después de que me trasladaran desde el bastión de Chinchilla de Montearagón al castillo de la Mota —y gracias a tu intercesión, la de mi querido cuñado el rey de Navarra y la de los pocos cardenales que aún me son fieles en la curia romana—, las condiciones del cautiverio se suavizaron.
Permitieron que, junto a mi paje Juanicot Grasica, tuviera a mi disposición otros cinco criados, un capellán y, sobre todo, un médico para aliviar los tormentos que me inflige el mal francés.
Me dejaron escribir y enviar cartas —que sé que eran leídas— e incluso recibir visitas como la del conde-duque de Benavente, Alonso Pimentel, cuyo papel ha sido esencial para recobrar mi libertad.
Pero antes de que te cuente cómo escapé de la Mota, quiero contarte, germaneta , que en la tierra española arde el fuego de la guerra civil.
Como sabes, la reina Isabel está ya en la tumba y su testamento se ha tornado en manantial de discordia en vez de faro para la paz.
En él mandaba que su hija Juana heredase la corona, mas todos saben —y también lo sabía la reina Isabel— que la pobre señora, desdichada y demente, no puede gobernar ni su propio corazón.
El testamento también establecía que el rey Fernando asumiera la regencia hasta que el infante Carlos alcanzara la edad viril, siempre y cuando no se volviera a casar.
No obstante, la nobleza castellana, celosa de su poder, proclamó rey a Felipe de Borgoña, el apuesto esposo flamenco de Juana.
En suma, Castilla se alzó contra Aragón y el rey Católico, herido en su orgullo, se retiró a sus dominios, se casó con una princesa francesa, Germana de Foix, y partió a Italia, temeroso de que el Gran Capitán —ahora todopoderoso virrey de Nápoles— lo traicionara.
Como, por cierto, estuvo a punto de hacer, según me cuentan.