El mirto y el puñal 59 #2
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El segundo, el francés, estaba a cuatro leguas al norte de Roma, en teoría rumbo a Nápoles, pero en la práctica venía para imponer un nuevo papa; algo que el rey de Aragón no iba a tolerar, por lo que Próspero Colonna —enviado por el Gran Capitán desde Gaeta— entró en Roma con más de cien lanze italianas, quinientos infantes y caballería para ocupar posiciones en sus dominios del monte Quirinal.

Y, por último, Fabio Orsini —el hijo de Paolo, ejecutado por don Micheletto en Senigallia— avanzó desde Bracciano y entró en Roma por la puerta de San Pancracio con doscientas lanzas, mil quinientos infantes y diez piezas de artillería.

Él fue el responsable de que ardiera mi villa y me dijeron que, tras matar a uno de los guardias pontificios, se lavó la boca y las manos con la sangre que brotaba del cuello rajado de aquel desgraciado mientras bramaba que haría lo mismo con la de César en cuanto lo encontrara.

Al final, tras tres semanas de violencia, se llegó a un acuerdo entre César, Fabio Orsini, Próspero Colonna y los cardenales para que se retirara de Roma toda la gente de armas y terminaran los combates en las calles.

De esta forma, Orsini volvió a la fortaleza de Bracciano; Colonna, a su castillo de Genazzano, y el ejército de tu hermano se retiró a nuestra rocca de Nepi.

Dejamos Roma el duodécimo día de septiembre.

Catorce carruajes escoltados por doscientos estradiotes desfilaron por la plaza de San Pedro.

En el último de ellos, cubierto por tela carmesí, viajaba tu hermano tumbado entre cojines y con Fiammetta junto a él.

En la carroza anterior iba yo con los niños —tus dos hijos, Giovanni y Rodrigo, y los de César, Girolamo y Lucrecia Camila— mientras que a la cabeza de la comitiva cabalgaba Jofré, bello y temible como san Miguel Arcángel.

A Lucrecia le causaba dolor visualizar la escena en su cabeza: los Borgia, derrotados y humillados a pesar de la parafernalia de carruajes, sirvientes y hombres de armas que los acompañaban, abandonaban Roma junto a todos sus soldados que no habían sido enviados a defender las fortalezas de Cesena, Forlì, Imola, Bertinoro y Senigallia, las cinco villas que, en la Romaña y las Marcas, no se habían rebelado contra los magistrados nombrados por César.

De los más de diez mil hombres con los que contaba el Valentino en Roma y alrededores unas semanas antes, le quedaban la mitad.

No hacía un mes de la muerte del santo padre y el Ducado de la Romaña se deshacía como arena bajo la lluvia.

Urbino volvió a manos de Guidobaldo de Montefeltro gracias a la ayuda de Venecia, lo mismo que Rímini y Pésaro, donde Pandolfo Malatesta y el primer marido de Lucrecia, Giovanni Sforza, desataron una represión salvaje contra los partidarios del Valentino y, cada día, se contaban por docenas los ahorcados.

Allí en Ferrara, por más que Lucrecia insistía a su suegro, el viejo duque no hacía más que poner excusas de mal pagador para no enviar ayuda a César.

Lo único que le mandaba eran misivas deseándole una pronta recuperación de sus enfermedades.

Lucrecia siguió leyendo en diagonal hasta su parte favorita, en la que su madre le contaba la habilidad con la que César —a pesar de estar enfermo y exiliado— consiguió manipular el cónclave para que se eligiera, si no al papa que él quería —al cardenal valenciano Joan de Vera, arzobispo de Salerno—, al menos al papa que menos le iba a perjudicar. Lucrecia continuó leyendo:

Cuando el día de San Cornelio y San Cipriano empezó el cónclave, César controlaba el voto de nueve cardenales valencianos, del catalán y de su cuñado, el navarro Amanieu d’Albret.

A todos ellos los llamaban los capellanes del Valentino.

Para la elección canónica era necesaria una mayoría de veinticinco de los treinta y siete que participaban en el cónclave.

Contaba con los once el cardenal D’Amboise, canciller del rey de Francia, que tenía otros seis en el bolsillo y amenazaba al resto de sus hermanos en Cristo con la guerra si no lo elegían a él.

Sin embargo, los eminentissimi patres no se amedrentaron y el francés —tras el primer escrutinio y al darse cuenta de que jamás iba a conseguir los veinticinco votos— se centró en destruir la candidatura de Joan de Vera y bloquear la de Giuliano della Rovere.

Por su parte, el cardenal de San Pietro in Vincoli se dio cuenta de que tampoco podía ser elegido y pactó con florentinos y napolitanos la elección de un nombre de transición que los valencianos podían aceptar porque nadie perdía y todos ganaban lo único que se podía ganar en aquellas circunstancias: tiempo.

Por eso se eligió a Francesco Piccolomini que ha tomado el nombre de Pío III.

Lucrecia sonrió. Recordaba al cardenal Piccolomini.

El sobrino del papa Pío II —de quien había tomado su nombre— era un hombre afable, más amigo de los libros y la música que de la política y sus intrigas, y que detestaba los conflictos y las discusiones.

César había jugado bien sus cartas. Lucrecia siguió leyendo:

El nuevo papa confirmó a tu hermano en todos sus cargos como gonfaloniero y capitán general de la Iglesia, así como en sus señoríos de la Romaña y le devolvió el palacio de San Clemente en Roma, desde donde te escribo.

No obstante, Lucrecia, no quiero engañarte: César sigue muy enfermo.

Aunque ha superado las fiebres cuartanas, el mal francés se le ha agravado y los dolores en las articulaciones lo atormentan de tal manera que pierde la cabeza y habla con aparecidos y fantasmas que sólo él ve.

Las pocas veces que sale de sus aposentos, lo hace enmascarado para ocultar su rostro desfigurado sin nariz.

Lucrecia, odiándose a sí misma, pensó que era afortunada por no tener que ver a aquel despojo que un día fue su apuesto hermano de melena rojiza, barba breve y ojos del color de la miel de romero, que bailaba como un ángel, la hacía reír, la defendía de los castigos de Adriana de Milà, mataba toros a lanzadas en la plaza Navona y conquistaba ciudades al grito de Aut Caesar aut nihil . 1 Lucrecia llegó al último párrafo:

Nada deseo más, hija mía, que volver a estrecharte entre mis brazos. Ruega por nosotros, como yo lo hago por ti, para que el Señor nos conceda la paz que los hombres nos arrebatan.

De tu madre, que te adora.

V. C.

Lucrecia plegó de nuevo la carta y la dejó en la caja de marfil. En ese momento, la puerta de su studiolo se abrió y Ercole Strozzi entró como un vendaval.

— Signora! —jadeó—. ¡Un correo acaba de llegar de Roma! Lo manda vuestro hermano César.

—¿Qué ocurre? —Lucrecia, que pensaba en sus hijos, se temió lo peor—. ¿Qué ha pasado?

—El santo padre Pío III ha muerto.

—¿Cómo es posible? Pero si fue elegido hace...

—Hace veintisiete días, signora . Sólo veintisiete días.