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El sol moribundo de otoño caía oblicuo sobre los muros rojizos de la delizia de Belriguardo y teñía de oro las molduras de mármol blanco de las ventanas y el parque que se extendía hasta perderse en la fina neblina que flotaba sobre la llanura, donde los trigales formaban una alfombra verde que se mecía con el viento frío y húmedo.
Giulio de Este, a lomos de su caballo tordo regalado por el marqués de Mantua, cruzó al paso el patio central.
El aire olía a boj y a rosas y sentía que el rumor del agua de las fuentes cantaba para él como un coro que dirigiera la estatua dorada de su padre, la cual parecía arder por la luz del atardecer en medio de los cipreses que delimitaban la plaza central del parque.
Para el benjamín de los bastardos del difunto Hércules de Este, el día que ya agonizaba había empezado bien y terminaba aún mejor.
Tras el tiempo de recogimiento y luto por el día de Todos los Santos, su hermano el duque había organizado un banquete —que incluyó música, baile y una representación del Miles gloriosus de Plauto, una de las comedias favoritas de la duquesa— con el que celebrar el regreso de Lucrecia a Ferrara tras meses refugiada en Módena y Reggio para evitar la peste y, de paso, sacarla de la profunda melancolía en la que se había sumido tras la muerte del hijo que parió en septiembre.
Un varón al que le habían puesto el nombre de su abuelo el papa: Alejandro.
Toda Ferrara esperaba con ilusión el nacimiento y recibió con consternación la muerte del infante de menos de un mes de vida.
Gracias a la previsión de Lucrecia para adquirir trigo y las medidas sanitarias de confinamiento y cuarentena que impuso —por consejo de Francesco di Castello y Ludovico Bonnaccioli, los médicos de la corte— para controlar la peste, el ducado había salido bastante bien parado de uno de los peores veranos que se recordaban.
Aunque la enfermedad se llevó por delante cientos de vidas, se logró contener la hambruna al tiempo que se reservaba grano suficiente para la siembra a principios de octubre y cuyo verdor en los campos Giulio podía contemplar hacia los cuatro horizontes.
El futuro inmediato se presentaba sin nubarrones negros y más aún después de que Lucrecia, por fin, hubiera alumbrado a un heredero.
Alejandro nació hacia la hora undécima del día de San Genaro de Nápoles en un aposento de la ciudadela de Reggio.
Y es que, aunque la peste retrocedía en Ferrara por entonces, los médicos ducales optaron por la prudencia y más al considerar que el embarazo había sido difícil para la madre y que el recién nacido era un niño enfermizo al que las mejores amas de cría del ducado no conseguían alimentar.
Por eso, Lucrecia y el crío permanecieron en Reggio y, contraviniendo todas las costumbres de las damas de alta alcurnia, fue la misma duquesa la que le dio el pecho.
Pero fue en vano. A mediados de octubre, Alejandro murió y la muerte del pequeño sumió a la duquesa en una profunda melancolía de la que su marido intentó sacarla con aquella fiesta en Belriguardo.
Una fiesta en la que la duquesa no hizo gala de su extraordinaria habilidad y gracia para la danza.
Ni se rio a carcajadas —como solía— con las ridículas andanzas del soldado fanfarrón Pirgopolínices de su obra favorita de Plauto, el Miles gloriosus .
Ni siquiera pudo evitar emocionarse con los versos del epitalamio, el poema nupcial, que Ludovico Ariosto compuso en su día —en bellísimos latines— con motivo de su boda con Alfonso de Este y que el propio poeta recitó para todos.
Pero, para Giulio, el banquete había sido un verdadero gozo.
Y el mejor momento vino cuando, tras bailar una bassa danza nobile e misurata con Ángela Borgia, que lo había elegido a él para la danza en vez de a su hermanastro Hipólito, la prima de la duquesa —con su risa como un cascabel de plata y su mirada peligrosa— le había dicho al cardenal: « Eminentissime pater , los ojos de vuestro hermano Giulio valen más que toda vuestra persona».
Tras esa ocurrencia, todos los presentes estallaron en risas, pues era bien sabido que el cardenal se consideraba a sí mismo como uno de los hombres más apuestos de Italia y, sin duda, el prelado más guapo de la curia romana al que ninguna mujer se le podía resistir y que contaba entre sus conquistas más preciadas a la cuñada de Lucrecia, Sancha d’Aragona.
