El mirto y el puñal 61
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La melodía del Kyrie se deslizaba por las columnas de piedra de la catedral de San Jorge como el agua sobre el mármol conforme los cantores de la capilla ducal entrelazaban en sus voces el soggetto cavato , en el que con las notas Re , Ut , Re , Ut , Fa , Mi , Re hacían sonar sólo las vocales de Hercules Dux Ferrariae —‘Hércules, duque de Ferrara’—, a quien estaba dedicada la misa que se interpretaba.

En su sitial de honor, el suegro de Lucrecia escuchaba la pieza compuesta en su honor con los ojos cerrados.

El viejo duque, tras haber pasado un invierno muy malo en el que más de una vez se temió por su vida, apenas se había recuperado con la llegada de la primavera.

De vez en cuando, el decrépito anciano mecía la cabeza con la cadencia suave de la melodía que se iba repitiendo en tres tonos diferentes para construir un grandioso monumento invisible a la gloria y grandeza a la que, en opinión de Lucrecia, no le podía quedar ya mucho tiempo.

Por orden del duque, los criados habían retirado todos los asientos —salvo el suyo— de la tarima de un palmo de alto en la que se ubicaba la familia De Este durante los oficios solemnes en la catedral y que les permitía estar por encima del resto de la gente.

A pesar de que su secretario, Ercole Strozzi, había mostrado su indignación, Lucrecia no le dio importancia al feo detalle de su suegro, que interpretaba más como una travesura porque, desde que su marido había partido de viaje para visitar las cortes de Londres, Innsbruck y París, era ella la regente oficiosa del ducado.

Alfonso había tomado la decisión porque Hipólito, por su condición de cardenal, no podía gobernar y más aún mientras el nuevo pontífice, Julio II, siguiera desconfiando de él.

Por otro lado, Ferrante era tan estúpido y amante del vino y las rameras que hubiera sido una temeridad confiarle el control del tesoro ducal, y Giulio era un bastardo.

Además, Lucrecia Borgia era la duquesa heredera y, sobre todo, sabía de cuentas y administración para un señorío que, al menos por el momento, estaba en paz.

Vestida de brocado carmesí ribeteado con hilo de oro, Lucrecia parecía la expresión viva y femenina de las llamas del Espíritu Santo sobre las cabezas de los apóstoles.

El brillo de la seda valenciana de la falda de la duquesa lucía aún más hermoso bajo la luz que se vertía desde los vitrales coloreados de la catedral.

Tanto que hacía palidecer el rojo de la casulla de su cuñado, el cardenal Hipólito, que oficiaba la misa.

Aunque ella prefería las chansons y frottole —más alegres— que componía el maestro flamenco para entretener a la corte, no podía dejar de reconocer que la Missa Hercules Dux Ferrariae era una pieza soberbia.

No sólo había belleza y devoción en ella, sino también política y poder porque, con música, Desprez había ligado el nombre de su suegro a la gloria de Dios.

Una gloria a la que, para ser completa, aún le faltaba un heredero.

Y aunque Lucrecia albergaba algún leve motivo para estar esperanzada porque había tenido ya una falta en su menstruación, no quería hacerse demasiadas ilusiones.

Además, apenas podía soportar en su alma la oscura desesperación y tristeza que la atormentaba y que, siempre que estaba en público como en aquella ocasión, luchaba para que no se le notara en lo más mínimo.

«Todo se ha perdido —se lamentaba—. Absolutamente todo.»

Tras el cónclave más breve de cuantos se tenía constancia en el Liber Pontificalis , Julio II y César Borgia habían vivido un par de semanas entre tantas muestras mutuas de cariño que parecían padre e hijo.

El primero le otorgó al segundo nueve aposentos en el Palacio Apostólico para vivir con su familia mientras se reparaba su palacio de San Clemente, destruido por el saqueo.

Según contaba César a Lucrecia en sus cartas, ambos paseaban del brazo por los jardines del Belvedere y, en público, se llamaban «hijo querido» y «padre amantísimo».

El papa también había enviado cartas a Florencia en las que se refería al Valentino como «mi bravo capitán general» y breves a las ciudades de Cesena, Forlì y Bertinoro en las que recordaba a las autoridades municipales que César seguía siendo su legítimo señor como vicario de la Santa Sede.

Juntos decidieron, antes de la coronación del nuevo papa, que César —con los doscientos hombres que le quedaban en Roma para garantizar su seguridad— dejara la ciudad y se marchara al imponente castillo de Ostia a esperar la llegada de las dos galeras pontificias que debían llevarle a Génova.

Allí, en el Banco de San Giorgio, estaban los últimos doscientos mil ducados de la fortuna de los Borgia con los que el Valentino pretendía reclutar un nuevo ejército de mercenarios, alquilar otras diez naves genovesas y regresar por mar para tomar primero Piombino y, después, marchar hacia Perusa, donde se reuniría con las compañías de estradiotes de don Micheletto.

