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Acababa de salir el sol y ya no cabía ni un alma en la plaza delle Erbe.
Los más madrugadores habían cogido buenos sitios frente a las cercas de madera que circunvalaban el cadalso montado delante de la fachada del palacio ducal.
El resto de la gente inundaba las calles provisionales que se formaban entre los puestos del mercado de los sábados cuyos propietarios se frotaban las manos ante la perspectiva de un gran día de ventas debido a la multitud que había acudido para presenciar las ejecuciones al tiempo que vigilaban con mil ojos sus mostradores para evitar que, al amparo del gentío, les hurtaran el género.
Lucrecia —vestida de negro y con un velo de finísima holanda de color marfil que le cubría el rostro— aguardaba a que llegara su marido al camerino d’Alabastro, el aposento que Alfonso usaba como despacho oficial.
En el lujoso aposento, junto a ella, esperaba también el consejo de los sabios en pleno con su jefe, el juez a la cabeza.
También estaban sus cuñados —el cardenal Hipólito y Segismundo— y el hombre de confianza de su marido, Niccolò da Correggio, poeta y diplomático, que se había convertido en una suerte de primer ministro del ducado.
Lucrecia detestaba aquella estancia y no sólo —que también— por el carísimo precio pagado por su construcción y —todavía más— por los cuadros, esculturas y antigüedades que su marido allí coleccionaba.
Para Lucrecia, el espacio se parecía más a la celda de una prisión o una tumba que a un lugar donde deleitarse con la armonía de sus formas.
Aunque era desde allí desde donde, en teoría, ella debía gobernar el ducado durante las ausencias de su marido, lo cierto es que sólo lo usaba para actos oficiales mientras los asuntos del día a día los despachaba en la cálida y majestuosa cámara della Stufa Grande del castillo de San Miguel, cuyas paredes recubiertas de mármoles claros, sus techos altos con frescos alegres y sus tapices le proporcionaban la tranquilidad y la claridad que necesitaba para presidir audiencias, atender peticiones y despachar con secretarios y escribanos.
Alfonso y ella habían organizado los primeros carnavales que presidirían como nuevos duques de Ferrara toda vez que el luto por la muerte de Hércules de Este había terminado.
El nuevo duque reforzó la milicia urbana para evitar incidentes y garantizar la seguridad de las calles durante los desfiles y mascaradas mientras que, en el castillo, Lucrecia se esmeró para que los bailes y banquetes fueran los más brillantes y lujosos que la corte había vivido en décadas.
Para ello, encargó a los músicos de la corte ducal que compusieran nuevas frottole para danzar y también tres comedias basadas en el Decamerón de Boccaccio un tanto subidas de tono, pero que causaron verdadera sensación por su ingenio y atrevimiento.
La propia Lucrecia —cosa que no había hecho ninguna de sus antecesoras— recorrió las calles enmascarada junto a sus damas, si bien los antifaces que llevaban no ocultaban por completo su identidad para regocijo del pueblo que veía cómo su duquesa disfrutaba con ellos de sus sencillas diversiones e incluso bailó en un par de plazas algunas piezas moriscas para que todo el mundo pudiera disfrutar de su gracia y habilidad con la danza.
Eso sí, como lo consideró inapropiado, se abstuvo de acompañar a su marido a pie de calle durante la siempre esperada batalla de los Huevos —una pringosa, incruenta y divertida batalla campal de los gremios de la ciudad en la plaza delle Erbe— y en la aún más popular Bastonatura del maiale , una competición en la que un grupo de hombres, con los ojos vendados y armados de garrotes, intentaba matar a palos a un cerdo suelto al que sólo podían localizar por el sonido de los cascabeles que tenía colgados.
Los participantes terminaban dándose más varazos entre ellos que los que recibía el pobre animal.
Pese a la vulgaridad de tan grotescos espectáculos —que encontró mucho más decorosos y civilizados que las carreras de judíos con mantos de lana mojados o de gordas prostitutas con los pechos al aire que se celebraban en Roma—, Lucrecia, sus damas y sus doncellas se divirtieron de lo lindo contemplándolos desde las ventanas del palacio ducal.
Sin embargo, Ángela Borgia ya no estaba entre ellas.
Su prima, en efecto, ocho días después de la Epifanía de Nuestro Señor dio a luz al hijo de Julio de Este en el convento del Corpus Domini.
Sin embargo, no hubo tiempo de ponerle un nombre porque la criatura murió antes de ver su segundo amanecer.
La desgracia, al fin y al cabo, había traído la salvación.
No obstante, a partir de este momento, Lucrecia se esforzó en buscar un marido para la que había sido una de sus mejores amigas y confidentes.
Lo encontró en Alejandro Pío de Saboya, conde de Sassuolo y vasallo de su marido, que aceptó como esposa a la prima de Lucrecia porque traía consigo una dote de diez mil ducados.