Sin embargo —y para alegría de Giulio—, Ángela Borgia se había resistido a los encantos del cardenal al que, además, había atormentado durante meses con flirteos, miradas y gestos equívocos que parecían invitar al príncipe de la Iglesia a su alcoba, aunque al final no pasaba de la antecámara.
Giulio —que también era clérigo como su hermanastro, aunque sólo había recibido las órdenes menores— sí que lo había conseguido.
Ángela llevaba un hijo suyo en sus entrañas, y aunque la prima de la duquesa ocultaba su estado bajo vestidos holgados y mantos amplios, Lucrecia y Alfonso lo sabían y esperaban el nacimiento para decidir el futuro de ambos amantes.
Un futuro que, para Giulio, se mostraba más brillante que el sol sanguinolento que descendía en el horizonte y caía a su izquierda por el camino de vuelta a Ferrara.
En poco tiempo, que se le liberara de su condición de clérigo para casarse con Ángela había pasado de ser una quimera a una posibilidad cada vez más cierta y más aún cuando su hermanastro el duque le había levantado el castigo impuesto hacía un año.
Una penitencia que consideraba completamente injusta y más aún cuando había sido Hipólito —todas sus desgracias venían siempre del cardenal— el verdadero responsable de su condena al exilio en Brescello, un pueblucho a casi veinte leguas de Ferrara, en cuya ciudadela, que era más bien un barracón de piedra, se había muerto de aburrimiento y rabia durante meses.
Su hermanastro Ferrante había corrido la misma suerte; pero, como era hijo legítimo de Hércules de Este, el exilio para él fue en Módena, donde se disponía de más diversiones o, por lo menos, de burdeles más decentes.
Ambos habían acabado en el destierro después de que, junto a una docena de staffieri —sirvientes armados con garrotes, espadas, ballestas y algún arcabuz—, Giulio y Ferrante se colaran con engaños en la rocca de Gesso que era propiedad del conde de Scandiano, un amigo del cardenal Hipólito.
El motivo para ello es que habían averiguado que el músico Rainaldo de Sassuolo —al que Giulio había contratado— había sido raptado y encerrado en el bastión por los hombres del cardenal, quien lo quería para su capilla.
Una vez dentro de la pequeña fortaleza, los staffieri de Giulio y Ferrante apalearon a los guardias y abusaron de un par de las criadas más jóvenes y hermosas antes de liberar al músico y encerrar al intendente en la misma celda que ocupaba el artista.
Cuando Hipólito se enteró, montó en cólera y protestó ante su hermano el duque, el cual los condenó al exilio y a una exorbitante multa de doscientos ducados a cada uno.
Pasados unos meses fue Lucrecia quien —conocedora de que el padre del hijo que esperaba su prima era Giulio— intercedió por él para que se le permitiera regresar a Ferrara, aunque, eso sí, no se libró de la multa.
Todo aquello empezaba a quedar atrás en la mente de Giulio conforme lo hacía la silueta de la delizia que dejaba a su espalda.
Cabalgaba solo porque Alfonso también le había castigado a renunciar a su escolta de staffieri hasta nueva orden.
No obstante, no tenía ningún motivo para sentir miedo.
Llevaba una buena cinquedea colgando de su cadera izquierda y, en el interior de una vaina de cuero que le cruzaba el pecho, una pistola a ruota tedesca , un prodigio mecánico con el que sembrar muerte por el que había pagado una pequeña fortuna al mercader veneciano que se lo trajo de los talleres de los maestros armeros de Augsburgo.
El cañón, de hierro bruñido, apenas superaba el palmo y medio de longitud, y descansaba sobre una culata de madera de nogal, pulida hasta el brillo de la seda.
El metal, frío y pesado, estaba grabado con filigranas y la empuñadura, curva y elegante, se adaptaba a la mano como si hubiera sido tallada para ella.
Pero lo que la hacía única era el mecanismo de la ruota : una pequeña rueda de acero, dentada y tensa, oculta bajo una tapa ornamentada.
Al girarla con una llave especial, la rueda almacenaba la energía de un resorte, lista para liberar una chispa en el momento preciso.
Giulio acarició la culata de nogal unos instantes antes de internarse en un tramo de camino flanqueado por inmensas encinas que formaban una arcada de madera y hojas sobre la vía.
