59
–Aquí tenéis la copia, signora —dijo Ercole Strozzi—. Aunque en Ferrara no se ha difundido, desde Roma a Milán se puede adquirir en cada esquina.
Lucrecia alargó la mano para recibir el pliego de manos de su secretario. Tomó el papel entre los dedos como si en vez de una carta estuviera cogiendo una rata muerta por la cola. La firmaba su cuñado Francesco Gonzaga —marqués de Mantua— y la destinataria era su esposa, Isabela de Este.
—« Signora illustre e moglie carissima —leyó Lucrecia en voz alta—, con objeto de que conozcáis las circunstancias de la muerte del padre santo, te enviamos los siguientes detalles que nos han llegado al campamento de las armas del muy cristiano rey Luis de Francia en Viterbo.
Cuando su beatitud se sintió enfermo, tres días antes de la fiesta de la Asunción de Santa María, comenzó a hablar hacia las sombras de su aposento en su lengua valenciana, aunque en alguna ocasión también lo hizo en italiano y, según los testigos, dijo cosas como: “Llegó la hora, es cierto, espera un momento”. »
Strozzi carraspeó en señal de reprobación.
—« Carissima Isabella —Lucrecia continuó leyendo—, son muchos los que afirman que, en ese momento, siete humaredas negras se vieron sobre las chimeneas del Palacio Apostólico, aunque los fuegos estaban apagados, lo cual indica que siete demonios estaban entrando en el edificio para llevarse su alma.
Se dice también que, como san Teófilo el Penitente, el papa Alejandro había pactado con Satanás para ocupar el papado durante once años, en recuerdo de los once apóstoles que permanecieron fieles a Nuestro Señor, pero que, a diferencia del santo de Adana, no se arrepintió ante la Virgen de tan impío acuerdo.
Por eso, tan pronto como expiró, su cuerpo comenzó a pudrirse de la misma forma que lo hacía su alma.
Espumarajos sanguinolentos salían de su boca como si sus entrañas estuvieran hirviendo.
Luego, su cuerpo se hinchó hasta perder los contornos humanos y llegar a ser igual de ancho que de largo.
Hubo que cortarle los pies para meterlo en el ataúd y fue enterrado sin apenas ceremonial mientras manadas de perros negros se concentraban en la plaza de San Pedro. »
—¡Vaya sarta de estupideces! —soltó Strozzi—. ¿Habrá quien crea semejantes delirios? Dudo, incluso, que Francesco Gonzaga haya escrito de verdad esa carta.
—Tampoco lo creo yo, pero no importa —dijo Lucrecia—. Lo que importa es que estas infamias van calando.
—Tiempos funestos nos toca vivir —respondió Strozzi— en los que una mentira se multiplica en las imprentas a tal velocidad que termina convirtiéndose en verdad.
—Bien podéis decirlo, messer Strozzi. Tomad la copia y destruidla. Sé que no valdrá de nada pero, por lo menos, no dormiré bajo el mismo techo que una infamia. Ahora, dejadme a solas.
—Sí, signora .
Lucrecia sacó de un cajón de su escritorio la caja de marfil en la que guardaba las cartas que había intercambiado con Pietro Bembo durante meses.
Ver la tinta rojiza le provocó una punzada de dolor y rencor.
Dolor porque seguía enamorada del veneciano; y rencor hacia sí misma porque, en el fondo, sabía que había renunciado a cierta felicidad clandestina no sólo por prudencia, sino por conveniencia.
Había preferido ser la triste duquesa de Ferrara a la feliz amante de un poeta.
Fue su cuñado Hipólito quien le había traído a la delizia de Medelana la noticia de la muerte del santo padre al día siguiente de que se produjera.
Cuando escuchó de labios de su cuñado que Alejandro VI había entregado su alma a Dios y que César se debatía entre la vida y la muerte, Lucrecia casi se desmayó, pero consiguió mantenerse en pie porque, en aquel momento, supo que no podía mostrar ningún tipo de debilidad y más aún ante alguien tan taimado como el cardenal De Este.
—¿Cuándo partís hacia Roma? —le preguntó Lucrecia cuando se recuperó—. ¿Para cuándo está previsto que se inicie el cónclave?
—De eso quería hablaros, cuñada —dijo el cardenal—. Necesitaría un favor.
—¿Un favor? —preguntó—. ¿Qué clase de favor?
—Iré directamente al grano —le soltó—. Vuestros hermanos quieren matarme, excelencia.
Los dos. Por eso necesito que les escribáis para que nos reconciliemos.
Sancha ha vuelto a Nápoles y ya no quiero saber nada de ella.
Además, nos podemos necesitar mutuamente vos y yo.
Vienen tiempos inciertos. Y peligrosos. Sobre todo, para los niños y las ancianas.
Lucrecia lanzó un bufido mientras se recriminaba a sí misma haber sido tan estúpida.
Tenía que haber pensado antes que alguien tan retorcido como su cuñado no iba a reventar un caballo para llevarle la noticia de la muerte del papa hasta la villa de Medelana por amor familiar.
