El mirto y el puñal 63
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La llamada de las campanas de la catedral de San Jorge al rezo del ángelus sonaba lúgubre en el aire recalentado por el potente sol del verano.

Desde la galería alta del palacio ducal, Lucrecia contempló, con un estremecimiento, la plaza delle Erbe completamente vacía.

Aquél era el primer sábado en el que se había prohibido la apertura del mercado que allí se celebraba desde hacía siglos.

Tampoco lo haría el siguiente miércoles, como era costumbre, para que la gran comunidad judía de la ciudad pudiera participar en él y abastecerse.

Nadie sabía cuándo podría volver a celebrarse.

A pesar de las ásperas telas de arpillera que los cubrían, Lucrecia distinguía las formas de los cuatro cuerpos que transportaba el carro tirado por un mulo, que un fraile franciscano conducía de las riendas, y que avanzaba con lentitud por el medio del inmenso rectángulo.

Detrás del vehículo, otro par de monjes —con las capuchas de los hábitos pardos caladas, a pesar del brutal calor, y tiras de franela roja tapándoles las narices y las bocas— rociaban con vinagre los adoquines en su camino hacia el convento en la via Terranuova, cuya fosa común iba a ser el destino de las últimas víctimas de la peste que, desde una semana antes del día de la natividad de san Juan, se había abatido sobre Ferrara.

«Es la sexta vez que los veo cruzar la plaza —pensó Lucrecia—.

En total, veinticuatro cadáveres y apenas es mediodía.

Ercole Strozzi me ha dicho esta mañana que ayer se enterraron sesenta cuerpos y, anteayer, otros cuarenta y cuatro.

Y, por supuesto, ha insistido en que nos marchemos de la ciudad de inmediato porque la peste no distingue entre mendigos y duquesas.

Y es verdad. Como también es verdad que los que terminan en el carro de los hermanos franciscanos para dormir el sueño eterno en la cama de la fosa común bajo la sábana de cal viva son pobres.

Todos los que se lo podían permitir han abandonado la ciudad. »

Ese «todos» incluía a quienes, seis meses antes, formaban cola para arrodillarse a sus pies, besarle las manos y dirigirse a ella como «excelencia» en la ceremonia de proclamación de Alfonso como nuevo duque de Ferrara, Módena y Reggio.

Sentado en el trono del gran salón del palacio ducal —vestido con un manto de damasco forrado de piel de lobo, gorra blanca y un collar de oro con perlas y esmeraldas engarzadas— había recibido del juez de los Sabios —Tito Vespasiano Strozzi, el padre del secretario de Lucrecia y presidente del consejo de sabios— la bacheta , el bastón dorado símbolo de su soberanía, y la cinquedea , la espada de ceremonia que representaba su obligación de impartir justicia y de defender el Estado.

Después, pronunció un discurso en el que prometió ser un buen señor y respetar las leyes, costumbres y privilegios de los señoríos, ciudades y villas que iba a gobernar.

Lucrecia volvió a mirar a la plaza delle Erbe por cuyo confín más lejano, junto al oratorio de San Crispín, el carro de los franciscanos desaparecía tras una esquina.

La plaza volvió a quedar vacía pero inflamada de luz solar, calor y miedo.

Bien distinta a la de hacía seis meses, a pesar de la infernal ventisca de nieve que se abatía sobre la ciudad cuando, tras la ceremonia de proclamación, Alfonso montó a caballo y, con el cardenal Hipólito a su derecha, el embajador de Venecia a su izquierda y sus hermanos Ferrante, Segismundo y Giulio, detrás, dieron varias vueltas a la plaza al son de trompetas, repique de campanas y salvas de schioppetta mientras el pueblo gritaba «duca, duca, duca».

La duquesa, acompañada por sus damas, contempló el desfile triunfal de su marido desde la misma galería desde la que acababa de ver pasar el carro de los franciscanos.

En aquella ocasión, lució un vestido de tabí blanco con flecos dorados sobre el que un largo manto de terciopelo carmesí la protegía del frío.

Se recogió la cabellera en una trenza española que le caía por la nuca envuelta en un trozo de negrísima seda valenciana cuajada de perlas e hilo de plata.

Así bajó por la escalera de honor para recibir a su esposo, ante quien se arrodilló para besarle la mano.

No obstante, Alfonso la levantó, la abrazó y, cogidos del brazo, volvieron a subir por la escalera de mármol para acceder al balcón y mostrarse al pueblo.

Después cenaron junto a toda la corte y hubo música, baile, representaciones de mimo y recital de poemas.