Mientras tanto, Lucrecia había convencido a su marido para que acudiera al cerco de Perusa con treinta piezas de artillería, entre ellas, la monstruosa culebrina que él mismo había diseñado y construido: la temible Principessa.

Cuando los venecianos hubieran sido expulsados de la Romaña —según decidieron de común acuerdo el papa y el duque— esperarían a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos en Nápoles antes de dar el apoyo explícito de la Santa Sede al rey de Francia o al de Aragón.

O, lo que es lo mismo, que acudirían en auxilio del vencedor.

Cada noche, César y Julio II conversaban en las estancias privadas del sumo pontífice e incluso resolvieron que la hija legítima del Valentino, Louise —de cuatro años—, se casaría con el sobrino-nieto del pontífice, Francesco Maria della Rovere, de trece.

«Al menos, ése era el plan —reflexionó Lucrecia—.

Un plan que jamás se llevará a cabo porque las muestras de cariño del papa Della Rovere eran tan falsas como el beso de Judas a Nuestro Señor en el huerto de Getsemaní.

Mientras el santo padre firmaba con una mano las cartas en las que ratificaba a César en todos sus cargos, con la otra estampaba el sello pontificio en misivas dirigidas a las autoridades de las villas de la Romaña y a sus obispos y sacerdotes en las que les instaba a no obedecer los mandatos de los magistrados nombrados por el Valentino y a deponerlos con violencia. »

Y así, una tras otra, las ciudades y pueblos se rebelaban o, lo que era peor, dejaban de pagar los impuestos, con lo que los mercenarios desertaban por no cobrar sus salarios y las milicias reclutadas en Fano, Imola, Forlì y Cesena abandonaban el ejército de César y se pasaban a compañías reclutadas en secreto por el papa.

A cada mensajero que llegaba a Ostia para informar de que otro pueblo se había amotinado o que un destacamento de hombres de armas, lanceros o ballesteros había desertado, César montaba en cólera y mandaba emisarios de vuelta a Roma para apremiar al papa a que armara las galeras prometidas que debían llevarlo a Génova.

Sin embargo, Julio II siempre se excusaba en la escasez de galeotes, el mal tiempo o la falta de suministros para justificar el retraso.

Por contra, el papa le pedía a César las contraseñas de las guarniciones de Cesena, Bertinoro y Forlì para que sus comandantes se pusieran a las órdenes de los nuevos jefes de la guardia pontificia, todos suizos, medio salvajes, que el santo padre había contratado del cantón de Uri.

No obstante, el Valentino también daba largas conforme sus sospechas sobre el doble juego del papa se acrecentaban.

«Aquel juego del gato y el ratón —recordó Lucrecia— se terminó cuando el papa Julio decidió, finalmente, quitarse la máscara de roedor y mostrar al verdadero felino que es.

» Cuando los estradiotes de don Micheletto fueron masacrados ante las murallas de Castiglion Fiorentino —en el señorío de Perusa— por el tirano Giovanni Baglioni y el mejor capitán de César fue capturado y entregado al santo padre que lo encerró en la Tor di Nona de Roma, todo se precipitó.

Mientras Lucrecia recordaba cómo el poder militar de su hermano se hundía, los cantores de la capilla ducal elevaban el Gloria in excelsis Deo y sus voces se entrelazaron en armonías claras que bailaban en el aire incendiado por la luz de las vidrieras.

El contrapunto del maestro Desprez no era excesivamente complejo, sino muy simple para que el nombre del duque se siguiera entendiendo y celebrando por encima incluso de la alabanza a Dios.

«Casi me desmayo —rememoró Lucrecia— cuando llegó el mensajero con la noticia de que César estaba preso en Sant’Angelo, donde, finalmente, reveló al papa las contraseñas de las fortalezas que aún le eran fieles y que pasaron al control de los condotieros al servicio del santo padre.»

Tras ceder a las presiones del papa, a César lo devolvieron a la fortaleza de Ostia sin más compañía que su paje, Juanicot.

Julio II ni siquiera permitió que el doctor Torrella fuera con él.

La única esperanza que le quedaba al Valentino era la promesa del rey de Aragón —ya vencedor en Nápoles— de que lo trasladarían a la capital del Reino del Sur para que, con el dinero de que aún disponía en los bancos de Génova, pudiera reclutar otro ejército con el que ir por mar hasta Florencia y, desde allí, marchar para recuperar sus ciudades de manos de los venecianos.

Credo in unum Deum. Las voces de los cantores levantaban las bóvedas de sonido concebidas por el maestro Desprez, como si la fe pudiera habitar el aire de la catedral, «pero la fe en cualquier cosa a la que se comprometa Fernando el Católico —recordó Lucrecia con amargura y rabia— no vale nada».