No podía saber ahora de qué manera el cardenal Hipólito le podía ser útil, pero una carta en la que exhortara a César y Jofré a hacer las paces con su cuñado no le suponía ningún esfuerzo ni la comprometía a nada.
Y si querían matarlo después, ya pensaría cómo resolver esa situación.
—De acuerdo, eminentissime pater —contestó Lucrecia—. Escribiré al duque de la Romaña y al príncipe de Esquilache para que se reconcilien con vos. Todo sea por la paz y la concordia en nuestra familia.
Cuando el cardenal se marchó, Lucrecia ordenó que se taparan con lienzos negros los cuadros, los tapices y las esculturas de toda la villa; que se guardaran los instrumentos de música y los libros, salvo los de oraciones, así como los vestidos de cualquier color que no fuera el negro para ella y sus damas y el gris para la servidumbre.
Cuando su marido, Alfonso, acudió por la tarde del mismo día para mostrarle sus condolencias, apenas logró estar allí una hora porque, según dijo a sus escuderos, no soportaba tanta tristeza y desesperación.
El suegro de Lucrecia se limitó a enviar a uno de sus chambelanes con un escueto mensaje de pésame.
Lucrecia tomó conciencia de que su posición en Ferrara era precaria.
Todavía no había parido un heredero para el ducado y nadie podía asegurar que el nuevo pontífice fuera a mantener los títulos, feudos, castillos y prebendas que Alejandro VI había dado a la casa De Este a condición de que la hija del papa se casara con el heredero del ducado.
Sacó de la caja de marfil una carta de su madre que había leído docenas de veces. Aunque Vannozza solía dictar sus cartas a un secretario, aquélla era de su puño y letra y, a tenor del trazo nervioso en algunas palabras, no había sido escrita con calma ni en las mejores condiciones.
Roma, segundo día de octubre del año de la encarnación de Nuestro Señor de 1503
Queridísima Lucrecia. Añoradísima hija:
Perdonarás la pobre caligrafía de esta carta, pues la escribo con los ojos anegados por las lágrimas y el corazón roto por la tristeza y la desesperación.
Te escribo desde el palacio de San Clemente en el Borgo —la vieja residencia de tu hermano— al que llegamos esta mañana desde la rocca de Nepi, donde hemos disfrutado de la paz y tranquilidad que se nos había negado desde la muerte del santo padre Alejandro tres días después de la Asunción de Santa María.
Todos estamos bien a pesar de la brutalidad que los Orsini desataron tras el fallecimiento de su santidad.
Arrasaron mi villa y mis viñedos del monte Esquilino y nuestra primera casa en la plaza Pizzo di Merlo.
También saquearon la residencia de Fiammetta en la via dei Coronari y la Cancelleria Vecchia.
Y aunque don Micheletto devolvió el golpe cuando sus estradiotes incendiaron Montegiordano con todos sus moradores dentro, ver las llamas destruyendo la fortaleza de los Orsini no me trajo ningún consuelo.
Lucrecia levantó la vista de la carta y pensó lo mismo.
Recordaba con cariño el caserón de Pizzo de Merlo y, aunque la fortaleza de Montegiordano era más un cuartel que un palacio, atesoraba en su memoria algunos buenos momentos que allí pasó con su hermano César bajo la tutela de Adriana de Milà.
Y también sentía como propio el dolor de su madre por la pérdida de la hermosa viña del Esquilino, donde su hermano Juan fue visto con vida por última vez.
Todos aquellos lugares eran cenizas. Su vida en Roma empezaba a ser cenizas; como el futuro de los Borgia si no actuaban con acierto y, sobre todo, si no tenían suerte. Siguió leyendo.
Fueron días de violencia, caos y desesperación que el infernal calor agravaba.
El cuerpo del santo padre no pudo ser expuesto a los fieles debido al hedor que desprendía y las misas novendiales en su memoria se celebraron casi en la clandestinidad, porque no se podía garantizar la seguridad de los cardenales.
Nosotros, refugiados en Sant’Angelo, estábamos bien, ya que la fortaleza estaba bien provista, pero sufriendo ante la posibilidad de que César muriera en cualquier momento.
El doctor Torrella hizo abrir un toro en canal para meterlo entre las entrañas aún calientes de la bestia.
Luego lo sacaron de ahí para darle un baño de agua helada y otro de aceite de oliva mezclado con bálsamos de Oriente.
Más de tres semanas tuvo tu hermano que guardar cama y someterse a todo tipo de extraños y dolorosos remedios para atajar las fiebres cuartanas de las que, gracias a Dios, se recuperó. Aunque no del mal francés.
Mientras tanto, el cónclave no se convocaba porque quien lo tenía que hacer, el camarlengo Raffaele Sansoni Riario, no llegaba nunca a Roma a pesar de que cuatro ejércitos pretendían influir, a punta de pica, en la elección del nuevo papa.
El primero era el de tu hermano, que, además de controlar el barrio del Borgo con más de dos mil hombres, tenía al resto de su ejército en las plazas de la Romaña y las Marcas donde, tras la muerte de su beatitud, las villas de San Leo, Faenza y Camerino se habían alzado en armas contra él.