El mirto y el puñal 61 #2
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Aun así, en Nápoles, César se había entregado a una actividad frenética planeando, junto al Gran Capitán, su venganza en forma de una nueva campaña, cuyos preparativos llegó a ver meciéndose con el viento de levante en el puerto de Nápoles, a un tiro de flecha de la ventana del aposento que usaba como gabinete de trabajo y dormitorio.

Le dijeron que aquellas ocho galeras estarían a su disposición, junto a los dos mil lansquenetes alemanes de Gonzalo Fernández de Córdoba y seis cañones, para caer sobre Piombino y, desde allí, avanzar contra Pisa.

Allí se reunirían con las compañías de mercenarios gascones y lombardos que pensaba reclutar con los cuatrocientos mil ducados que aún tenía en el Banco de San Giorgio de Génova.

A ellos se les unirían otras cien lanze italianas enviadas por Ferrara, gracias a la mediación de Lucrecia, junto a la artillería de su cuñado, Alfonso de Este.

Mientras, Gonzalo Fernández de Córdoba iría por tierra para unirse a él y conquistar Siena, donde haría que un caballo arrastrara —y pensaba hacerlo con una soga de oro— a Pandolfo Petrucci en la plaza del Campo en un palio sangriento.

Luego sería el turno de Florencia. En su cabeza, a César le resultaba tan fácil como grato imaginar, una vez que cayera la capital de la Toscana y Piero Soderini fuera depuesto en favor de los Médici, la reconquista del Ducado de Urbino y la devolución de Cesena, Forlì e Imola, las tres ciudades más importantes de su ya casi desaparecido Ducado de la Romaña.

Cuando el Sanctus, Benedictus, Hosanna estalló en armonías celestiales, Lucrecia salió de sus pensamientos y, junto al resto de los fieles, se arrodilló mientras su cuñado Hipólito alzaba el cáliz y la música del maestro Desprez detenía el tiempo.

La melodía con las vocales del nombre de su suegro se repetía tres veces, en tres tonos distintos y a tres alturas para forjar una corona no hecha con oro y plata, sino con sonido.

Lucrecia percibió que los amargos recuerdos y preocupaciones cedían ante el esplendor del cántico.

Por primera vez en más de una semana conseguía pensar en otra cosa que no fuera el momento en el que uno de los comandantes de Gonzalo Fernández de Córdoba se presentó en los aposentos de César en el castillo Nuovo de Nápoles —el mismo en el que vivía ahora Sancha d’Aragona con su nuevo amante, Próspero Colonna— con varios guardias para decirle a su hermano que se diera preso, en nombre del rey Fernando y la reina Isabel, para rendir cuentas por el asesinato de su hermano Juan, duque de Gandía.

Después le quitaron la espada y registraron el aposento de arriba abajo.

Al pobre Juanicot Grasica —tras recibir no pocos golpes— le permitieron dormir acurrucado junto a la puerta en la que dispusieron a tres guardias.

Al día siguiente, señor y criado fueron trasladados al Castello Aragonese del cercano islote de Ischia y los encerraron en una celda conocida como il forno .

De aquello hacía una semana y, desde entonces, no había recibido ninguna noticia de Nápoles.

No obstante, llegaban rumores sobre la posibilidad de que César fuera trasladado a España para ser juzgado por los reyes Fernando e Isabel en persona ante las acusaciones de la duquesa de Gandía, María Enríquez, de haber ordenado el asesinato de su hermano Juan siete años antes.

Desde el atril del coro, el maestro Josquin Desprez movía las manos para guiar a los cantores que entonaban el Agnus Dei que precedía a la eucaristía.

Las voces entraron en canon mientras el resto formaban un mosaico sonoro que parecía llover sobre los asistentes.

«Agnus Dei —proclamó el cardenal Hipólito—, qui tollis peccata mundi, miserere nobis.

Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, miserere nobis.

Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, dona nobis pacem. »

«Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo —repitió Lucrecia para sus adentros—. Ten piedad de nosotros. ¿Puedes quitar también el peso de la desgracia, la traición y la muerte? Alguien tendrá algo de piedad para mi hermano César.»

El cardenal Hipólito bajó del altar y se acercó a su padre para darle la comunión.

Después le tocó el turno a Lucrecia. Ella recibió el cuerpo de Nuestro Señor con los ojos cerrados.

El pan se disolvió en su boca como ceniza dulzona.

Luego, bebió del cáliz de oro en el que estaba labrada el águila de los De Este.

Nunca el vino consagrado le había sabido tan parecido a la sangre, pero no a la del redentor derramada en la cruz por el perdón de los pecados, sino a sangre real, metálica, ácida y espesa como la vertida a su alrededor desde que tenía uso de razón y que no parecía que fuera a dejar de manar nunca.

«Cordero de Dios, danos la paz —rezó Lucrecia—.

¿Qué paz espera a César? ¿La de la prisión o la del cementerio?

¿Y a mis hijos? Tanto Giovanni como Rodrigo, por lo que sabía, estaban a salvo bajo la tutela del primo del papa Alejandro, el cardenal de Cosenza, pero ¿por cuánto tiempo?

¿Y a mi madre? Sigue en Nápoles junto a Jofré, pero ¿le puede pasar algo? ¿Y a mí? ¿Qué será de mí?»

La música cesó. Josquin Desprez bajó la mirada y sonrió, consciente de que la misa que había compuesto en honor del duque de Ferrara había sido más que una obra. Había sido un monumento invisible, pero tan sólido y eterno como las piedras del templo donde se había interpretado por primera vez.

Sin embargo, para Lucrecia, las armonías de la pieza, la luz de las vidrieras y las líneas de la catedral —al igual que todo lo que la rodeaba, empezando por ella misma— no eran más que ruinas y ceniza que todavía no sabían que lo eran.