El mirto y el puñal 65 #2
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A Giulio no le fue difícil convencer a Ferrante de que el Ducado de Ferrara estaría mejor en sus manos y que la forma más eficaz de conseguirlo era asesinando a Alfonso y, por supuesto, también a Hipólito.

También consiguió que se uniera a la conjura Gian de Artigianova, el cantante favorito de Alfonso que formaba parte de la capilla ducal y a quien Giulio prometió todo tipo de privilegios y prebendas en cuanto Ferrante fuera el nuevo duque.

Ferrante mandó a Roberti, Boccacci y Boschetti a Mantua donde adquirieron de un boticario judío un potente veneno.

Para probarlo en una de sus cacerías nocturnas de perros y gatos impregnaron con él las puntas de los virotes con los que sembraron las calles de animales muertos.

Aquello llamó la atención de uno de los criados de Giulio, que, en realidad, era un espía a sueldo del cardenal Hipólito, quien desplegó toda su red de informadores para ver qué estaban tramando su hermanastro y sus compinches.

Hipólito se enteró pronto de todos los detalles de la conjura.

No le causó sorpresa alguna comprobar que, además de Alfonso, él también era un objetivo.

Sin embargo, sí le sorprendió que los conspiradores no consiguieran ponerse de acuerdo en casi nada.

Ferrante quería que Alfonso muriera primero, mientras que Giulio decía que tenía que ser Hipólito; el primero estaba empecinado en que Lucrecia también debía ser eliminada, mientras que el segundo insistía en que bastaba con recluir a la duquesa en un convento.

También les costó muchas discusiones decidir —como finalmente hicieron— llevar a cabo el atentado durante el carnaval.

Con la información que les suministró el cantante Gian de Artigianova, esperarían a Alfonso por las callejas próximas a uno de sus burdeles favoritos para apuñalarlo con dagas envenenadas sin sospechar siquiera que media docena de staffieri de Hipólito los vigilaban a ellos y que Alfonso —como siempre hacía— no sólo llevaba encima dos pistole a ruota tedesca como la que le robaron a Giulio los sicarios que lo dejaron tuerto, sino también una cota de malla bajo su jubón y refuerzos de cuero en el cuello y los muslos para protegerse de puñaladas.

Sin embargo, ninguna de esas precauciones fue necesaria porque, en el último momento y por dos veces, les faltó el valor para llevar a cabo el ataque.

Tras la conclusión de los carnavales, Hipólito, con la paciencia de las hormigas y la crueldad de los gatos, fue reuniendo pruebas contra Giulio y Ferrante para presentárselas a Alfonso.

El duque, tres días después de la festividad de San Joaquín y Santa Ana, participó en persona en la detención de Ferrante, que fue conducido a una habitación del último piso de la torre Marchesana del castillo de San Miguel cuya ventana se había tapiado a media altura para evitar que intentara suicidarse.

Por su parte, Giulio consiguió escapar a Mantua y refugiarse en la corte de Francesco Gonzaga, quien se negó a entregarlo a Alfonso para que fuera juzgado hasta que no se le garantizara que iba a recibir un juicio justo y, sobre todo, un trato digno.

La misma advertencia le llegó a Alfonso de parte del papa Julio II, que le recordó al duque que Ferrante era su ahijado y que no toleraría que fuera maltratado.

Nadie —salvo sus desesperadas familias— intercedió por Gherardo de Roberti, Franceschino Boccacci y Albertino Boschetti cuando fueron recluidos en las celdas del palacio ducal ni por el cantante Gian de Artigianova, capturado por los staffieri de Hipólito en Milán mientras trataba de huir a Francia.

En cuanto se produjeron las primeras detenciones, Alfonso le advirtió a Lucrecia que se mantuviera al margen y no intentara intervenir ni influenciarle.

«Esto es un asunto de los De Este, esposa —le dijo— y seremos nosotros quienes lo resolveremos.

» A Lucrecia le dolió el tono de la advertencia, pues ella también empezaba a considerarse a sí misma más De Este que Borgia y más aún desde que Alfonso había dejado en sus manos todo lo relacionado con las finanzas del ducado, le consultaba frecuentemente otras cuestiones de gobierno, y en especial un proyecto que tenía la duquesa para dragar grandes extensiones de tierra de las marismas del río Po y convertirlas en terreno cultivable.

No obstante, respecto a la conjura de Giulio y Ferrante, Lucrecia obedeció.

«¿Por qué —pensó Lucrecia mientras esperaba a que Alfonso llegara al camerino d’Alabastro— son así los hombres?

¿Por qué han de resolverlo todo con violencia?

Si experimentaran, durante un solo día, el dolor y la angustia que padecemos las mujeres para forjar una sola vida en nuestras entrañas no serían tan amigos de la muerte. »