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En ese momento se acordó de su propia familia, manchada también por el fratricidio.
Con los años había terminado por aceptar la contradicción de seguir amando a César a pesar de todo.
Había dejado de preguntarse si su querido hermano había tenido algo que ver con el asesinato de Juan Borgia en Roma hacia casi diez años.
Quizá dio la orden o quizá no. Quizá supo algo y no hizo nada por evitarlo.
De todos modos, Lucrecia estaba convencida de que el Valentino se había beneficiado de la muerte del duque de Gandía, que, aunque también era guapo, frívolo y un tanto estúpido como Ferrante, no merecía tan cruel destino.
Ni que, a su madre, Vannozza, le provocaran tan desgarrador dolor.
No obstante, a Lucrecia también le dolía acatar la orden de su marido de abstenerse de intervenir o siquiera interceder por la suerte de sus cuñados.
A ambos les había cogido cariño. No olvidaba que Ferrante había sido su esposo por poderes en su boda en el Vaticano y su compañero y protector durante el viaje que la llevó de Roma a Ferrara.
Y con Giulio compartía su pasión por la música —mayor aún que la de su marido— y había sido uno de sus compañeros de baile favoritos.
Nada de eso importaba ahora. El consejo de los sabios había juzgado y condenado a los responsables de la conjura y Alfonso, en ese momento, entró en el camerino d’Alabastro para firmar las sentencias que se ejecutarían de inmediato.
Para cumplir con la palabra dada tanto a su cuñado el marqués de Mantua —que había acogido a Giulio— como al papa Julio —padrino de Ferrante—, se respetaría la vida de ambos hijos de Hércules de Este, aunque ellos aún no lo sabían, pero quedarían confinados en una celda del castillo de San Miguel por el resto de su vida.
Fatal destino esperaba a Gherardo de Roberti, Franceschino Boccacci y Albertino Boschetti, que en menos de una hora tendrían sus cuellos sobre el tajo del verdugo.
Y aún podían considerarse afortunados, ya que, por su condición de nobles, sus muertes serían rápidas, aunque no del todo indoloras.
Peor aún era el castigo que la justicia de Ferrara reservaba para el cantante Gian de Artigianova.
Alfonso de Este estampó su firma y sello sobre el papel que le puso delante el jefe del Consejo. Ya no había vuelta atrás.
—Esposa, hermanos, señores —dijo al levantarse—. Terminemos cuanto antes este triste asunto.
Los duques encabezaban la comitiva que salió al balcón principal del palacio ducal y, en cuanto se pusieron a la vista del gentío que abarrotaba la plaza, se hizo el silencio más absoluto.
Al poco, por la esquina de la catedral de San Jorge apareció el carro que traía a los condenados.
Gherardo de Roberti, Franceschino Boccacci y Albertino Boschetti, antaño jóvenes soberbios y petulantes, lloraban arrodillados ante los tres sacerdotes que, de pie frente a ellos, los preparaban para comparecer ante el Altísimo.
Doce hombres de la guardia ducal armados con picas mantenían un cordón de seguridad alrededor de la carreta y advertían a cada paso que aplicarían la máxima severidad a quien se atreviera a arrojar algún desperdicio a los reos.
Estaban condenados a muerte, sí, pero seguían siendo hijos de casa noble y tenían el privilegio de no ser más humillados de lo estrictamente necesario durante su paseo de la infamia.
Gian de Artigianova no corrió la misma suerte.
Al cantante lo traían encima de un burro con los pies atados bajo la panza de la bestia.
Cuando entró en la plaza iba prácticamente desnudo, pues para el artista no había ballesteros que lo protegieran de la crueldad del populacho que le había arrancado la ropa, golpeado con palos y arrancado a tirones la espesa melena castaña que antaño lucía.
Con los tres nobles en el cadalso, un pregonero leyó en voz alta la sentencia.
Franceschino Boccacci fue el primero. Le vendaron los ojos y el verdugo le propinó un golpe seco en la sien con el mango del hacha para aturdirlo y, medio inconsciente, lo llevaron hasta el tajo.
El ejecutor conocía bien su oficio y, con un solo movimiento, su cabeza rodó por la tarima.
Después aplicaron el mismo procedimiento con los otros dos traidores.
Ya muertos, los tres fueron descuartizados; sus cabezas fueron clavadas en picas y colocadas en lo alto de la torre del palacio ducal, y sus troncos y extremidades se colgaron de las almenas de la puerta Paola y del castillo Tedaldo de la muralla.
Luego fue el turno de Gian de Artigianova.
Al desdichado cantante lo desataron del asno y lo subieron al cadalso para que recibiera una lluvia de excrementos, desperdicios y piedras por parte del pueblo.
Después, cubierto de inmundicias y de su propia sangre, se lo llevaron a una celda en la torre dei Leoni del castillo de San Miguel.
La misma torre en la que habían sido condenados a penar el resto de su vida Giulio y Ferrante, quienes primero pasaron por el tajo del verdugo en el patio de la fortaleza para que lo vieran y, allí mismo, su hermano conmutara la pena de muerte por la prisión perpetua.
Lo que el pobre artista no sabía en aquel momento —pero Lucrecia sí— es que la sentencia establecía que permaneciera en aquel calabozo hasta el día siguiente de la Epifanía de Nuestro Señor, cuando se le introduciría desnudo en una jaula de hierro que sería colgada de una de las almenas para que el cruel invierno ferrarense se encargara del resto.