El mirto y el puñal 58
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Faltaba una hora para la medianoche cuando monsignore Burcardo, el maestro de ceremonias del Vaticano, entró en los aposentos pontificios acompañado de los cubicularios del papa, dos protonotarios apostólicos y media docena de sacristanes y diáconos de la basílica de San Pedro.

Llevaba en sus manos una bandeja dorada con un pequeño martillo de plata de mango de marfil, un punzón de acero cuya empuñadura provenía de la madera de un olivo de las laderas de Getsemaní, barras de lacre rojo, cintas negras y un sello de plomo.

— Patres eminentissimi —saludó a los eminentísimos padres con su latín de marcado acento germánico—, dado que el camarlengo no se encuentra en Roma, he pensado que su eminencia el cardenal de San Esteban en Monte Celio debería ser quien certifique que el papa Alejandro ha muerto y selle sus dependencias.

El interpelado buscó con la mirada la aprobación de sus otros cuatro hermanos del Sacro Colegio. Él era, en efecto, el camarlengo privado; es decir, el guardián del tesoro privado del papa y el jefe de la Corte Pontificia.

El eminentissimus pater Jaume Casanova, tras recibir el asentimiento silencioso de los otros prelados, tomó el martillo y, con las manos temblando por la emoción y la tristeza, se acercó a la cabecera de la cama.

El rostro del pontífice estaba hinchado, tenía los labios agrietados y la lengua amoratada.

Tras unos instantes en los que el viejo cardenal parecía estar tan muerto como Alejandro VI, acertó a pronunciar las palabras al tiempo que, con el martillo, golpeaba la frente del cadáver con suavidad:

— Rodericus, dormisne?

Según establecía el ritual, por dos veces más se dirigió a su viejo amigo de la infancia, allá en Xàtiva.

Lo hizo por su nombre de pila para preguntarle, en latín, si dormía.

Tras el tercer silencio, se volvió hacia los cardenales y los funcionarios vaticanos que estaban en el aposento del santo padre.

— Vere papa mortuus est —sollozó—. En verdad, el papa ha muerto.

Monsignore Burcardo mandó a los cubicularios a que avisaran a los sacristanes de la basílica de San Pedro y, a los pocos instantes, la campana de la torre del Gallo tañía el toque de difuntos.

Uno a uno, desde el ubicado en lo alto del campanile de la iglesia de Santa Maria della Pace —el más próximo al Palacio Apostólico— hasta el de San Juan de Letrán, todos los bronces de Roma doblaban su lamento por la muerte del pontífice, que, poco a poco, se extendería a toda la cristiandad.

Después, el cardenal Casanova buscó entre los dedos del cadáver el anillo del Pescador para cumplir la tradición y, sobre la mesa donde aún estaban los frascos de ungüentos y medicinas, aplastar la alhaja a golpes del martillo de plata y marfil hasta hacer irreconocible el escudo de armas de Alejandro VI.

Sin embargo, la sortija no apareció. Tampoco el sello de plomo con el que se lacraban las bulas, los breves y todos los documentos pontificios.

— Carissime fratres cardinales —dijo el prelado valenciano—, como camarlengo de la Casa Pontificia no puedo hacer nada más hasta que aparezca el anillo del difunto santo padre y el sello pontificio.

Por ello, cerraré las estancias papales del Palacio Apostólico hasta que su eminencia el cardenal camarlengo, Sansone Riario, llegue a Roma para hacerse cargo del gobierno de la Iglesia de Cristo Salvador y se celebre el cónclave para elegir al sucesor de san Pedro.

Todos asintieron y el magister ceremoniarum ordenó a la docena de sirvientes que desnudaran el cadáver para lavarlo y revestirlo con la capa magna roja cuajada de pedrería, la tiara blanca y los borceguíes de cuero escarlata.

—¿Y los embalsamadores? —preguntó Bernardino Bongiovanni, el arquiatra del papa—. ¿Por qué no están aquí los hermanos Lissi, monsignore Burcardo?

—He mandado a buscarlos por todas partes, domine episcope —respondió el maestro de ceremonias al obispo de Venosa—, pero no ha habido manera de dar con ellos. Es como si se los hubiera tragado la tierra.

—Con este calor —dijo Bongiovanni— no podrá ser expuesto ante los fieles demasiado tiempo.

—La tradición, domine episcope —la voz de Burcardo sonaba un tanto indignada—, establece que se ha de velar el cadáver del santo padre por tres días.

—No creo, monsignore —respondió el médico—, que la carne sobre sus huesos dure sin apestar más de uno. Y menos aún sin el arte de los hermanos Lissi para preservarlo.

Cuando el papa estuvo aseado y vestido, Burcardo hizo entrar a los sediarios, que colocaron el cadáver sobre una camilla y, a hombros, la trasladaron a la sala del Papagayo donde la pusieron encima de una mesa cubierta con un bello mantel de brocado rojo con bandas amarillas y un tapiz con el escudo de armas de Alejandro VI bordado en seda.

Luego encendieron doce velas de una vara de alto alrededor del féretro.

Seis guardias pontificios se dispusieron en la puerta para velar los restos mortales del papa de Roma y el cardenal Oliviero Carafa envió a ocho dominicos del monasterio adjunto a la basílica de Santa Maria sopra Minerva para que, de dos en dos y en turnos de tres horas por pareja, oraran durante toda la noche por el ánima del difunto hasta que fuera trasladado a San Pedro.

