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– Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam.
Todo estaba preparado para la llegada de la muerte.
La servidumbre había dispuesto lienzos oscuros para tapar con ellos espejos, cuadros y muebles.
Incluso la barandilla y las columnas de mármol blanco de la escalera de honor del palacio habían sido cubiertas.
Todas las damas de la corte vestían de negro y los criados y doncellas habían sustituido faldas, corpiños, calzas y jubones de colores por otros pardos.
— Et secundum multitudinem miserationum tuarum, dele inquietatem meam.
El timbre cálido del tenor, que se elevaba sobre la polifonía para suplicar la misericordia divina, sostenía la armonía en un contrapunto delicado que rogaba por la salvación mientras el barítono, con las notas graves, recordaba el peso de los pecados para los que el Miserere pedía la absolución.
— Pater Tommaso —dijo Lucrecia al sacerdote que la acompañaba en el aposento—. Os veo un poco cansado. ¿Por qué no bajáis a las cocinas y que os den un vaso de vino caliente? Estoy segura de que todavía quedan algunos bollos de pan da Nadàl .
La inminente duquesa de Ferrara sabía que Tommaso da Modena, su orondo y glotón confesor, no resistiría a la tentación del pecado de la gula ante un par de jarras de vino caliente con azúcar, cáscara de limón y canela, y una bandeja de piezas del pan de navidad —hecho con harina, nueces, miel, higos, canela, azafrán, clavo y cardamomo— que, desde siempre, se horneaban en las cocinas de la casa De Este desde el día de Santa Lucía hasta el de San Blas.
No obstante, el cura se hizo un poco el estrecho.
—No sé si debo, signora —balbuceó—, dadas las circunstancias.
—No os preocupéis, pater . Caterineta irá a por vos si hay alguna novedad. Y vosotras —se dirigió a las otras dos criadas y a su prima Ángela— acompañad al pater Tommaso y merendad. La noche puede ser muy larga. Y cuando volváis, traed algo de comer para Caterineta y para mí, por si acaso.
Lucrecia esperó a quedarse a solas con su esclava favorita para, de un bolsillo de su falda, sacar la carta que había recibido aquella misma mañana de la duquesa de Bari, Isabel d’Aragona, la hermanastra de su difunto marido Alfonso.
Aunque ya la había leído en cuanto la tuvo en su mano, quería hacerlo de nuevo:
A la muy noble doña Lucrecia Borgia, duquesa heredera de Ferrara. Salud y gracia.
Muy ilustre señora:
Diez días después de la festividad de la Epifanía de Nuestro Señor me llegaron a Bari los infantes Giovanni y Rodrigo con su séquito.
A pesar del largo viaje y de las muchas tribulaciones por las que ambas criaturas han pasado desde la muerte del santo padre Alejandro, los dos niños gozaban de buena salud y ánimo.
Me llamó gratamente la atención la gallardía con la que vuestro sobrino Giovanni cuidaba de vuestro hijo Rodrigo, pues el primero llevaba con una mano al segundo mientras que la otra no la despegaba del pomo de la diminuta cinquedea que le colgaba de la cadera y que, según dijo, le había regalado su santidad para defender su honor, el de la casa de Borgia y el de la Iglesia de Cristo.
Lucrecia se enjugó las lágrimas que bañaban sus mejillas arrugadas por la sonrisa, entre tierna y amarga, que le provocaba imaginar a Giovanni —que ya tenía siete años— protegiendo como un pequeño condotiero a Rodrigo, que ya había cumplido cinco.
También agradecía a la viuda de Gian Galeazzo Sforza —el legítimo duque de Milán envenenado por Ludovico el Moro— que se refiriera a Giovanni como su sobrino y no como lo que era en realidad —su hijo—, por si acaso la carta era interceptada. Lucrecia continuó leyendo:
No os había escrito hasta ahora porque quería comprobar que los niños se adaptaban bien a la vida de mi corte en Bari y lo han hecho a las mil maravillas, a pesar de que casi todos los miembros del séquito que trajeron desde Roma se marcharon enseguida, pues tenían órdenes expresas del santo padre Julio de hacerlo.
Como es natural, al principio me negué a tal pretensión, al menos con las monjas que les habían servido de niñeras.
Sin embargo, cuando me mostraron las cartas firmadas del puño y letra del propio papa con esas órdenes, no tuve más remedio que ceder.
—¡Miserable! —dijo Lucrecia en voz alta para sobresalto de Caterineta—. ¡El papa Julio es un viejo cruel y desalmado que, como no pudo con el papa Alejandro, se venga en sus nietos!
Caterineta no pudo más que asentir ante el estallido de cólera de su dueña y, como hacía siempre en esos casos, se acurrucó a los pies de su falda de forma que Lucrecia le pudiera acariciar la cabeza para tranquilizarse. Una vez que lo hizo, siguió con la lectura:
Si os parece bien, creo que a Giovanni, por su edad y disposición, le será provechoso iniciar estudios en retórica y derecho, así como en las artes militares, pues no dudo que algún día ocupará un lugar destacado en los asuntos de Estado, como corresponde a un noble gentilhombre de la casa Borgia.