A pesar de que aquel invierno fue especialmente cruel, Lucrecia vivió las primeras semanas del año de la encarnación de Nuestro Señor de 1505 como si fuera una cálida primavera que se hizo aún más agradable cuando, a finales de febrero, se cercioró de que estaba embarazada de nuevo.

Si no hubiera sido porque César seguía preso en España y todos sus intentos para lograr su liberación habían sido en vano, su felicidad habría sido completa.

Cuando a finales de noviembre murió Isabel la Católica —a quien la duquesa de Gandía había recurrido para que el Valentino fuera juzgado por el asesinato de su hermano Juan—, Lucrecia pensó que lograría ablandar el corazón de la nueva reina de Castilla, Juana, y de su marido Felipe, duque de Borgoña.

No obstante, ni cartas ni mensajeros tuvieron éxito en su empeño y menos aún después de que César intentara escapar de la fortaleza de Chinchilla de Montearagón y fuera trasladado al inexpugnable castillo de la Mota, en Medina del Campo.

A la alegría por su nuevo embarazo se le sumó el regalo que le hizo Pietro Bembo cuando le dedicó su obra Gli Asolani , el tratado sobre el amor en forma de diálogos de Perottino, Gismondo y Lavinello en el que el primero hablaba sobre el dolor que causa el querer a alguien; el segundo, de la dicha que provoca la misma causa, y el tercero ensalza el amor tal y como lo entendía Platón, es decir, como exaltación de la belleza.

El libro, impreso por el veneciano Aldus Manucius, era un ejemplar en octavo, encuadernado en cuero repujado del que Lucrecia no se había separado desde que llegó a Ferrara.

Ese verano, todo aquello se le antojaba a Lucrecia como un sueño tan placentero como lejano; apenas un recuerdo que se evaporaba de su mente con la misma rapidez con que lo hacía el vinagre que los franciscanos habían vertido sobre los adoquines ardientes.

Incluso la inmensa alegría que sintió cuando llegaron a Ferrara sus hijos Giovanni y Rodrigo —enviados por Isabel d’Aragona tras una peregrinación al santuario de Loreto, después de más de tres años sin verlos— duró poco.

Demasiado poco.

Tras la muerte del viejo duque y sus funerales, la primera tarea de Alfonso y Lucrecia se centró en el reparto de casas y delizie entre los hermanos de la casa De Este.

Después de que cada uno de los hermanos recibiera una mansión acorde a su rango, tanto en Ferrara como en Módena y Reggio —las otras dos grandes ciudades del señorío—, el matrimonio ducal se reservó en exclusiva el disfrute de las villas de Belriguardo, Belfiore y Medelana y cedió el uso de las de Mesola, Verginese, Benvignante y Diamantina a Isabel, Hipólito, Ferrante y Segismundo.

Aconsejado por Lucrecia, aunque a regañadientes, el nuevo duque permitió que su hermanastro Giulio se quedara con el palacio que su padre le había construido en la via degli Angelli dentro de la llamada ampliación de Hércules con la que el viejo duque había doblado el tamaño de Ferrara mediante la construcción de un barrio nuevo, la apertura de calles y el refuerzo de las murallas.

Todo aquel programa de obras públicas había convertido la capital del señorío de los De Este en una ciudad distinta: más moderna, de amplias vías y luminosas plazas flanqueadas por suntuosos palacios, iglesias y edificios públicos que causaban la admiración de toda Italia.

Y que habían dejado el tesoro ducal en la bancarrota.

La guerra de la Sal contra la República de Venecia —librada casi dos décadas antes— había empobrecido el Ducado de Ferrara, pero eso no fue impedimento para que Hércules cejara en su afán por construir, literalmente, una nueva capital de su señorío, para lo que necesitaba grandes cantidades de dinero.

De ahí que subiera todos los impuestos que pudo, vendiera todos los cargos públicos y prebendas que tenía a su disposición y consiguiera que el papa Alejandro lo exonerara de la práctica totalidad de los tributos que los De Este tenían que pagar a la Cámara Apostólica como vicarios de señoríos pontificios.

También logró que el santo padre le otorgara a Hipólito más de media docena de cuantiosas rentas de obispados y abadías, por no hablar de la descomunal dote que Lucrecia tuvo que aportar para casarse con Alfonso y que salió de las arcas vaticanas, al igual que el importe de la condotta —el contrato—, por la que el nuevo duque había puesto a disposición de César Borgia y el ejército pontificio tanto a sus lanze y hombres de armas como, y sobre todo, sus piezas de artillería; entre ellas destacaba la temible culebrina Principessa a la que se le sumaba un nuevo cañón diseñado y construido por el propio Alfonso y que, como era aún más potente y mortífero, llevaba el nombre de Regina .