En el piso superior de la torre Borgia, el Valentino se despertó.

Fiammetta —su amante— no se había separado de su lecho desde que cayó enfermo y ella misma le enjugaba el sudor y le cambiaba las sábanas y la camisa de dormir cada vez que se le aflojaban las tripas o sufría un acceso de vómito.

Aunque agotado por tantas jornadas seguidas de fiebre y dolor, se dio cuenta de qué significaba el tañido fúnebre de las campanas.

—Don Micheletto —se dirigió a su sicario de confianza al que había hecho llamar a sus aposentos—, lo escucháis, ¿verdad? El santo padre ha muerto.

—¿Estáis seguro? —inquirió el asesino—. Monsignore Burcardo no ha mandado a nadie para avisarnos.

—No necesito que esa rata alsaciana mande a nadie para saber lo que ha ocurrido. Escuchad. No sólo doblan a muerto las campanas de la torre del Gallo. Son todas las de Roma las que lo hacen; no hay duda posible. El papa Alejandro ha muerto...

Volvió a desvanecerse, como si las escasas frases que había pronunciado hubieran consumido las pocas fuerzas que le quedaban.

Fiammetta ahogó un sollozo y se aprestó a ponerle paños fríos empapados en vinagre en la frente.

El remedio surtió efecto porque, pocos instantes después, César volvió en sí.

—Necesito que os mováis rápido —susurró—.

Muy rápido. ¡Maldita sea mi suerte! Creedme cuando os digo que había previsto todo para cuando el santo padre muriera.

¡Todo! Salvo que yo mismo también estuviera enfermo.

Don Micheletto: hay mucho que hacer, poco tiempo para ello y casi nadie en quien confiar.

—Decidme, excelencia. ¿En qué os puedo servir?

—Lo primero, mandad a veinte estradiotes a que busquen a mi madre y a su marido en su villa del Esquilino y los escolten hasta Sant’Angelo. Mis sobrinos, los duchetti Giovanni y Rodrigo, están allí con ellos.

—Así se hará.

—Después, enviad otros veinte a la casa de la signora Fiammetta y que trasladen a Sant’Angelo a mis hijos Girolamo y Lucrecia Camila junto con sus nodrizas y los sirvientes. —El Valentino miró a su favorita—. Tú también irás al castillo, mi amor.

—¡No! —protestó la cortesana—. Yo me quedaré aquí a cuidarte.

—No discutas, Fiammetta —respondió el hijo del papa—.

No me hagas gastar fuerzas inútilmente. El doctor Torrella y sus ayudantes se ocuparán de mí.

En pocas horas, el Palacio Apostólico será el lugar más peligroso de toda Roma aunque el papa Alejandro siga allí de cuerpo presente.

Por eso quiero que mi madre, tú, mis hijos y mis sobrinos estéis seguros en Sant’Angelo.

El obispo-gobernador es de total confianza, así que usad el passetto . ¿De acuerdo?

—De acuerdo. —Fiammetta se conformó.

—Don Micheletto —continuó el Valentino—.

También hay que mandar a buscar a mi hermano Jofré al palacio de San Clemente y que, junto a los ochocientos infantes de la Romaña que están acantonados en la tumba de Cecilia Metela de la via Apia, acuda a la fortaleza.

Una vez allí, que se arríe el pendón del papa, icen el mío y que los artilleros disparen una carga de salva desde las almenas.

Así se sabrá en toda Roma, y también fuera de ella, que la fortaleza está bajo mi control.

—Ignoraba —apuntó— que vuestro hermano el príncipe de Esquilache estaba en vuestra mansión del Borgo, excelencia.

—Sí, don Micheletto. Le hice refugiarse allí después de que su mujer fuera encerrada en Sant’Angelo por el santo padre tras el escándalo con el cardenal Hipólito de Este.

Era el hazmerreír de la corte pontificia e incluso el santo padre le gastaba bromas crueles.

El pobre muchacho no merecía tal suerte porque, a pesar de su naturaleza invertida, puede ser un gran señor y un buen capitán.

—También el cardenal Giuliano della Rovere es así —añadió— y pocos hombres me he encontrado yo con su valor y su astucia, a pesar de su gusto por los efebos.

—Además —intervino Fiammetta—, ha crecido y ha aprendido. Creo, César, que podrás hacer de él un buen soldado.

—Sí —respondió—. Si es que me da tiempo.

—¿Y qué hacemos con la princesa Sancha? —preguntó don Micheletto—. Ella también está en el castillo. ¿Queréis que yo... lo solucione?

—Tu arte con el lazo no será necesario esta vez, mi buen y letal Miquel. Soltadla. Y que vaya a meterse de nuevo en el lecho de mi cuñado Hipólito, si quiere.

—Tendrá que ir a Florencia —dijo Fiammetta—, pues el cardenal De Este está allí, en cama debido a una caída de caballo en la que se rompió una pierna.

—Pues que se vaya en buena hora —sentenció César— o si no encuentra el camino que se encame con el mismísimo diablo. La princesa de Esquilache ya no es problema nuestro.

—De acuerdo, excelencia.