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– Eminentissime pater —dijo César Borgia que, con una rodilla en tierra, acababa de besar el anillo episcopal de Giuliano della Rovere—. Gracias por venir a Sant’Angelo, dadas las circunstancias.
—Gracias a vos por recibirme, excelencia —respondió el cardenal mientras alzaba al Valentino por las axilas y besaba el cuero de la máscara que cubría las mejillas del capitán general de la Iglesia—.
Estoy seguro de que este encuentro con su señoría y mis hermanos en Cristo de los reinos de Aragón, Castilla y Navarra será de mucho provecho.
Los «capellanes del Valentino», los once cardenales que estaban a las órdenes del hijo del papa Alejandro, se encontraban presentes en la sala de banquetes del cuarto piso del castillo de Sant’Angelo en el que César, junto a su madre, su amante, sus hijos y sus sobrinos —los duchetti — estaban refugiados.
La antaño lujosa estancia donde se celebraron fiestas y bailes en los días de gloria de los Borgia era ahora un espacio lúgubre, mal iluminado para no desperdiciar velas y apenas calentado por un par de braseros.
De hecho, el propio César —pese a que la tarde no era demasiado fría— temblaba bajo un grueso capote oscuro forrado de piel de oso.
Tras la muerte de Pío III, los Orsini —aliados con los Colonna— habían desatado otra salvaje cacería por las calles de Roma contra los partidarios de los Borgia.
Docenas de casas fueron incendiadas, sus habitantes asesinados e incluso el propio palacio de San Clemente en el Borgo —la residencia del Valentino— fue saqueado, si bien el duque y su familia consiguieron refugiarse de nuevo en Sant’Angelo.
Dos días después, el duque intentó escapar por la puerta Viridaria de las murallas leoninas que rodean el Vaticano para volver a refugiarse en la rocca Borgia de Nepi, donde aguardaba don Micheletto con sus estradiotes y una compañía de infantes valencianos.
Sin embargo, los Orsini se enteraron y enviaron a cientos de hombres de armas para capturarlo, por lo que tuvo que huir de nuevo, a través del passetto , desde el Palacio Apostólico hasta el castillo.
En la fortaleza estuvo mientras se celebraban las exequias fúnebres del santo padre Pío III a las que asistieron los treinta y seis cardenales que lo eligieron, pues ni siquiera habían salido de Roma tras el último cónclave cuando debían prepararse para celebrar el siguiente.
El que Giuliano della Rovere pensaba ganar a cualquier precio.
Por eso, el cardenal de San Pietro in Vincoli había convocado a los nueve prelados valencianos, junto al catalán y al navarro, a aquella reunión con el hijo del sumo pontífice que les había otorgado el capelo rojo a todos.
Para Giuliano della Rovere ése era su momento.
Sabía que no tendría otra ocasión de ser elegido papa y, para ello, necesitaba el apoyo de los doce «capellanes Borgia».
Con ellos, junto al suyo propio, tenía ya trece de los veinticinco votos que requería para la elección y que completaría con los de los cinco genoveses, los de los cuatro romanos, los de los tres napolitanos y los de los dos florentinos.
A todos ellos —también a los capellanes— les había prometido ingentes cantidades de dinero, tanto al contado como en futuras rentas por obispados, abadías y señoríos.
En total, de aquella reunión podía salir con veintisiete votos en el bolsillo, antes incluso de que el magister ceremoniarum proclamara el extra omnes en la capilla Sixtina para dar comienzo al cónclave.
«Y estoy seguro —pensó Della Rovere— de que en la capilla de mi tío el papa Sixto se me unirán los cardenales de Portugal, Chipre y Saboya, porque los indecisos, al final, siempre acuden en auxilio del vencedor.
» El cardenal de San Pietro in Vincoli ya se veía con el anillo del Pescador en el dedo.
Contaba, además, con el apoyo secreto del rey Fernando de Aragón, que prefería a un pontífice genovés antes que a cualquiera que le debiera el capelo cardenalicio a Alejandro VI y, por supuesto, antes que al canciller del rey Luis XII de Francia.
Sólo le faltaba convencer al duque de la Romaña. Y no parecía que fuera a ser muy difícil.
El Valentino tenía un aspecto espantoso.
Embutido bajo gruesos ropajes, tiritaba a causa de la fiebre que seguía atormentándolo casi todos los días y que el doctor Torrella no conseguía atajar a pesar de las sangrías, los vahos de sales de albayalde y las curas de calor extremo a las que sometía a su paciente.
Además, Juanicot Grasica, Fiammetta y Vannozza —su ayuda de cámara, su amante y su madre— estaban cada vez más preocupados porque aseguraban que César sufría continuos delirios.
—Mi querido hijo —dijo el cardenal Della Rovere—, debemos borrar el pasado y trabajar juntos por el bien común.
