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—Hay otra cosa más, don Micheletto. La más importante de todas. Necesito que hagáis una cosa aquí mismo, en el Palacio Apostólico. Y es de vital importancia.
—Decidme.
—En su dormitorio, el papa guardaba dinero. Mucho. Algo más de doscientos mil ducados en dos cofres más un tercero, de madera de ciprés con el toro de los Borgia labrado en su tapa, donde guardaba las perlas y esmeraldas que coleccionaba.
—Entiendo.
—Es vital que sigamos pagando a los casi cinco mil soldados que tenemos en Roma, que se pondrán nerviosos en cuanto se enteren de que el papa que los contrató ha muerto y peligran sus pagas.
—Sí, señoría.
—Lo primero que hará el camarlengo cuando llegue a Roma será ordenar que se haga un inventario de los bienes del santo padre para incorporarlos al tesoro de San Pedro.
Por eso tenemos aún algo de tiempo. Ahora mismo la gente de monsignore Burcardo estará lavando y vistiendo el cadáver de su santidad para exponerlo a los fieles en la basílica de San Pedro.
El anillo del Pescador y el sello papal ya deberían haber sido destruidos y el camarlengo de la Casa Pontificia...
—El cardenal Jaume Casanova —interrumpió el sicario para cerciorarse de que hablaban de la misma persona.
—Será él, en efecto —continuó el Valentino—, quien cerrará la sala de las Artes Liberales donde tenía el papa su estudio privado, hasta que se le reclame su apertura para hacer el inventario. Tenemos que hacernos con el dinero antes.
—¿Y si el cardenal Casanova se niega a franquearme el paso a las habitaciones del papa?
—Que no se niegue, don Micheletto —sentenció antes de desvanecerse—. Aseguraos de que no se niegue.
El sicario de César salió del aposento para ejecutar las órdenes que había recibido.
Mandó a las patrullas de estradiotes a la casa de Fiammetta, en el distrito del Ponte, y a la viña de Vannozza en la falda del Esquilino.
Don Micheletto, por si acaso, se quedó con seis hombres más en la torre Borgia del Palacio Apostólico, aunque no tenía por qué esperar resistencia de la guardia pontificia, ya que su capitán era un sobrino del papa que, con buen criterio, ordenó que los custodios armados se desplegaran sobre las más de cuarenta torres de la muralla Leonina que protegía el barrio del Borgo y toda la colina vaticana.
Aun así, toda precaución era poca, pues nadie recordaba un interregno pacífico entre dos papados, salvo —y no estaba claro— cuando el segundo, san Lino, sucedió a san Pedro.
Mientras don Micheletto subía las escaleras rumbo al dormitorio del pontífice, por las ventanas de la torre Borgia vio que se encendían docenas de antorchas en lo alto de los baluartes de Sant’Angelo para recordar a toda la ciudad que la mejor fortaleza de Roma, con toda su artillería y su guarnición, estaba despierta y lista para intervenir si era necesario.
El asesino de César llegó a la torre Borgia cuando el cardenal Casanova, seguido de dos notarios apostólicos y un par de pajes, se disponía a cerrar las puertas de acceso a los apartamentos Borgia y a sellar las juntas con tiras de tela y lacre.
— Eminentissime pater —le dijo mientras se arrodillaba ante él y le besaba el anillo—.
Os ruego que aguardéis un momento antes de clausurar estas dependencias, pues su excelencia el capitán general de la Iglesia precisa de algunos objetos que siguen ahí dentro.
Mis hombres y yo hemos venido a recogerlos.
Jaume Casanova era un viejo amigo de la infancia del santo padre, también nacido en Xàtiva y con quien había coincidido en la Universidad de Bolonia.
A su sombra, Casanova había sido escribano apostólico, abreviador, protonotario, oficial de cartas de la Casa Pontificia, camarlengo privado del papa y —sin haber sido ordenado sacerdote ni obispo— cardenal de San Esteban.
Era un hombre gordo y pesado que, tras años en la burocracia, había asimilado el mismo ritmo lento de la administración papal cuando caminaba y hablaba.
—Capitán Corella —le dijo—, nadie va a entrar en estas dependencias hasta que el cardenal camarlengo ordene hacer el inventario de los bienes que deja el padre Alejandro.
Acto seguido le dio la espalda al sicario.
Sus asistentes se acercaron con la bandeja con el lacre y las bandas de tela mientras el cardenal sacaba las llaves de hierro con las que iba a sellar el acceso.
Don Micheletto se levantó y, cogiéndolo de un hombro, le hizo girar sobre sí mismo para volver a mirarlo a los ojos.
—¿Cómo te atreves a tocarme —bramó— miserable hijo de...?
No terminó la frase al sentir la punta de la daga en el interior de una de sus fosas nasales mientras los estradiotes colocaban los filos de sus espadas sobre las gargantas de los acompañantes del cardenal, que, del susto, soltaron los candiles.
Todo se quedó a oscuras, salvo por el débil resplandor de las antorchas de los patios que se colaba por una de las ventanas.
— Eminentissime pater —dijo don Micheletto con suavidad—, tengo orden del capitán general de la Iglesia de entrar en esas dependencias.
En vuestras manos dejo si debo hacerlo con otro pecado más sobre mi alma porque, si lo impedís, os desnarigaré aquí mismo y, después, os arrojaré junto a vuestros sirvientes por esa ventana para que el camarlengo, cuando llegue, incluya en el inventario vuestros sesos desparramados por los adoquines. ¿Qué decís?
El cardenal no dijo nada.
Ni antes ni después de abrirle la puerta.