A pesar de que la duquesa pensaba que la temperamental Ángela se resistiría a que la vendieran como a una yegua, su prima, sumida en una profunda melancolía tras la muerte de su primer hijo y la desgracia que había caído sobre su amante, aceptó la decisión que habían tomado por ella.
Desde siempre, Ángela había usado su belleza, su elegancia y su descaro para jugar con los hombres como si fuera una gata con un ratón herido entre sus garras.
Sin embargo, con Giulio e Hipólito de Este, sus juegos habían llegado demasiado lejos «y la consecuencia de todos ellos —pensó Lucrecia tras el velo de finísima holanda bordado por las monjas del convento de San Gabriel— es el cadalso que se levanta delante de la fachada del palacio ducal».
Poco después del amanecer del día siguiente a la fiesta en la delizia de Belriguardo, unos arrieros encontraron a Giulio bajo unos árboles junto al camino de Ferrara.
Le faltaba el ojo izquierdo y tenía horriblemente lastimado el párpado del derecho.
No llevaba armas ni dinero y tampoco se pudo encontrar —ni vivo ni muerto— el caballo tordo que montaba.
Mientras lo llevaban a la ciudad, cada vez que recuperaba el sentido acusaba a gritos a su hermanastro Hipólito de ser el responsable del ataque que le había dejado ciego e incluso de estar presente mientras lo mutilaban.
Sin embargo, días después y ante el duque Alfonso y el consejo de los sabios, el cardenal no sólo negó las acusaciones, sino que una dama de la corte juró que el prelado estuvo con ella toda la noche en uno de los aposentos de la villa de recreo.
Al final, tanto el consejo como el duque llegaron a la conclusión de que el asalto padecido por Giulio había sido obra de unos salteadores de caminos, como probaba el hecho de que el dinero, las armas y el caballo habían desaparecido.
Alfonso —que ahora tenía en su hermano Hipólito a uno de sus mejores consejeros tras años de rivalidad— decidió creer al cardenal y se olvidó del asunto.
Otras cuestiones requerían su atención, como la siempre difícil relación con Venecia o la guerra que el papa Julio había desatado contra Bolonia para desalojar de su gobierno a los Bentivoglio, entre ellos, a su hermanastra Lucrecia, casada con el heredero del señorío.
Sin embargo, Giulio —encerrado en su palacio de la via degli Angelli—, tuerto, desfigurado y enloquecido por el rencor, no sólo no estaba dispuesto a olvidar.
Estaba dispuesto a matar.
Durante los primeros días de su convalecencia, el centro de su odio era Hipólito.
Sin embargo, después de que el cardenal se librara de la condena merced al falso testimonio «de aquella ramera con título de nobleza y modales de dama», según pensaba, dirigió su resentimiento a quien había permitido aquella injusticia: su hermanastro el duque Alfonso I de Este.
Giulio sabía bien que era un bastardo y, por tanto, necesitaba a un hijo legítimo de Hércules de Este para su plan.
Alguien que, pese a llevar en sus venas la sangre correcta, hubiera estado tan apartado del poder y del ámbito de decisiones de la familia como él.
No fue difícil encontrar al candidato ideal: el apuesto Ferrante, de quien se decía que era el hombre más hermoso de Italia.
El segundo hijo varón del viejo duque —cuyo padrino de bautismo había sido el entonces cardenal Giuliano della Rovere, luego papa Julio II— fue educado en Nápoles en la corte real de su cruel abuelo, en cuyo honor llevaba su mismo nombre.
Después, su padre lo envió a la corte de Carlos VIII de Francia y, como uno más de sus caballeros, participó en la invasión de Italia con la que el monarca francés intentó derrocar al papa Alejandro mientras su hermano mayor, Alfonso, estaba en el bando contrario en la batalla de Fornovo.
A pesar de que lo había tenido todo para ser un gran condotiero, Ferrante era tan guapo como estúpido, inconstante, manirroto y perezoso.
Por todo ello, el viejo Hércules —harto de aquel haragán— lo apartó de todas las decisiones importantes para centrar su atención en su primogénito, Alfonso, y en su benjamín, el leal y diligente Segismundo.
Desde la muerte de su padre —y también antes— Ferrante empleaba su tiempo en frecuentar tabernas y burdeles y a salir por la noche en compañía de Gherardo de Roberti, Franceschino Boccacci y Albertino Boschetti —todos ellos segundones de familias de la pequeña nobleza ferrarense e igual de calaveras que Ferrante— armados con ballestas de caza para saetear perros y gatos por las calles por pura diversión.
Ferrante también gastaba energía en quejarse de que su hermano mayor no le tenía en cuenta para nada y que «la puta valenciana», es decir, su cuñada Lucrecia, le había recortado la pensión que recibía del tesoro ducal hasta el punto de que creía vivir como un mendigo y no como el príncipe que era por nacimiento.