El mirto y el puñal 63 #2
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A partir del momento en el que Alfonso de Este tomó posesión como nuevo duque de Ferrara, la relación entre él y Lucrecia cambió por completo.

Seguían sin amarse y compartían el lecho lo estrictamente necesario para buscar el heredero que ambos querían para el ducado.

Sin embargo, la responsabilidad de gobernar había forjado entre ambos una complicidad y una unión que ninguno de ellos consideraba posible tan sólo unos años antes.

A Lucrecia no le importaba lo más mínimo que su marido tuviera amantes, siempre y cuando ninguna de ellas intentara ocupar un lugar que no le correspondía y, por supuesto, que no hubiera bastardos de por medio.

Por su parte, Alfonso no se inmiscuía en la pequeña corte de damas, músicos y poetas que Lucrecia tenía a su alrededor.

Ni tampoco en sus gastos, de los que, por otro lado, no tenía queja alguna porque la nueva duquesa se había revelado como una gran administradora.

«Mi marido —recordaba Lucrecia— sabe gastar muy bien, en especial en hierro, pólvora, caballos, cacerías y amantes, pero no es tan diligente a la hora de ingresar moneda de ley en las cámaras del tesoro ducal.

» Por lo menos, Alfonso también era consciente de sus propias carencias a la hora de manejar las cuentas y, por ese motivo, una de sus primeras decisiones fue delegar en su esposa —asistida por dos secretarios y una docena de escribanos— todo lo concerniente a las finanzas del ducado.

Hasta ese momento, Lucrecia ni siquiera podía intuir que las arcas del señorío estaban tan mal y achacaba las disputas que, por dinero, había tenido en el pasado con su suegro a su legendaria tacañería.

Y aunque, en efecto, Hércules I de Este era bastante avaro, no era menos verdad que en sus últimos años, simplemente, no podía pagar.

Lucrecia se puso manos a la obra. Además de religión, literatura, idiomas, oratoria, latín, griego, canto y danza —y aunque no le correspondía por su condición de hembra—, la nueva y joven duquesa de Ferrara también había estudiado los misterios de los números gracias al empeño de su tutora, Adriana de Milà.

También había ayudado su hermano César, quien le regaló un ejemplar de la Summa de Arithmetica de fray Luca Pacioli, el sabio monje franciscano que enseñaba en la Universidad de Perusa y del que aprendió los secretos de la partida doble de los libros de cuentas —como lo hacían los mercaderes venecianos— y la regla del setenta y dos para calcular el tiempo y el interés necesario para que cualquier inversión se duplicara.

—Alfonso —le dijo Lucrecia a su marido tras estudiar los libros de cuentas—, hay que hacer exactamente lo contrario de lo que hizo tu padre para sanear el tesoro.

—¿Cómo? —preguntó el duque de Ferrara—. ¿Bajar los impuestos? No entiendo.

—Cada vez, esposo, que se sube un tributo o se establece una nueva tasa, puede que se recaude más al principio, pero de inmediato surgen las maneras de intentar evitarlo, crece el contrabando y, lo que es peor, también crece el odio del pueblo.

Recuerda, Alfonso, que un hombre olvida antes que maten a su padre que no que le priven de una parte de su riqueza.

—Es cierto.

—Además, son muchos los que no pagan. No ingresamos nada de los beneficios que se obtienen de las tierras y ganado que son propiedad de conventos o iglesias.

Y se vendieron demasiados títulos de pequeña nobleza a burgueses que, de inmediato, quedaron exentos de tributar.

Como eso no se puede revertir, tenemos que propiciar más el comercio y, en especial, el que llevan a cabo los judíos, que son muchos aquí en Ferrara.

—¿Tú crees? A su santidad no le gustará nada.

—Te recuerdo que tu padre acogió a un gran número de ellos cuando, hace más de diez años, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón los expulsaron de sus reinos.

También el papa Alejandro hizo lo mismo.

Los judíos han vivido en Italia desde los tiempos de Julio César.

Es más, se podría decir que hubo sinagogas en Roma antes incluso de que san Pedro celebrara la eucaristía por primera vez.

Son gente pacífica, Alfonso, que paga cuantos impuestos se les imponen, a los que se les puede pedir prestado a intereses razonables y que no dudan en hacer buenas derramas a cambio de que puedan practicar su fe sin que se les moleste.

—Bien.

—Y también hay que recortar gastos, Alfonso. Todo lo que se pueda. En la corte para dar ejemplo...

—No podemos descuidar el gasto militar, Lucrecia —interrumpió Alfonso—. Somos demasiado pequeños.

—Lo sé. Por eso he reservado fondos para, llegado el caso, contratar piqueros suizos y estradiotes albaneses.

