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—Está bien. Tendréis sus votos —dijo el Valentino tras un momento de reflexión y mientras señalaba a los once cardenales que se mantenían en un humillante silencio—.
Pero yo seré ratificado como gonfaloniero y capitán general de la Iglesia en cuanto seáis elegido papa.
Y dispondré del tesoro de la Cámara Apostólica para reclutar un ejército con el que recuperar Urbino, Perusa, Pésaro, Rímini, Camerino y Sermoneta.
—Siempre y cuando —respondió Della Rovere— Urbino y Perusa vuelvan a ser patrimonio de la Iglesia, no del Ducado de la Romaña. Y también Bolonia que, como gonfaloniero de la Iglesia y capitán general del ejército apostólico, conquistaréis para la Santa Sede.
—No avancé hacia Bolonia en su día y la tomé por las armas, eminencia, porque mi primo el rey de Francia —esto último lo dijo con una sonrisa amarga— no me lo permitió. Si vos lo acordáis con él, cumpliré con gusto tal orden. Y de igual modo castigaré a Siena.
Giuliano della Rovere se acercó a César y, tomándole la cara entre dedos, le besó en la boca y después puso delante del rostro del Valentino las manos para que el hijo del papa Alejandro las besara también para sellar el pacto.
En ese momento, las campanas de la torre de Gallo de la basílica de San Pedro empezaron a doblar a muerto para llamar a los fieles de Roma a la última de las novendiales, las nueve misas en memoria del difunto Pío III.
Al día siguiente, festividad de Todos los Santos, treinta y ocho cardenales —pues también se incorporó Hipólito de Este— entraron en la capilla del papa Sixto IV cantando el Veni Creator Spiritus para rogar al Espíritu Santo que los ayudara a encontrar al nuevo papa que Giuliano della Rovere y César Borgia ya habían elegido.
Apenas monsignore Burcardo proclamó el extra omnes , los cardenales firmaron las capitulaciones en las que, como de costumbre, se comprometían a defenderse mutuamente y a organizar una cruzada para recuperar Constantinopla y los santos lugares de manos de los turcos.
También juraban que el nuevo papa organizaría un concilio en un plazo no superior a los dos años para reformar la Iglesia de Cristo y acabar con los vicios que la afligían.
Un concilio que reduciría el número de cardenales a veinticuatro, quienes, obligatoriamente, residirían en Roma sin que ninguno de ellos pudiera poseer más de un obispado, rentas que superaran los seis mil ducados al año, escoltas de más de veinte hombres o palacios con más de ochenta servidores en los que vivieran pajes menores de catorce años, músicos, bufones o concubinas.
El futuro concilio también elaboraría una constitución apostólica en la que se prohibiría a los cardenales gastarse más de mil quinientos ducados en sus funerales y sepultura y condenaría con la excomunión inmediata a quien cometiera simonía o sodomía.
Después de que todos la hubieron firmado, rezaron el ángelus y se retiraron a almorzar a la sala Regia con la tranquilidad de que no iban a cumplir nada de lo firmado.
Era la hora sexta.
Mientras los eminentissimi patres comían, todos comentaban que ya había papa y el rumor se convirtió en certeza en el momento en el que el cardenal George d’Amboise se acercó a la mesa donde estaba Giuliano della Rovere y el propio cardenal de San Pietro in Vincoli se levantó para colocar una silla más a su lado y compartir con el francés la misma hogaza de pan y beber vino de la misma copa.
Aquello implicaba que el canciller del rey de Francia aceptaba el resultado de una votación que aún no se había producido.
En ese momento, el decano del Colegio Cardenalicio —el cardenal napolitano Oliviero Carafa a quien Giuliano della Rovere le había prometido su riquísimo obispado de Ostia a cambio de su voto y el de sus dos compatriotas— alzó la voz:
— Emintentissime fratres cardinali —exclamó—, la costumbre autoriza a que el primer día del cónclave se pueda celebrar una votación si así lo estimamos todos y, por esa razón, os propongo que la llevemos a cabo de inmediato.
Los treinta y siete prelados dejaron a los criados con las bandejas de los postres en las manos y se marcharon casi a la carrera a la capilla Sixtina.
Oliviero Carafa, Rafaele Sansone Riario y Adriano de Corneto —como decano, camarlengo y cardenal diácono de menor antigüedad— se sentaron en la mesa para ejercer de scrutadori , obviando que estos puestos se elegían por sorteo.
En cuanto estuvieron listos, fue el cardenal D’Amboise el primero en depositar la papeleta en la fuente de plata.
— Testor Christum Dominum —proclamó— , qui me iudicaturus est, me eum eligere, quem secundum Deum iudico eligi debere . 1
Después, uno por uno, el resto de los príncipes de la Iglesia fueron depositando los pliegos doblados en la urna hasta que le llegó el turno a Giuliano della Rovere, que, con la cabeza baja, lo hizo el último.
Una vez que volvieron todos a sus puestos, Oliviero Carafa procedió a extraer cada papeleta, cuyo nombre leía en voz alta su compañero Raffaele Sansoni Riario para que Adriano di Corneto apuntara el resultado.
—«Cardinalis Sancti Petri ad Vincula. Cardinalis Sancti Petri ad Vincula. Cardinalis Sancti Petri ad Vincula. Cardinalis Sancti Petri ad Vincula. Cardinalis Sancti Petri ad Vincula.»
Y así, uno tras otro, cada uno de los pliegos fueron revelando el título de cardenal presbítero que ostentaba Giuliano della Rovere, salvo uno, que pese a que no salió el último de la fuente de plata labrada, el cardenal napolitano lo leyó al final.
—«Cardinalis Sancti Sixti.»
Todos sabían que la última papeleta leída era la depositada por el propio Della Rovere, que, como mandaba la tradición, no se votó a sí mismo, sino que, por cortesía, lo había hecho por el cardenal de San Sixto y arzobispo de Ruan, George d’Amboise.
Tras el escrutinio, el cardenal Carafa se acercó a Della Rovere que, durante todo el recuento, había permanecido arrodillado y con las manos juntas. El prelado napolitano lo tomó por los hombros y le ayudó a levantarse:
— Acceptasne electionem de te canonice factam in Summum Pontificem? 2 —le preguntó.
—Accipio —respondió Della Rovere—. Acepto.
— Quo nomine vis vocari? —inquirió Carafa—. ¿Con qué nombre deseas ser llamado?
— Iulius.
Un murmullo se apoderó de la capilla Sixtina, pues Giuliano della Rovere era el primer papa desde los tiempos de Juan XIV —hacía más de quinientos años— que no se cambiaba el nombre de bautismo.
En ese momento, su primo y camarlengo, Raffaele Sansoni Riario, tomó la cruz de oro que presidía el altar mayor y se abalanzó hacia la puerta sellada.
Rompió los lacres y la abrió de par en par.
— Gaudium magnum, habemus papam —gritó—. Gran alegría, tenemos papa.