La luz del sol moribundo apenas conseguía traspasar el espeso ramaje.
Dio un leve toque con las espuelas a su caballo para que agilizara el paso y salvar aquel trecho en el menor tiempo posible, ya que aquél era, sin duda, el lugar perfecto para una emboscada.
Giulio elevó una breve plegaria para agradecer que no hubiera nadie por allí cerca que lo viera comportándose como un cobarde. Pero la Providencia no lo escuchó.
Por allí había alguien viéndolo.
Lo estaban esperando.
El virote de ballesta se hundió en la grupa derecha de su caballo como un cuchillo caliente en un trozo de mantequilla.
El tordo —tal y como esperaba su agresor— se levantó de manos con un relincho de dolor y con tal fuerza que, a pesar de que llevaba los estribos bien calados y sujetaba las riendas con fuerza, Giulio salió despedido hacia atrás como si fuera el proyectil de una catapulta.
No se partió la espalda gracias a que aterrizó en unos matorrales.
A pesar de la sorpresa —y a causa del dolor por el batacazo— tuvo la suficiente lucidez como para intuir que no le iba a dar tiempo a levantarse y desenvainar la espada, por lo que, en cuanto intuyó, más que vio, el primer bulto que se cernía sobre él, sacó de su funda de cuero la pistola y apretó el gatillo.
La rueda que daba su nombre al arma alemana rozó la pieza de pirita que encendió la pólvora de la cazoleta con un destello súbito y seco.
El fogonazo lo cegó por unos instantes y el trueno que siguió, breve pero potente, dio paso al aliento de azufre y humo que dejó la bola de plomo en su camino para arrancar de cuajo la mandíbula del staffiero que, garrote en mano, se disponía a golpear a Giulio.
El sicario, muerto en el acto, se le cayó encima y, antes de que pudiera librarse del peso y levantarse, tenía a otros cuatro rodeándolo.
Fue entonces cuando el miedo lo paralizó, pero pronto fue sustituido por una oleada de indignación y rabia. Forcejeó, gritó, pero una mano áspera le tapó la boca. Sintió el barro frío en la mejilla y el peso de varios cuerpos sobre el suyo.
El cardenal Hipólito apareció entonces. No llevaba la sotana ni el capelo rojo, sino que iba vestido con un jubón de cuero, calzas de lana, botas de montar y espada al cinto.
Envuelto en su capa negra, la habitual encantadora sonrisa del cardenal se había transformado en una mueca de lobo en la que brillaba una satisfacción cruel.
Giulio estaba dispuesto a jurar que su hermanastro se había quedado en la delizia cuando él se había marchado, e incluso que lo había oído decir que pensaba hacer noche en la villa de recreo.
Comprendió entonces que, en realidad, no tenía la más mínima intención de hacerlo y que había pronunciado esas palabras en voz alta para construir una coartada.
Se arrodilló sobre la tierra húmeda hasta poner la cara a menos de una pulgada de la de su hermanastro para que pudiera degustar bien todo el veneno que destilaban sus palabras.
—Si tus ojos, bastardo, son tan valiosos para Ángela, se los voy a regalar.
En ese instante, el tiempo pareció detenerse para Giulio.
El terror lo invadió, pero también una oleada de incredulidad.
¿De verdad uno de los hijos de su mismo padre iba a cometer tal barbaridad?
¿Por una travesura con un músico? ¿Por una mujer?
¿Qué podía temer o envidiar Hipólito —con todo su poder, riqueza y prestigio como cardenal— de un bastardo como él, condenado por nacimiento a vivir de la caridad de sus hermanastros?
El dolor llegó de golpe, blanco y absoluto, cuando el primer puñal le atravesó el ojo izquierdo.
Se oyó un grito ahogado, un alarido que sólo escucharon los cuervos.
El segundo ataque, menos certero, le desgarró el párpado derecho.
Giulio sintió que el mundo se desmoronaba, que la oscuridad lo devoraba.
En medio del dolor, una parte de él se aferró a la dignidad.
No suplicó ni pidió clemencia. Puede que fuera un bastardo, pero la misma sangre de Hércules de Este, il cavaliere senza paura —‘el caballero sin miedo’—, corría por sus venas.
Pensó en Ángela —en su risa de cascabel y su mirada peligrosa— y en la posibilidad, que desaparecía como el sol en el horizonte, de un futuro distinto.