También para adquirir pólvora. No obstante, deberíamos plantearnos formar nuestra propia milicia como hizo mi hermano César en la Romaña.

Un hombre por casa al que le proporcionaríamos armas e instrucción para, llegado el caso, poder contar con ellos y no depender de mercenarios ni condotieros.

Puedes encargar el trabajo a tus capitanes.

—¡Perfecto!

—No obstante, no podremos seguir, como mínimo durante un tiempo, con las obras proyectadas por tu padre que están inacabadas. Al menos, no con todas.

—¿Podríamos —el tono de Alfonso era casi de súplica— llevar a cabo el proyecto de la via Coperta? Creo que es importante.

Lucrecia reflexionó unos instantes. Prácticamente al día siguiente de su coronación, su marido le trasladó su deseo de mejorar la via Coperta, el pasaje que comunicaba el viejo palacio ducal con el castillo de San Miguel y que cruzaba el foso desde el lado este del palacio por un pequeño puente hasta el revellín de la fortaleza, y de ahí por un puente levadizo hasta el castillo.

De niño, en tiempos de la rebelión de su tío Niccolò de Este, Alfonso había escapado con su madre por ese paso elevado hasta la seguridad del bastión.

Con la ampliación se conectarían las estancias del palacio con los aposentos de Lucrecia en el castillo de San Miguel, y así evitarían tener que salir por la llamada via Courta.

La duquesa recordaba bien cuando, siendo niña, ella misma había huido junto a su familia por el passetto que comunicaba el Palacio Apostólico de Roma con el castillo de Sant’Angelo cuando el rey de Francia invadió Roma y estuvo a punto de derrocar al papa Alejandro.

—Haremos un esfuerzo —dijo, al fin, Lucrecia— para reforzar la via Coperta. No será fácil, pero se puede conseguir.

Las medidas propuestas por la duquesa no tardaron en causar efecto.

Al rebajar las tasas por la participación en los mercados de las ciudades y villas más importantes del señorío, más comerciantes —grandes y pequeños— de todo el norte de Italia empezaron a acudir.

Además —y a pesar de las protestas de su cuñado, el cardenal Hipólito y de las airadas amenazas del papa Julio— Lucrecia convenció a su marido de recaudar una décima parte del diezmo que se pagaba a la Iglesia en todo el dominio de la casa De Este.

Con aquel dinero no sólo se pudieron acometer las obras de la via Coperta, sino que además, cuando al final de la primavera se vio que las cosechas iban a ser malas debido a la sequía y a varias tormentas de granizo, se pudo comprar grano de Sicilia y fletar galeras napolitanas para que trajeran trigo de Egipto con el que se consiguió evitar la hambruna que se avecinaba.

Entonces, llegó la peste. Y los buenos recuerdos y las positivas expectativas se evaporaron con la misma rapidez con que lo hacía el vinagre que vertían los monjes franciscanos sobre los adoquines ardientes de la plaza delle Erbe .

Los primeros casos se registraron en Comacchio, la villa más oriental del ducado, en el delta del Po, e importante por sus salinas, cuyo control había provocado la guerra de la Sal veinte años antes entre Ferrara y Venecia.

Se decía que la enfermedad había viajado en la flota de Nápoles que trajo los cereales para aliviar el hambre y, en pocas semanas, se extendió con la rapidez del siroco, el viento cálido del sureste que, en primavera y otoño, enturbiaba el cielo y hacía crecer la humedad en el aire.

Los muertos se contaban por centenares; los mercados no se abrían, los puertos estaban cerrados, las villas y ciudades cerradas a cal y canto y las caravanas de los mercaderes no se movían.

Los días se arrastraban entre el calor y el miedo a los contagios.

—Excelencia —dijo Ercoli Strozzi cuando entró en el aposento—. Todo está dispuesto para vuestra partida.

Lucrecia se volvió hacia su secretario. Aunque había retrasado el momento todo lo posible para dar ejemplo —cosa que el pueblo agradecía y valoraba—, era una temeridad permanecer más tiempo en Ferrara tal y como estaba, embarazada de siete meses y, por ese motivo, se trasladaba a Reggio, donde no se había registrado ningún caso de peste debido al férreo confinamiento impuesto en la ciudad para evitar contagios.

Por su parte, Alfonso se había refugiado en la delizia de Belriguardo y, aunque hubiera preferido llevarse también a sus hijos, al final había decidido que volvieran a Bari con Isabel de Nápoles para evitar habladurías.

Una vez más, el poder y la política se imponían sobre sus deseos de madre.

—Sí, messer Strozzi —respondió tras una última mirada a la plaza vacía—. Vámonos.