El santo padre Alejandro y yo tuvimos nuestras diferencias durante años, pero es tiempo de dejarlas atrás por el bien de ambas familias, el futuro de la santa romana Iglesia y la paz y prosperidad de Italia.
— Eminentissime pater , mañana empieza el cónclave y vos sabéis, igual que yo, que sin su apoyo —respondió César mientras señalaba a los once cardenales que lo flanqueaban— no seréis papa. Y ésta es vuestra última oportunidad.
—¿Acaso creéis que no lo sé, excelencia? —El rostro del prelado se endureció—. Tengo sesenta años y, esta vez, no habrá posibilidad de que el Espíritu Santo elija a un hombre de transición como ha sido el difunto papa Pío.
—Entre otras cosas, porque vos no lo vais a permitir.
—Y no sólo yo. Tampoco lo hará el rey de Francia ni el de Aragón.
—El cardenal hizo una pausa, cerró los ojos y se frotó las sienes con las puntas de los dedos—.
Excelencia, escuchadme. Aunque nacisteis en Valencia, sois tan italiano como yo y, por eso, debéis ayudarme a que esta península deje de ser un campo de batalla entre franceses y españoles.
—Me conmueve ver, eminencia —la voz de César destilaba tanto sarcasmo como desprecio hacia el prelado—, este cambio de opinión.
Y más aún al considerar que vos fuisteis, junto a Ludovico el Moro, quien convenció al difunto rey Carlos para invadir Italia, ocupar Roma para deponer a mi padre y conquistar Nápoles.
—Y vos, querido hijo —Della Rovere encajó el golpe y se aprestó a devolverlo—, junto a su santidad Alejandro VI no dudasteis en aceptar de Luis de Orleans un ejército, un título de par de Francia y una esposa de sangre real a cambio del Ducado de Milán, la corona de Nápoles y un señorío para vos y otros dos para tus sobrinos con dominios pertenecientes a la santa madre Iglesia.
—Y muchos otros recuperados para ella —replicó César—, como Perusa, Fano, Imola o Forlì.
—Y que también estáis perdiendo ante las tropas enviadas por Venecia y las revueltas en las ciudades alentadas por la Serenísima.
—Della Rovere suavizó el tono—. Excelencia, podemos estar discutiendo durante horas, pero no serviría de nada.
Sólo unidos podemos hacer frente al avance de los venecianos, a la arrogancia del rey de Francia y a la amenaza del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba.
Si no actuamos unidos, el nuevo papa será el francés D’Amboise o el castellano Carvajal; es decir, o un capellán del rey de Francia, que mantiene como rehenes a tu esposa y tu hija, o un lacayo del rey de Aragón, el mismo que pacta tu ruina con los Orsini y los Colonna.
César, pese a la máscara de cuero negro, acusó el golpe. Sabía que el archienemigo de su padre y su familia tenía razón. Aun así, no quería rendirse tan fácilmente.
—También podría ser el eminentissimus pater Joan de Vera el siguiente papa en lugar de vos, eminencia. Tras dos papas valencianos de Xàtiva, bien se puede quasi afflati Spiritu Sancto elegir a uno de Alzira.
—Florencia, Venecia, Ferrara y Mantua no tolerarán, ni casi inspirado por el Espíritu Santo —tradujo Della Rovere la fórmula latina—, a otro papa no italiano, excelencia.
—Si estuviéramos jugando al ajedrez, eminencia, estaríamos en tablas. Sin el voto de mis cardenales —César movió su brazo derecho en abanico para abarcarlos a todos— vos no seréis papa.
—Y si no soy yo el elegido, excelencia —respondió Della Rovere—, será D’Amboise o Carvajal, y ninguno os mantendrá en vuestro cargo de capitán general de la Iglesia ni accederá a que los hijos de vuestra hermana Lucrecia mantengan los ducados de Nepi y Sermoneta ni moverán un dedo para que vos recuperéis los territorios perdidos en la Romaña.
Vuestros cardenales son decisivos para ayudar a elegir al nuevo papa, pero no suficientes para imponer a uno.
—¡Son casi un tercio —en la voz de César se percibía un punto sutil de desesperación— del Colegio Cardenalicio, eminencia!
—Suponiendo que esté entero ese tercio, excelencia. —Della Rovere barrió con la mirada al resto de los prelados, y más de la mitad bajó la cabeza—. Y aun así hacen falta otros dos para la canónica elección.
El Valentino, que había permanecido de pie durante toda la entrevista, pidió a su paje Juanicot Grasica que le llevara un asiento.
Pese a que el cardenal Della Rovere le doblaba la edad a César —que acababa de cumplir veintiocho—, era el hijo del papa Alejandro el que parecía estar al borde de la tumba: delgado, macilento y débil frente al poderoso clérigo, que, aunque la tonsura se le había extendido por casi todo el cráneo y la poderosa barba ya era blanca por completo, todavía mantenía el vientre plano, los brazos llenos y el fuego en la mirada.
Un fuego que ni siquiera César Borgia podía resistir.