Será instruido en el arte de la oratoria por fray Lorenzo da Bitonto, destacado predicador de la orden de los dominicos.
De igual modo, recibirá lecciones de latín, derecho, así como el trivium y el quadrivium por parte del messer Pietro de Altamura, afamado humanista que ya nos servía en Milán y que nos ha acompañado a Bari.
Cada vez que Lucrecia pensaba en Isabel d’Aragona no podía reprimir una punzada de amarga lástima.
La duquesa de Bari lo había sido antes de Milán por su matrimonio con Gian Galeazzo Sforza, el legítimo heredero de Galeazzo Maria, padre a su vez de Caterina Sforza.
Era un degenerado que pasaba el tiempo entre rameras, efebos, cacerías y borracheras bien suministradas por su tío y regente —Ludovico el Moro— para desacreditarle ante la corte y el pueblo hasta que, finalmente, consiguió que lo mataran sus propios excesos.
Después de que el Moro se hiciera con la corona ducal, a Isabel le permitió mantener el Ducado de Bari, en el que se refugió con sus tres hijos y donde había aceptado acoger a los retoños de Lucrecia para educarlos.
— Amplius lava me ab iniquitate mea: et a peccato meo munda me.
«Lávame más de mi iniquidad —Lucrecia tradujo mentalmente el verso de los barítonos— y limpia mi pecado.
» ¿Cuánta misericordia divina hacía falta para lavar todos los pecados cometidos por las familias nobles de Italia?
¿Y por los papas de Roma? ¿Y por todos los crímenes que se cometían en el nombre del poder, como cuando su propio suegro ordenó decapitar a su hermanastro?
¡A un hijo de su padre! ¿Y los que se habían cometido en el nombre de Borgia y que Lucrecia también había sufrido?
La duquesa heredera notaba que la desesperación se volvía a enseñorear de su alma.
«Quoniam iniquitatem meam ego cognosco: et peccatum meum contra me est semper», cantaban los intérpretes del Miserere .
«Porque reconozco mi iniquidad y mi pecado está siempre ante mí.
» Cierto era que los Borgia tenían manchas de sangre en las manos porque, tal y como decía el papa Alejandro, no se puede construir nada sin golpear primero.
Incluso Nuestro Señor cortaba y martilleaba maderos cuando trabajaba como carpintero hasta que lo clavaron en uno.
O, como le dijo una vez messer Maquiavelo, un diplomático de Florencia, si se leía el Libro del Éxodo con atención se podía comprobar que incluso Moisés, para dotar de valor a sus piadosas leyes e innovaciones, tuvo que matar a mucha gente.
Pero las gotas rojas que salpicaban a los Borgia eran pequeñas comparadas con los ríos de sangre que habían vertido los Orsini, los Colonna, los Baglioni, los Della Rovere o los Sforza, tanto entre el pueblo que gobernaban como en sus propias familias.
«Por eso se esfuerzan tanto en cultivar las artes y las ciencias, para que la Historia los recuerde como mecenas y no como lo que son en realidad: criminales», pensó Lucrecia antes de seguir leyendo la carta:
El pequeño Rodrigo ya tiene la edad adecuada para que aprenda las primeras letras, y también nos hemos dado cuenta de que tiene un don especial para la música, ya que, a pesar de sus pocos años, se sabe de memoria un buen número de canciones, incluyendo algunas en lengua valenciana que me complace oírlas, pues me llevan a la tierra de mi bisabuelo Alfonso el Magnánimo y me recuerdan a mi abuelo el rey Ferrante.
Por ello, el maestro Giulio de Venosa ya le está enseñando a leer y escribir tanto en latín como en lengua vulgar y ha sido iniciado en el arte del laúd y el canto.
Y a ambos se les instruye en historia sagrada y moral cristiana.
Ambos serán tratados con el respeto que merece su linaje, y además de mi protección van a tener mi afecto, que, como sabéis, está mutilado desde que el rey de Francia se llevó al conde de Pavía.
Las lágrimas volvieron a nublar la visión de Lucrecia.
Se sentía igual de desgraciada que la duquesa de Bari, porque ambas eran dos madres que habían perdido hijos a causa de los juegos de poder que llevaban a cabo los hombres.
A Lucrecia la habían obligado a renunciar a Giovanni para casarla con Alfonso d’Aragona, y después a Rodrigo para contraer matrimonio con Alfonso de Este.
A la pobre Isabel, el rey Luis XII le había quitado el suyo para encerrarlo en una abadía francesa —donde aún estaba— cuando desalojó a Ludovico el Moro de Milán, a pesar de que ella esperaba que le devolviera lo que le había robado.
Por eso seguía refiriéndose a él como conde de Pavía, el título del heredero del Milanesado.
«Tibi soli peccavi, et malum coram te feci: ut justificeris in sermonibus tuis, et vincas cum judicaris.
» Los bajos, con su entonación profunda, hacían que las palabras del Salmo 50 —que proclamaban que sólo contra Dios se había pecado y se había hecho lo malo ante sus ojos para que fuera justo en sus palabras y triunfara cuando juzgara— surgieran del suelo mismo, como si la tierra reclamara ya al viejo duque con la misma intensidad con la que Lucrecia leía el final de la carta.
Carissima sorella:
Pienso volcar en los infantes, cuya tutela me habéis confiado, todo el amor que albergo en el corazón, pues tengo de sobra para ellos y para mi hija Bona.
Sé que la distancia entre Ferrara y Bari es grande, pero os aseguro que vuestros hijos no estarán lejos de vuestra alma.
Me comprometo a enviaros, como mínimo, una carta cada mes para contaros sus progresos.
Y aunque ahora los caminos no son seguros, confío en que la divina Providencia nos brinde las condiciones adecuadas para que os los pueda mandar de visita con toda la discreción y seguridad posible.
Recibid mi más profundo afecto.
Isabel d’Aragona
Duquesa de Bari, princesa de Rossano y señora de Ostuni y Grottaglie
A 10 de enero del año de la encarnación de Nuestro Señor de 1505
Lucrecia dejó caer la carta sobre su regazo. El papel se deslizó por los pliegues de su falda negra hasta llegar a sus pies, donde Caterineta, siempre atenta, la recogió y la depositó de nuevo entre las manos temblorosas de su dueña.
— Ecce enim in iniquitatibus conceptus sum —la voz del tenor se levantaba por encima del resto de la polifonía, poco a poco, expresando el deseo del alma de ascender al cielo a pesar del pecado—: et in peccatis concepit me mater mea.
«He aquí que en la iniquidad fui concebido», tradujo Lucrecia en sus pensamientos.
Aceptaba que, como todos los nacidos de mujer, con pecado original había llegado a este mundo.
Pero, lo de «en pecado me concibió mi madre» no era cierto.
No podía serlo ni asumía que lo fuera, por mucho y malo que dijeran de ella.
Puede que su hijo Giovanni —al que hacía pasar por su sobrino— fuera fruto del adulterio, pero ¿acaso toda la fe en Cristo no se basaba en el perdón y en el amor?
¿Había mayor castigo para una madre que el de no poder cuidar del fruto de su vientre y tener que confiar a otra mujer tan sagrado trabajo?
Volvió a lamentar no haber nacido hombre.
Ellos podían, si querían, construir o no el amor por sus hijos.
Sin embargo, las mujeres amaban incondicionalmente a sus retoños nada más salir de sus entrañas.
Incluso cuando salían muertos o, como le había pasado a ella ese verano, ni siquiera llegaban a hacerlo.
El recuerdo de su último aborto la hundió aún más en la melancolía, y Caterineta lo percibió cuando su ama apretó sus dedos de ébano.
— Ecce enim veritatem dilexisti: incerta et occulta sapientiae tuae manifestasti mihi.
La voz del contraalto se unió a la del tenor para elevar el alma hacia el paraíso y, a la vez, contestar a Lucrecia.
«He aquí que tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has enseñado sabiduría.
» En efecto, en lo secreto, en lo que no le podía contar a nadie estaba la verdad.
Recordó entonces —con no poca amargura— que su propia madre, Vannozza, había accedido a que a ella y a César —preso en la fortaleza de Chinchilla de Montearagon, en la llanura castellana— fueran educados como nobles italianos, por Adriana de Milà, en la fortaleza romana de los Orsini.
Incluso ella misma consintió en separarse de Giovanni y Rodrigo para casarse con Alfonso de Este y convertirse en duquesa de Ferrara para consolidar el poder de los Borgia.
En definitiva, en los pecados que no podía confesar —la concepción de su hijo Giovanni y la cesión ante el papa y César de abandonar a Rodrigo— estaba también su penitencia sin absolución.
Una absolución que sólo ella misma podía darse. Y que no quería.
— Asperges me hyssopo Domine, et mundabor: lavabis me, et super nivem dealbabor.
«Rocíame, Señor, con el hisopo y seré purificado: me lavarás y seré más blanco que la nieve.
» El cantus firmus de la voz principal descendía mientras la del soprano se elevaba de nuevo hasta desvanecerse como jirones de niebla sobre el río Po en las primeras mañanas de la primavera.
Como las almas de los muertos dejan este mundo.
Y luego, se hizo el silencio.
Era un silencio negro, como los lienzos que aguardaban a ser colgados de los cuadros, espejos y muebles de todo el palacio. Negro como el presentimiento que atenazaba el alma de Lucrecia con funestos presagios.
— Signora! ¡Disculpadme!
El padre Tommaso da Modena entró en el aposento sin siquiera llamar a la puerta. En la comisura de los labios tenía todavía restos del pringoso pan da Nadàl y resoplaba como un mulo tras haber subido las escaleras a la carrera.
—Su excelencia el duque de Ferrara ha muerto.